9 feb. 2015

El magnicida que necesitamos

Todos los que hayan estudiado la historia del cine español reconocerán, o al menos les sonará, el nombre de Florián Rey. Actor y director y también el creador de una de las obras más reconocidas dentro del cine mudo patrio: "La aldea maldita".

El conocido director, Florián Rey

Florián era un tipo conservador. Se casó con Imperio Argentina, se afilió a Falange e incluso se fue a pasar una temporadita a Alemania acogido por el Führer donde realizó su versión particular de Carmen en "Carmen, la de Triana".

Este es uno de los dos filmes que realizó
Florián Rey en la Alemania Nazi con Imperio
Argentina.

Sin embargo si alguien menciona a Joaquín Urrutia es muy probable que nadie le conozca. Joaquín trabajó a las órdenes de Florián en buena parte de sus primeras películas, nunca apareció en uno solo de los créditos y nunca aparecerá. Era poco más que un aprendiz, un chico de pocos más de veinte años, dispuesto a hacer un poco de todo y a aprender mucho.

Y aprendió. Durante años estuvo a las órdenes de Rey desentrañando todos los misterios del oficio. Sin embargo, Urrutia, aunque agradecido por las enseñanzas de su mentor, no comulgaba en absoluto con sus ideas políticas, y tras una potente discusión, ya a finales de los años cuarenta, decidieron romper su relación. 

Esta es una de las pocas imágenes que
existen de Joaquín Urrutia. 

Joaquín trató de labrarse un camino por su cuenta en el mundo del celuloide, y tras recibir varias negativas de las productoras fieles al Caudillo, decidió rodar una película clandestina. 

Su título era: "El magnicida que necesitamos" y contaba la historia de Michele Angiolillo, el anarquista que mató a Cánovas del Castillo, en una trama que le ensalzaba como el gran defensor del pueblo frente a la opresión. Por raro que pudiese parecer, Joaquín, con ayuda de un grupo de amigos y varios actores muy arriesgados, consiguió rodar la película completa.

Michele Angiolillo

Allí estaba todo, como Angiolillo apretaba el gatillo disparando tres veces a Cánovas, uno en la sien, uno en el pecho y otro en la espalda, durante una estancia en un balneario. Se dice que en realidad quería atentar contra la regente María Cristina. También que alguien le convenció para que cambiase de objetivo y que incluso fue un asesinato financiado.

Este fue el momento en que ejecutaron al
magnicida.

El final era algo espectacular: ¡Germinal!, gritaba Angiolillo justo antes de que el garrote vil acabase con su vida. Era una referencia a Zola, a la lucha obrera y al magnicidio.

Un pequeño cine de Barcelona se prestó para hacer un estreno secreto de la película, y fue un fracaso. No por falta de público, la sala estaba llena, sino porque alguien dio un chivatazo. Por desgracia era la tónica de la época, Chivatos y delatores por todas partes. 

La Guardia Civil entró en el teatro a sangre y fuego y de la película y de todos sus participantes, no quedó más que un viejo diario de rodaje en el que Urrutia concluía: 

"Nos hacen falta héroes como estos, capaces de poner fin a la opresión y a la barbarie, aunque sea pegando tiros". 


Este fue el único fotograma que sobrevivió, el momento en
que Michele asaltaba a Cánovas en el balneario.

Eso le costó la vida y su nombre, a pesar de haber formado una diminuta parte de la historia del cine, jamás será recordado por nadie.  

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