2 nov. 2016

Sangre en el suelo (III) - El gigante

En estos momentos ya hemos superado la barrera del veinte por ciento en la campaña de 'Sangre en el suelo' y estamos muy cerca del veinticinco. Gracias a todos los que ya habéis colaborado y ánimo a todos los que aún no lo tenéis claro. 

Para que el universo que rodea al cómic creciese y pudiese involucrar diferentes expresiones y a diferentes artistas a colaborar en esta expansión. Una manera de hacerlo fue invitar a diferentes escritores para que contasen historias sobre los personajes de 'Sangre en el suelo'. Historias que hablan de su pasado o de su futuro y que no tienen por qué estar relacionados con la muerte de Shermann. 

De este modo, una serie de personajes saldrán de las páginas del cómic para ir un poco más allá, completando el puzzle que forma toda esta historia. 

La primera autora de uno de estos relatos es MT Pereiro, escritora de numerosos relatos, colaboradora en revistas como Croa o en webs como Relatos Ilustrados y también guionista. Su relato nos ayuda a profundizar un poco más en el personaje de Fran Alonso, el ex boxeador que trabaja como jardinero para Shermann.


Todos los relatos que vayamos creando se incluirán en el librito de material extra que se puede conseguir como una de las recompensas de la campaña: 



El diseño final del personaje y el dibujante en su historia es Carlos Ríos. La ilustración para este relato es de Román López-Cabrera. 

Ahí os dejo el relato: 

EL GIGANTE

MT Pereiro 

Llegó a la cocina atraído por el olor a tocino. Hacía ya casi un año que había empezado a trabajar en el puerto, pero su madre todavía le preparaba el desayuno. No era de extrañar: Francisco acababa de cumplir trece años. A la mesa estaba ya sentado el hermano, dando sorbos al chocolate de su tazón. Se sentó mientras lo observaba en silencio, pensando cómo era posible que tuviera fuerza suficiente para sostener el peso entre las manos, cómo los brazos anémicos podían levantar la taza de la mesa y llevarla hasta la boca.

Los dos años que les separaban nunca habían sido tan densos y pesados. Pero no siempre fue así. Poco tiempo atrás, él mismo tenía ese aspecto débil y enfermizo. Luego su cuerpo cambió y, con él, todo lo demás. Fue entonces cuando comenzaron las pesadillas. Cada vez eran diferentes pero, en todas ellas, Fran era un ser monstruoso, un gigante cubierto de vello y pústulas al que todos temían. Con la torpeza del que no puede, no sabe utilizar una herramienta que desconoce, Fran aplastaba todo a su paso. Una noche, movido por una avidez que amenazaba con traspasar los límites del sueño, se había visto obligado a devorar a su hermano. Se despertó horrorizado, buscando entre tinieblas el cuerpo de Hernán junto a su cama. Desde entonces, el pequeño dormía con sus padres. Ellos vieron en aquella metamorfosis una bendición. Para Fran, fue un triunfo pírrico. Desde entonces había dejado la escuela y había empezado a trabajar para el inglés. Pero seguía siendo el mismo niño inocente que huía de las avispas en verano. Y aquello le hacía sentir muy triste. 

El rugir de su estómago le sacó de su abstracción. Hernán le miraba desde el otro lado de la mesa, con la boca manchada de chocolate. Parecía un niño. Era un niño. Fran se llevó la mano a la boca para indicarle que se limpiara, y rozó los vellos erizados de su incipiente bigote. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Aquel día apenas había trabajo y decidió ir a esperar a Hernán a la salida de la escuela. Quién sabe por qué lo hizo. Tal vez por esa sensación última de seguir siendo hermanos, pese a que tantas cosas habían cambiado entre ellos. 

A lo lejos, los niños se arremolinaban frente a la vetusta puerta de madera, agazapados en sus abrigos viejos. Reconoció a Hernán enseguida porque el suyo era nuevo, uno de los pequeños placeres que podía permitirse la familia ahora que trabajaban dos de sus miembros, como el tocino en el desayuno o el chocolate caliente. En un parpadeo, Fran vio cómo el abrigo caía al suelo con el cuerpo de su hermano dentro. Rápidamente, las piernas de los otros niños se cerraron en torno al pequeño y Fran ya no pudo ver nada. Echó a correr hacia él. Desde el suelo, los ojos de Hernán parecían estarle esperando.

Nadie le vio llegar. Los más afortunados sólo alcanzaron a sentir cómo una fuerza les arrastraba hacia atrás, lanzándoles al suelo de manera inexplicable. Los más perjudicados acabaron con heridas en las rodillas y el pisotón que algún muchacho había dejado en su huida. Sólo quedaba Andrés. Y Fran sabía que él no se amedrentaría como los otros. Tal vez porque era el mayor de la escuela, tal vez porque su madre era la profesora. Tal vez porque pensaba que sólo él tenía derecho a llevar un abrigo nuevo. Fran esquivó el primer puñetazo. Le pasó junto a la oreja, y le pareció que hacía el mismo ruido que los cohetes que se lanzaban en la fiesta del pueblo. Un instante después, un dolor agudo irrumpió en su costado como si no viniera precedido de un movimiento, como si un puño no lo hubiera llevado hasta allí. Se encogió y dio unos pasos atrás. Nunca antes se había peleado con nadie, no conocía el dolor ni la rabia, y pensó en agarrar a su hermano y salir corriendo. Pero entonces miró hacia Hernán. Todavía estaba en el suelo, a su espalda, con los ojos llorosos y su abrigo cubierto de polvo. Fran se giró y golpeó la mandíbula de Andrés en un solo movimiento, como si supiera que nada más le hacía falta para vencer a su oponente. Y así fue. Andrés cayó al suelo como el temible gigante que era y Fran sintió, por vez primera, que tenía un don.

Por eso años después, muy lejos ya del lugar que le vio nacer, cuando aquel periodista le preguntó cuál era su mayor motivación a la hora de subirse al ring, contestó que no decepcionar a su entrenador ni a sus seguidores. Pero no era cierto. Antes de subir al ring, pensaba en la mirada de admiración y respeto de su hermano, aquel día que Fran descubrió que era boxeador.


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