3 dic. 2014

Las Catacumbas de Salem (IV) - El hombre más valiente de Salem

Dentro de la campaña para financiar Las Catacumbas de Salem que termina la semana que viene, recibimos colaboraciones de distintos autores que, muy amablemente, realizaron fan arts, de distintos personajes característicos del libro. 

Una de las colaboraciones, fue esta maravillosa ilustración de Agustín Ferrer, autor de moda gracias a la reciente publicación de Cazador de Sonrisas por parte de Grafito Editorial.

Si queréis conseguir esta ilustración, o el resto de las que nos han enviado podéis hacerlo colaborando con la campaña en este enlace:


Entre todos los mecenas sortearemos los originales.

Como además en estos días se está realizando una exposición del libro en el café La Revoltosa en Gijón, escribí un relato que pudiese acompañar a la ilustración. Ahí queda:



EL HOMBRE MÁS VALIENTE DE SALEM

Cada noche rezaba a un Dios en el que no creía. 

Así de atormentado vivía William Sullivan, el hermano menor del párroco de Salem y, sin duda, uno de los hombres más valientes de toda la villa, al menos hasta que ocurrió todo. 

William llevaba ya cinco años trabajando en la serrería de la familia Dickinson. Allí preparaba la mayor parte de la madera que después se convertiría en los pequeños barcos y goletas que poblaban la bahía. Era un trabajo monótono, por momentos algo ruidoso y sobre todo rodeado de un polvillo de serrín que poblaba el ambiente. Una nube casi perpetua que se introducía en los pulmones y provocaba que la vida laboral de los trabajadores no fuese ni larga, ni mucho menos saludable. 

Si se había ganado los calificativos de bravo y aguerrido, se debía a su papel en el accidente del capataz Mardock. Por culpa de un descuido de uno de los aprendices, un tronco enorme, de roble traído del interior, se soltó de los correajes que lo sujetaban y rodó hasta que se encontró con el capataz. El tronco le dejo inmovilizado, gritando con muchísimo dolor y con su pierna derecha atrapada bajo él. 

Se montó un gran revuelo. Todos corrían de un lado a otro, hacían aspavientos e incluso algunos, los más cobardes, ya lloraban la muerte de su jefe. Pero William se mantuvo frío y tomó las riendas. Cogió su herramienta, una gran sierra de doble dentado y comenzó a serrar la pierna atrapada del señor Mardock. 

Los gritos de unos y otros fueron indescriptibles. El capataz se desmayó a causa del dolor, pero el resto de los operarios se debatían entre el asco y el vómito, mientras Sullivan, con un temple total e incluso con una media sonrisa, empleó toda su fuerza para separar la pierna atrapada del cuerpo de su jefe. 

Se le llenó de sangre el rostro y apenas le importó. Salvó la vida a Mardock y dio una lección a todos sus compañeros sobre cómo reaccionar en momentos delicados. Desde aquel día, William Sullivan, era el hombre más valiente de Salem. 

Durante un par de meses su fama se incrementó en toda la villa. Las mujeres cuchicheaban al verle y le dedicaban miradas pícaras, los padres decían a sus hijos “debes ser valiente, como William Sullivan” e incluso, cuando entraba en el mesón, los marineros le saludaban con cierta reverencia. 

Pero poco le duraron las alegrías. Una noche de Agosto, habiendo bebido más de la cuenta y mientras se dirigía a casa, notó unos pasos detrás suya. No le importó demasiado y siguió caminando hasta que escuchó como esos pasos aceleraban el ritmo. Se giró y no vio a nadie, y al reemprender la marcha se topó de frente a una mujer. 

Era pelirroja, pequeña, cubierta de arriba a abajo con una capa negra y con unos ojos que enseguida cautivaron a William. Eran rojos, casi del mismo tono que su cabello. No dijo nada, se quedó parada frente a él un solo instante y se desvaneció, se esfumó, desapareció. Entre el impacto y la borrachera, William no dio mayor importancia a lo sucedido. 

Ya tumbado en su cama y mientras toda la habitación le daba vueltas recordó a aquella muchacha. Su mirada, con aquellos tonos que recordaban al fuego, sus labios, su pelo. Tan vívido era su recuerdo que parecía que estuviese frente a él, casi podía olerla. Hasta que se materializó. William la notaba encima suya. Creía que no era más que un efecto traicionero del brandy. Hasta que abrió los ojos y allí estaba. Desnuda, con la piel blanca y tersa e inclinándose sobre él a horcajadas hasta estar a escasos milímetros de su boca. William no pudo más que balbuecear: 

-¿Qui...quie...quién eres? - dijo temblando por varios motivos a la vez. 

