domingo, 28 de noviembre de 2021

La tercera ley de Newton - Opiniones poco fundadas (I)

Hace muchos años tenía un blog en el que hacía «críticas» de todas las películas que iba viendo en el cine (que no eran pocas) y llegué a pasar de la treintena. Todo aquel material se perdió como un chiquillo que te llevas al centro comercial cuando en realidad estás más interesado en las rebajas del Primark que en hacerle caso. 

El tema es que estoy en un momento vital en el que me apetece mucho hablar de los cómics que me voy leyendo desde mi punto de vista. ¿Y eso qué significa? Pues a ver... soy guionista y soy lector, así que imagino que me quedaré a medio camino entre una perspectiva formal y otra un poco más disfrutona. 

Aviso: todas las reseñas que haré llevarán siempre al final una puntuación, puede que utilice estrellitas, puntos, berenjenas o bombones, lo iré pensando sobre la marcha que tampoco lo he pensado demasiado. 

Aviso dos: todos los comentarios que vaya subiendo pueden contener trazas de spoilers y frutos secos. Si no te gusta que te destripen tebeos, lo siento, pero es muy posible que hable de elementos muy concretos de las tramas a modo de análisis. 

Aviso tres: el fin último de hacer todo esto es doble, por un lado quiero convertirme en un influencer de éxito para que alguna empresa muy famosa me encargue algún trabajo con el que hacerme millonario y, por otro lado, quiero pedir el ingreso en alguna de las asociaciones de críticos para poder votar mis propios tebeos como lo mejor del año. 

Dicho todo esto, vamos al lío. 

LA TERCERA LEY DE NEWTON

 Javier Marquina y Víctor Solana  

Hace muchos muchos años, Prometeo le entregó el fuego a los humanos haciendo que Zeus se enfadase un montón con él porque había prohibido expresamente que les fuese entregado ese don ya que eso haría que se sintiesen cercanos a los Olímpicos e incluso que llegasen a perderles el respeto. 

Como parte del castigo (Zeus era un pelín vengativo y no se contentó con vengarse solo una vez), el hermano de Prometeo recibió como compañera a Pandora, un encanto de muchacha. Era jovial, tierna, amable, amiga de sus amigas... Y solo tenía una condición para vivir una vida plena y sin ningún tipo de dificultad: custodiar un ánfora sellada y no preguntar jamás qué contenía. 

Y claro, el runrún, el ruge ruge, el masca masca, el picorcito... Sea como fuere, un buen día el ánfora se abrió y de allí surgieron un montón de males nacidos de los descendientes de Nix y Érebo y así llegaron al mundo Ponos (las penalidades), Limos (la hambruna), Algos (el dolor), Disnomia (el caos), Pseudea (la mentira), Neikea (los desacuerdos), Anfilogía (las disputas), Macas (las guerras), Hisminai (las batallas), Androctasias (las matanzas) y Fonoi (los asesinatos). Al ver todo ese percal liberado y con un nivel de ansiedad muy alto, Pandora se asomo al interior del ánfora, vio que dentro todavía quedaba un bicho y volvió a sellarla para siempre con la pena de que quien se quedaba dentro era Elpis (la esperanza). 

Nacía en aquel entonces la versión más emblemática de uno de mis tropos preferidos: el demonio en la botella. 

Jugar al demonio en la botella consiste en atrapar un mal poderosísimo (o incluso muchos males terribles) en un recipiente (objeto inanimado o ser vivo) y hacer que alguien lo libere, ya sea de forma fortuita o con la sana intención de iniciar un cataclismo cósmico o incluso de controlar al malvado ente durmiente (esto suele acabar muy mal para los que intentan dominar aquello que sueltan). 

La buena de Pandora no liberó un mal, los liberó todos, pero fue sin querer. Sin embargo tenemos muchos ejemplos en la cultura popular de gente que sí que ha tenido intenciones perversas al traer de vuelta al mundo a entidades apresadas por su inmenso poder. En Dragon Ball está Babidi (hijo de Bibidi) haciendo todo lo posible por liberar al gran Boo, someterlo a su voluntad y dominar al mundo. Y, bueno, le sale regular. 

