jueves, 21 de octubre de 2021

Siete años después...

Hoy se cumplen exactamente siete años desde que se pusiese a la venta mi primer cómic, «Teluria 108», aquella historia de aventuras que ya siento muy lejana dibujada a las mil maravillas por Alejandro Muñoz. 

Desde entonces aprovecho cada 21 de octubre para hacer algo de balance sobre qué demonios (si has leído el Teluria sabrás por qué utilizo tanto esta expresión) ha ido ocurriendo en todo este tiempo e intento ponerlo en algún sitio para ver si así cojo un poco de perspectiva. Creo que de este modo aprendo algo, pero yo qué sé... 

En estos siete años he publicado diecisiete cómics. Diecisiete títulos «largos» que suman en total alrededor de 1500 páginas. A eso hay que sumar colaboraciones en antologías y revistas que sumarían otras 50 páginas más. He trabajado con editoriales como Babylon, The Rocketman Project (ahora Cósmica), Panini, Dolmen, Cascaborra, Nuevo nueve, Retranca... 

Tengo cuatro tebeos publicados en Francia, dos de ellos creados directamente para aquel mercado y otros dos hechos aquí y vendidos como licencia. También hice un cómic para el mercado yanqui y se han traducido obras al portugués y ya en preparación al alemán y al italiano. 

Me han nominado a cosas, a bastantes, la verdad, o al menos yo lo percibo así y también me han dado premios, un par de ellos aquí, uno en Francia y otro en Portugal y siempre los he recibido con cierta sorpresa y una buena dosis de orgullo. 

He participado de forma muy muy muy muy activa en la creación de ARGH, la asociación profesional de guionistas de cómic y desde allí me invitaron a participar en la creación de la Sectorial del Cómic y también estuve muy activo los meses que la salud me lo permitió. 

Hace cinco años que trabajo como docente impartiendo clases de guion en O Garaxe Hermético y eso me permitió continuar con la docencia, algo que me apasiona y por lo que siento verdadera vocación desde que empezase a ejercerla con 23 añitos. Además tengo la inmensa suerte de que eso me permite estar dentro del mundo de las viñetas en toda mi dimensión profesional. 

En las últimas semanas tengo una sensación muy agridulce. Por un lado me apasiona hacer cómics, eso ya no creo que cambie nunca, me encanta escribir, desarrollar, empezar proyectos nuevos y toda la parte creativa. Por otro lado estoy muy harto de todos nosotros. 

Y con ese «todos nosotros» me refiero a autores y autoras, editoriales, distribuidores, librerías, asociaciones, organizaciones, divulgadores y divulgadoras, políticos, redes sociales... 

El haber estado tan metido en las entrañas del mundillo me ha hecho tomar conciencia de una podredumbre que antes podía intuir, pero que ahora he visto y he sentido de forma muy directa. Me he encontrado con esa figura que a veces parece de broma del editor repugnante que te hace juegos de trilero para clavarte un puñal mientras te llama «amigo» con la mejor de sus sonrisas. 

He visto a compañeros traicionándose en vivo y en directo fingiendo compadreo para caer en las deslealtades más sucias. 

Han intentado darme seis millones de lecciones diferentes. Los opinadores diarios convertidos en gurús para sus burbujas, salen día sí y día también a predicar sobre aspectos morales, económicos, culturales, ideológicos... mientras se defiende la libertad de expresión se te dice lo que has de expresar, no vaya a ser... 

Me han colocado algunas etiquetas y, por supuesto, me han negado otras tantas. Soy el «prolífico», el «vigués», el «activo», el «bastante mainstream», el «amateur» o el «omnipresente», pero no me han dejado ser de la «bd galega», ni de «los buenos, buenos». 

No entiendo cómo aguantan el ritmo. 

Me pongo ñoño un rato.

Hace ya un tiempo me encontraron un tumor en un riñón. Durante buena parte de 2020 tuve muchas dificultades para poder realizar las diferentes pruebas para descartar que se tratase de algo cancerígeno. El tema de la pandemia y el desbarajuste total y absoluto de la sanidad pública hicieron que se retrasasen meses y meses. 

Eso me provocó un trastorno de ansiedad muy complicado que me llevó directamente a acudir a terapia psicológica. Gracias a ella he podido salir del pozo en el que estaba. El riñón está bien y está vigilado, el tumor sigue ahí, pero se descartó del todo que sea cáncer. Pero la cabeza todavía necesita recuperación. Me cuido mucho más de lo que me cuidaba en ese sentido y estoy aprendiendo a tomarme las cosas de otra manera. 

Por eso no soporto ni la mitad que antes. Me agotan las poses, las propias y las extrañas. Y mira que intento comprender, empatizar y tirar para delante, pero el umbral de pensar que somos todos unos auténticos imbéciles es cada vez más bajo. 

En fin, esa es la parte agria, pero como decía antes hay una parte dulce. He encontrado amigos y amigas en este tiempo. Y no lo digo por decir, lo comento con toda la relevancia que se le pueda dar a la palabra amistad. 

He sentido orgullo, orgullo del bueno, del de comprobar que algo que he hecho ha servido para algo o que alguna de las cosas que pude enseñar sirvieron para que alguien hiciese un trabajo con el que se sentía mejor.

He recibido apoyo y abrazo en los peores momentos, alguno es cierto que era impostado, que se hizo por cumplir, pero sé que lo hubo muy sincero y sentido. 

Amagué con dejarlo casi tantas veces como me dije que tenía que seguir, cambié de opinión varias veces sobre temas que creía A y luego eran B. 

Intenté hacer algo por mejorar lo que consideraba injusto o por generar oportunidades que a mí no se me dieron. 

Yo qué sé...

No hay una sola manera de describir una travesía que conlleva una implicación emocional diferente en cada parte del viaje. Es más, no debería haberla. 

De momento sé lo que quiero, tomarme un año de descanso, eso lo tengo claro, un año de apartarme un poco del cómic, alejarme del meollo puro y duro. Sé que no será 2022 porque todavía tengo asuntos pendientes, pero espero que sea 2023, por conseguir paz, estabilidad, tranquilidad y, sobre todo, perspectiva.