31 mar. 2016

Darth Vader, Quinquis, Magic y Porno Japonés - Buscando dibujante (por última vez)


Todo lo que voy a contar a continuación es absolutamente cierto. Si lo aclaro es porque soy consciente de que muchas veces he jugado en el blog con la verosimilitud de algunos relatos. Pues bien, esto no es un relato, es una anécdota o más bien una serie de anécdotas que ocurrieron hace ya 20 años y que me gustaría llevar al papel en forma de viñetas. Para ello, como tantas otras veces, me ofrezco para colaborar con algún dibujante que quiera transformar conmigo esta historia en un álbum de 48 páginas. 

Así que ya sabéis, si alguno tiene interés puede escribir a: joemanda@hotmail.es  

Vamos allá: 

DARTH VADER, QUINQUIS, MAGIC Y PORNO JAPONÉS


En el verano de 1996, con 14 años recién cumplidos, dedicaba mis días a jugar al Magic. Mis lugares de juego eran la calle y alguna tienda en la que nos dejaban pasar la tarde si nos tomábamos un refresco.

Mis compañeros eran los únicos amiguetes que tenía en Alicante: Rafa, un tipo muy friki y poco dado a la interacción social, y Álex, el protagonista absoluto de esta historia y una mezcla entre el Torete y un experto en todo lo que tuviese que ver con el rol, los juegos de cartas, el cine y los superhéroes. Para hacerse una idea, este chaval, con 13 tacos, podría decir algo así: "Batman es la polla porque puede partirte la cara y después comprarse un lamborghini".

A mediados del verano, ya entrado el mes de julio, Rafa se fue de vacaciones con su familia y nos quedamos Álex y yo para pasar las tardes. Un plan habitual era bajar sobre las cuatro, echar alguna partidita o ir directamente al Corte Inglés a robar sobres de Magic. Recuerdo que en una de nuestras incursiones Álex decidió saltarse nuestro protocolo. Era bien sencillo, metíamos la mano en la caja cuando no nos veía nadie y cogíamos un máximo de dos sobres cada uno. Después íbamos al baño, abríamos los sobres y mezclábamos las cartas nuevas con nuestros respectivos mazos. Sencillo y eficaz. Pues una tarde él decidió cambiar, a los dos sobres de su tanda decidió añadir una figura de Spiderman. De forma un tanto torpe la sacó de su embalaje y se la metió en el pantalón. En ese momento se me acercó y me susurró: "vamos a subir" y echó a andar a toda prisa hacia las escaleras. Nunca entendí por qué, si quería huir había que salir, nunca se huye subiendo.

Casi siempre había Fireballs en mis mazos

En medio de las escaleras, entre la planta baja y la siguiente, una chica vestida de calle se nos acercó y cogió del brazo a Álex mientras le decía: "llevas algo que no es tuyo", y en ese momento lo vi claro: mi amigo era un quinqui, no uno cualquiera, un quinqui de los buenos. Echó la cadera hacia delante y puso media sonrisa mientras dijo: "si lo quieres, cógelo". Media sonrisa que enseñaba los colmillos. Media sonrisa que decía: "sí, me has pillado, pero vas a tocarme los huevos".  

Aquello terminó en nada. Álex les dijo a los de seguridad que su padre era policía y que lo sentía mucho, que no iba a volver a pasar. Una reprimenda por la figura y nada por las cartas. Ni se habían enterado de que llevábamos semanas cogiendo sobres.

Una semana más tarde, después de jugar mi primera y única partida al juego de rol de El Señor de los Anillos, Álex me metió en otro lío. En esos días estábamos yendo a una pequeña tienda de la que no recuerdo el nombre. Me acuerdo de que era nueva, que la llevaba un tipo enorme con greñas y aspecto de metalero y que tenía siempre unas mesas listas para jugar al Magic y otra para jugar al Warhammer.

Cuando las mesas estaban ocupadas hacíamos tiempo cogiendo tebeos de las estanterías. El dueño nos miraba mal y alguna vez nos llegó a decir que nada de leer gratis, que si queríamos leerlos había que comprarlos. A Álex aquello no le sentó bien y un día, sin avisar, me miró, puso su media sonrisa y gritó: "¡¡corre, Gallego!!". Cogió los primeros tebeos que tenía delante, yo hice lo mismo y echamos a correr. Atravesamos la tienda ante la mirada atónita del dueño que al vernos se sobresaltó, salió de detrás del mostrador y trató de seguirnos durante poco más de cincuenta metros. Nosotros corrimos, a pesar de llevar unas sandalias de cuero espantosas que rozaban los tobillos, corrimos. Cuando llegamos al barrio paramos, miramos hacia todos lados pensando que el gordo podía habernos seguido, pero no lo hizo.