En la misma serie también se juega el tropo a la inversa, es decir, tenemos a un personaje (Dios tomando la forma del humano Shen) que trata de utilizar el Mafuba, una técnica que consiste en encerrar a alguien en algún tipo de contenedor para atrapar a Piccolo Junior y librar así al mundo de su maldad. También le sale regular...

En «La tercera Ley de Newton», Marquina juega con ese tropo cuando en una noche de fiesta y despendole al estilo madrileño, Belit besa a un tipo dejándose llevar por la euforia del momento, por el alcohol y por el cachondeo. Un instante más tarde, ese mismo tipo ya no es un pringadete más que trataba de ligar en una fiesta, no, nada de eso, ahora es posiblemente el ser más poderoso que existe en el mundo y, no contento con eso, es una representación de la maldad en esencia pura. 

¿Y por qué es solo posiblemente el ser más poderoso? Pues porque existe Eneas, el prota de la historia, un superhéroe que ha estado entre nosotros bastante tiempo y que está, sobre todo, desganao

Ese es el enfoque que hace realmente interesante el trabajo de Marquina y Solana, ¿qué pasaría si estuviésemos en manos de alguien que sencillamente no tiene un buen día? Imaginemos que tenemos dioses. Imaginemos a los Olímpicos mismo por reconectar con el inicio. ¿Qué sería de nosotros si en un momento, cuando ya nos hemos acostumbrado a su protección, a venerarlos y respetarlos y acudir a ellos cuando más lo necesitamos, deciden que ya está bien, que basta ya de sacrificar bueyes y que lo dejan o, peor aún, que van a hacer un reset destruyéndolo todo para comenzar de nuevo?  

Eneas tiene todo ese poder, puede que mucho más y la liberación de Pequeño (al que dan ganas de llamarle Pequeño Hijo de Puta cada vez que asoma por el tebeo) le hace plantearse (una vez más) si ha llegado el momento de jubilarse, de mandarlo todo al carajo o de las dos cosas a la vez. 

Y ahí empieza una ensalada de hostias. 

Bofetones siderales, patadas cósmicas, puñetazos titánicos, sangre, vísceras, edificios reventados, Madrid hecha añicos, más bofetones, más sangre, más vísceras y más hostias. Por momentos hay power ups que te hacen pensar en Vegeta muy enfadao y entrenando como un loco para estar a la altura de Kakarot. En otros te dan ganas de gritarle al papel: ¡¡¡¡KANEEEEEEEDA!!!! y responderte a ti mismo: ¡¡¡¡TETSUUUUUUUO!!!!

Todo podría haberse quedado ahí y ya estaríamos hablando de un trabajo muy destacable. Lo de Víctor Solana es una delicia en cada página y tiene una forma de mostrar la violencia que la hace descarnada y, a la vez, resulta tan espectacular que tienes un grupo de animadoras en el cerebro pidiendo más y más. Eso sí, viendo lo que puede hacer con el color (sí, el cómic tiene una parte en color y otra en blanco y negro) es muy posible que como lector te preguntes varias veces: «¿esto por qué no es entero a color?». 

Pero no se queda ahí. Qué va. 

Marquina se atreve con una reflexión sobre la divinidad de los súpers, el concepto mismo de dios y la moralidad de aquellos que podrían tener un poder infinito. Y eso, para algunos lectores (como yo), es el aspecto clave para meternos de lleno en un género que parece que ya lo ha explotado todo millones de veces y solo nos acercamos cuando de alguna forma se nos hace dar una vuelta más. 

Porque eso es «La tercera Ley de Newton»: café para muy cafeteros, un tebeo que sabe a lo que quiere jugar y despliega un montón de herramientas para ello con un acierto milimétrico  hasta conformar otra vuelta de tuerca para disfrutar una vez más de tropos y conceptos con los que llevamos pasándolo bien miles de años. 

Puntuación: si le pones puntuación a los cómics espero que se te caigan todas las uñas y al agacharte estupefacto a recogerlas te duela mucho la espalda. 

LA TERCERA LEY DE NEWTON está creado por Javier Marquina y Víctor Solana y lo edita Sallybooks.