-Ludmila. 

Su voz era casi inaudible, un susurro que se introdujo en la cabeza de William. Sólo había abierto la boca un segundo pero aquella palabra no paraba de resonar “Ludmila, Ludmila, Ludmila, Ludmila”. Inmóvil e incapaz, el más joven de los Sullivan, tuvo que observar como aquella criatura maravillosa sacaba la lengua de su boca. Puntiaguda, casi bífida, húmeda. Dejó caer una única gota de saliva y al contacto con los labios de William, los quemó un poco y se deshizo. Notó un inmenso placer, ella sonreía mientras se contoneaba sobre su cuerpo, cerró los ojos, soltó un leve gemido y desapareció. 

Él se incorporó con violencia, miró a ambos lados, se levantó de la cama, revisó toda la habitación y allí no había más que su soledad. Se acercó al espejo, se revisó los labios y allí estaba la prueba de que no había sido una alucinación, la quemadura que demostraba que Ludmila, fuese lo que fuese, existía. 

Asustado, William estuvo una semana sin apenas salir de casa. Tenía la sensación de estar ardiendo por dentro por las mañanas y por las noches...por las noches, después de rezar, se acostaba sabiendo que no iba a poder conciliar el sueño. 


Una mañana, sin haber dormido, William se dirigió a la serrería. Nada más entrar notó algo extraño. Todos sus compañeros, le estaban mirando de manera un tanto extraña. Y es que aunque él no lo notaba, había perdido peso, estaba consumido, sudaba por la frente y los pómulos se le habían acentuado. El capataz, con su bastón y su nueva pierna de madera, se acercó: 

-¿Estás bien William, te ha pasado algo? - dijo con tono paternalista Mardock. 

-No...sí...bueno...no he pasado...ayer me entretuve en el bar demasiado ¿sabes? - soltó William mientras forzaba una risa nerviosa. 

-Entiendo, si necesitas algo estoy en el despacho -concluyó el capataz. 

Y William le siguió con la mirada y su caminar torpe se fue convirtiendo en un andar sensual, y sin saber cómo, de repente eran las nalgas de Ludmila las que iban de un lado a otro hacia el despacho del jefe. Se frotó los ojos, pero fue peor, allí estaba de nuevo ella, se giró mostrando su desnudez cubierta por un inútil tul de seda transparente. Sin pensarlo más echó a correr. Y mientras avanzaba sin rumbo fijo notó como le rodeaban los brazos de aquel ser y en su cabeza de nuevo: “Ludmila, Ludmila, Ludmila”. 

A mitad de su camino a ninguna parte y atormentado por todo lo que sentía, William decidió poner rumbo a la iglesia. Al entrar gritó pidiendo auxilio a su hermano y solo escuchó un susurro que venía desde el confesionario. 

-Aquí William, estoy aquí – dijo el mayor de los Sullivan. 

Y allí se metió. Se arrodilló en la madera y mientras trataba de recuperar la respiración intentaba explicar qué ocurría a su hermano: 

-Louis, Louis...hay una mujer...un...no sé...un...¡Dios!, no sé qué está ocurriendo. 

-No entiendo nada si hablas tan rápido, William, trata de serenarte por favor. 

William respiró hondo un par de veces y consiguió articular una palabra más. 

-Ludmila. 

Un brazo rojo, inmenso, fuerte y rodeado de cadenas atravesó la rejilla que separaba ambas estancias del confesionario. William soltó un grito ahogado. A su espalda apareció de nuevo Ludmila y mientras le acariciaba el lóbulo de una oreja le dijo: 

-Tranquilo William será rápido, solo busca una cosa. 

Aquella mano inmensa recubrió todo el rostro de William que trataba de zafarse pero le resultaba imposible. La mano apretaba cada vez más, hasta que el cuerpo de William comenzó a vaciarse. Era como si se estuviese quedando solo en una masa de huesos recubiertos de una fina capa de piel. 

A su espalda, Ludmila se reía lujuriosa mientras recorría todo su cuerpo con sus manos. 

-Lo siento cariño, él te necesitaba. 

Cuando la mano roja soltó el cuerpo de William, se derrumbó cayendo sobre el suelo de la iglesia. Su alma había sido absorbida por un demonio, pero allí no quedaba ningún rastro de ello. 

Lo único que quedaba era el cuerpo maltrecho del hombre más valiente de Salem.
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