26 sept. 2017

La venganza

Una cabeza de pollo disecada, varias hojas de tabaco, una botella de ron blanco y un extraño amasijo de notas escritas a mano. Todo eso es lo que encontró Yuré en el viejo cofre de la abuela.

Se suponía que, desde que se habían instalado en Nueva Orleans, la abuela había abandonado todas sus prácticas. Pero no era así, a pesar de las advertencias de su familia, las de toda la comunidad y las del párroco del distrito, la vieja Belkis seguía practicando la santería y confiando en sus amados Orishas para casi todo. Cuando quería salud se encomendaba a Inle y acudía a Changó y a Ogún cuando alguien la había insultado.

Según Belkis, ferviente seguidora de la creación de Olodumare y todo su panteón, la santería servía para detener algunos procesos o reanudar otros. “Todos nos encontramos inmersos en distintos caminos en la vida” — decía siempre muy seria — , “pues si acudimos a un santero y le caemos en gracia, podremos avanzar por nuestro sendero o interrumpir para siempre un camino”.

Y así ocurrió con la abuela, cansada ya de la vida, con más de noventa años y harta de tener que mantener tantos secretos, se encomendó a Eleguá, el dueño de todos los caminos, para que abriese su tránsito a la muerte de manera rápida. Y el Orisha se lo concedió. La abuela abandonó este mundo con una sonrisa y dejando atrás solo lo que había en su viejo cofre.

Cuando Yuré lo abrió apenas sabía nada sobre los mundos de su abuela. Es cierto que había escuchado a su madre pedirle que abandonara todo aquello e incluso, alguna vez, se había escondido tras la puerta del sótano y había observado a la abuela Belkis mientras llevaba a cabo alguno de sus rituales. Su curiosidad habría terminado ahí de no haber sido por lo que le pasó a Jiggles.

Jiggles era el gato de Yuré y, apenas cinco días después de la muerte de la abuela, apareció ahorcado frente a su casa. Fue algo muy desagradable para toda la familia, pero sobre todo para Yuré. Ella adoraba al gato, se habían criado a la vez y se habían acostumbrado a dormir juntos. Por eso, cuando vio a su gato tratado de manera tan atroz, no pudo reprimir su rabia y juró vengarse de quien hubiese perpetrado tal barbaridad.

Fue entonces cuando empezó a leer las notas de la vieja Belkis. Estudió y escudriñó todas sus anotaciones para tratar de comprender la manera de invocar a los Orishas y pedirles que se encargasen del asesino de Jiggles. En los cuatro meses que pasó buceando entre las notas, solo pensaba en dominar la santería.

Llegada la noche del 26 de septiembre, realizó su primer ritual de “cajón de muertos”. Con el cadáver de Jiggles embalsamado y presente en un pequeño féretro, un círculo de hojas secas de tabaco y varios garabatos extraños escritos con polvo de hueso, Yuré comenzó a gritar:

¡Olodumare, Olodumare! —decía mientras se agitaba entre convulsiones— ¡muéstrame al asesino de este muerto, enséñame al cobarde que le ahorcó y permite a tus Orishas que me ayuden a cortar sus caminos!

Casi al instante los temblores de Yuré se intensificaron, bebió un largo trago de ron y lo escupió sobre una antorcha creando una llamarada.

¡Que el fuego te abra la puerta, a ti y a todos los que vienen contigo!

De repente el fuego se apagó y toda luz que pudiese existir en la estancia desapareció creando una negrura espesa. Yuré se asustó, sabía que estaba invocando fuerzas muy poderosas pero no esperaba algo así.

Al momento, el cuerpo de Jiggles comenzó a revolverse en su caja, Yuré apenas podía ver nada más que los ojos de su gato cuando se iluminaron en un tono ámbar. Se giró, se desperezó un segundo, maulló y volvió a morir de nuevo.

Yuré estaba petrificada y sin aliento. El fuego se prendió de repente y notó una presencia a su espalda.

¿Por qué me has llamado, Yuré?

Al girarse se le paralizó el corazón, había reconocido la voz, era la de su abuela Belkis pero su aspecto no era para nada el mismo. Frente a ella había una mujer joven, bella, de piel negra y tersa y cubierta únicamente por un velo rojo transparente.

¿Qui...quién eres? —respondió la niña atemorizada.

¿Si no sabes quién soy, por qué me invocas?

¿E-E... Eres un Orisha?

La mujer no respondió, solamente se acercó hasta Yuré, le acarició la mejilla y recogió con un dedo una pequeña lágrima que corría por su cara.

¿Qué es lo que quieres de mí?

Yuré apenas podía hablar.

Han... han... han matado a Jiggles, a mi gato, quiero que el que lo hizo pague por ello.

¿Ah sí, y cómo quieres que se haga?

No... no... no lo sé, ni siquiera lo había pensado.

La mujer sonrió y entornó mucho los ojos.

Hagamos una cosa, déjame entrar dentro de ti un día, solo un día, solucionaremos esto y me marcharé, ¿estás de acuerdo?

Yuré tembló y lloró hasta que finalmente asintió. La luz desapareció de nuevo. Aquella mujer la agarró con fuerza por las sienes. Sus manos eran inmensas y de dedos finos y firmes. Sin siquiera abrir la boca, en todo el sótano empezó sonar un murmullo. Eran palabras sueltas e incomprensibles. Era la lengua de los Yoruba

¡Epaieio! ¡Jekua Jey Yansá! Dilogún en Oiá”

La misma fórmula se repetía una y otra vez mientras Yuré notaba como algo se colaba en su interior. Era una energía, algo intangible, pero también algo físico, empezaba a sentirse más alta, más fuerte, más pesada. Y al final, con un fuerte golpe, cayó al suelo y todo terminó.

En el sótano no había quedado rastro de nada. Ni tabaco, ni ron, ni polvo de huesos, ni Jiggles en su cajón, no había nada de nada. Solo Yuré que ya no era Yuré.

Nada más levantarse supo lo que quería saber, el asesino de Jiggles había sido el vecino, el señor Wilson y lo había hecho como represalia. Dos años atrás había acudido a la vieja Belkis con un problema. Su mujer, mucho más joven que él, le estaba engañando. La abuela se rió de él y le dijo que no le extrañaba que le engañasen pues todos sabían en el barrio que era un tipo huraño y avaricioso. Wilson quedó muy resentido por aquello y como no era más que un cobarde, lo pagó con el pobre gato que no tenía culpa de nada.

En cuanto lo supo, Yuré no aguardó ni un minuto más, cruzó la calle hasta la esquina y llamó a la puerta. Al ver a Wilson solo dijo:

Te voy a ver cada noche.

Le tocó un hombro y se fue. Wilson se quedó perplejo y no le dio mayor importancia y Yuré volvió a su casa y se encerró de nuevo en el sótano.

Poco más tarde se sintió sola de nuevo, la presencia de aquella mujer había desaparecido sin dejar rastro y ella no hizo más que susurrar un agradecimiento y correr hacia la ventana.

Esa misma noche, y desde entonces todas las noches, deambula por las calles un viejo que parece caminar sin vida. Lleva la boca abierta, como si algo le asustase, sus ojos están fijos en un punto en la lejanía y se mueve despacio, tan despacio que tarda toda la noche en cruzar la calle principal del barrio. Todos saben que es el señor Wilson, aunque ahora se le conoce como el zombie de Nueva Orleans.


Todos creen que ha sido maldecido por avaro o por ruin, pero Yuré sabe la verdad y cada vez que le ve se alegra por haber vengado la muerte de su gato. 


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