El botín de Álex eran cuatro cómics de Spiderman, -sí, tenía cierta fijación con el personaje-, y el mío...el mío se componía de tres tebeos de una serie japonesa llamada ANGEL, escrita y dibujada por un señor llamado U-JIN, o lo que es lo mismo, porno japonés en viñetas. Nunca se me hubiera ocurrido comprar aquello en la tienda porque me podría morir de vergüenza (y tampoco creo que fuese legal vendérmelos), así que me los llevé corriendo. Todavía los conservo.

Estos son aquellos tres. Hoy en día tengo la serie completa.

Pues así entre unas cosas y otras fue pasando aquel verano hasta llegar a finales de agosto. Un viernes, como era costumbre, nos acercamos a Ateneo, -la tienda de cómics más grande que yo había visto nunca-, porque en su exterior se reunían los vendedores de Magic con sus archivadores. Alrededor de una docena de tipos iban allí a mercadear con cartas que podían costar entre un duro y quince mil pesetas.

Pero aquel día las cartas dieron igual. En el escaparate había puesto un folio con un anuncio: "Buscamos figuras de Star Wars de la 1ª Edición". A Álex le cambió la cara. "Gallego, tienes que hacerme un favor" fue lo que me dijo. Por aventuras pasadas él no podía entrar en Ateneo, o al menos no podía hacerlo si estaba el dueño presente, así que me pidió algo un tanto extraño. Fuimos a su casa y a los tres minutos salió con una bolsa del Pryca llena de muñecos. Eran los que pedían, veinte figuritas de Star Wars de la primera edición.

Durante toda la semana me estuvo comiendo la cabeza. Me decía que aquello valía una fortuna, que seguro que le daban al menos mil pesetas por figura. Veinte talegos por llevarlas hasta la tienda. El favor que me pidió era el obvio: hacer de intermediario entre sus muñecos y la tienda. Me ofreció el veinte por ciento si le sacaba al tipo un buen precio. Y acepté sin muchos miramientos, me parecía fácil.

Llegados a este punto y sabiendo que seguramente me esté cargando el ritmo de la historia, debo aclarar que lo que sabéis de Álex hasta ahora es que era un poco quinqui, que le encantaba la adrenalina y que su padre era poli. Para que entendáis algo más es imprescindible que sepáis que era muy desconfiado, tanto que no podía comprender que alguien confiase en él. En los tres veranos en los que nos vimos, subí varias veces hasta su piso pero jamás atravesé la puerta de su casa, siempre me hizo esperar en el rellano. La única vez que él subió a la mía se quedó muy sorprendido de que le dejase pasar. "¿Quieres que entre en tu casa?" y cuando le dije que sí, entró algo dubitativo y me dijo: "joder, Gallego, si eres tan confiado te puede robar cualquiera"

Volviendo a las figuritas ya estaba casi todo el operativo montado: una bolsa llena de muñecos y toda la determinación de la que disponen dos adolescentes. Pero faltaba un ingrediente, antes de salir hacia Ateneo, Álex me miró muy serio. "tienes que ver algo", -dijo-, y se levantó la camiseta. Llevaba la pistola de su viejo. Había cogido la pistola reglamentaria de su padre y había cogido también su sobaquera. Yo no entendía nada. Aquel chavalillo llevaba una pipa porque decía que era la única manera de proteger su inmenso botín: unas figuras de Star Wars, con un Darth Vader flacucho, ewoks, stormtroopers y demás. Veinte mil pesetas como mucho y aquel colgao le había cogido la pistola a su padre por si pasaba algo.

La verdad es que en ningún momento pensé en mandarlo al carajo, simplemente quería acabar con aquello porque era la locura más grande en la que me había metido nunca. Fuimos a la tienda. El jefe estaba allí, así que me tocó negociar con él. Me miró de arriba a abajo y se quedó un tanto perplejo. Un niño con acento de las rías baixas había llegado con un cargamento de algo que estaba buscando. Me pidió un precio y me tiré al río: "1500 cada una". Se rascó la cabeza, miró las figuras una por una, consultó con un empleado y aceptó. No me lo podía creer. Álex tenía razón, aquello era una fortuna.

En 2016 se puede vender este Darth Vader
por unos 80 dólares

Cuando llegamos al barrio de vuelta, Álex me pidió el dinero. Durante todo el camino me preguntó como unas doscientas veces cuál era el precio que le había dicho al de la tienda. "¿Seguro, Gallego? ¿estás seguro de eso? mira que si me mientes...ya sabes lo que llevo". Fuimos hasta su portal, y entramos en el patio interior. Allí le dí veinte mil pesetas, mil por figura y le pedí mi parte. Por última vez en mi vida Álex me enseñó su media sonrisa, se quedó mirándome un rato y me dijo: "eres muy confiado, Gallego, no te voy a dar nada. Pero gracias, eres un buen amigo".

Me di media vuelta y me fui. Por mi cuenta había sacado algo, diez talegos que él nunca supo que me llevé y la sensación de haber jugado a ser niñatos peligrosos. Nunca más volví a ver una pistola tan cerca aunque sí que he visto otras muchas figuras de Darth Vader, volví a jugar alguna vez al Magic y he vuelto a leer algo de porno japonés. 
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