31 mar. 2014

El Corazón de la Ciudad


Antes siquiera de comenzar esta crónica me gustaría advertir de que todo lo que viene a continuación es absolutamente cierto. Sé que a más de uno le resultará complicado creerlo, incluso a mi me cuesta a veces. Siento que así sea, de verdad, pero no me queda más remedio que sacarlo a la luz ahora que puedo. 


Lo que me lleva a escribir sobre este asunto precisamente ahora, cuando ya ha pasado más de una década desde lo acontecido, en vez de haberlo hecho en su momento, es la reciente muerte de Don Damián y que, al fin, me ha concedido permiso para contarlo. Si esto cayese en manos de algún incrédulo, que sepa que puede solicitar la carta con su autorización a la redacción del periódico, ya que he dejado allí una copia. 

Dejémonos de preludios, trataré de relatar solo lo importante, aunque es costumbre en mi profesión el fantasear un poco, no por mentir, sino más bien por adornar. Ruego paciencia a los lectores habituales del periódico porque ya conocen mi redacción engorrosa. Y a los nuevos, más que paciencia les pido casi la santidad y valor, mucho valor. 

A unos y a otros, y con esto ya termino, ruego me perdonen si en algo se viesen ofendidos, no es para nada mi intención y bien sé que en asuntos de religión es mejor mantenerse al margen si no se quiere salir escaldado. No lo he podido remediar, es mi obligación ser la voz de cuanto acontece, hayan pasado los años que hayan pasado. Ahora sí, comienzo:


Faltaban solo tres días para la procesión. El alcalde, Martínez Garrido, a pesar de considerarse ateo y republicano, encabezaría el recorrido del Cristo por la ciudad hasta el puerto, donde según contaba la leyenda, había aparecido la barcaza llena de sal con la imagen que ahora se sacaba en romería cada año.

El Alcalde Martínez Garrido en el centro.

El párroco de la iglesia, Don Damián Resinde García, un hombre de buen comer, de buen orar y de buen pensar como decían sus fieles, había llegado a un acuerdo con el alcalde según el cual, el regidor cargaría con la santísima imagen aunque fuesen apenas unos metros y, a cambio, él bendeciría su mandato y de ese modo ganaría algún apoyo.

Pero a Don Damián todo aquello le importaba más bien poco. Los líos políticos y las estratagemas que se traían entre los poderosos no le quitaban el sueño. A él, por tópico que pueda parecer, le importaban sus fieles. 

Como bien me contó en una ocasión mi abuelo, que había dedicado toda su vida a elaborar fórmulas magistrales en una botica en la Puerta del Sol, Don Damián, prestaba mucha más atención a lo que pudiese contarle Susa Gómez sobre sus actos “carnales” con un pescador viudo, que el que viniesen a preguntarle sobre sus inclinaciones políticas. 

Y esto no es porque el párroco fuese excesivamente entrometido, sino porque su interpretación de aquello que había de considerarse o no pecado, era cuando menos curiosa. Por ejemplo, cuando Susa, muy nerviosa y entre balbuceos, reconocía haber mantenido algún tórrido encuentro con Manuel Dosantos, que así se llamaba el marinero, Don Damián preguntaba “cómo de caliente había sido el encuentro”, ya que él aseguraba que, aunque fuese pecado igual, solo habría de ser redimido si el acto hubiese hecho sudar a cualquier santo que lo presenciase.

Don Damián en su juventud poco antes de
llegar a la ciudad.

Pero no eran estas peculiaridades a la hora de confesar lo que importaban ahora mismo. 

Cuando Don Damián, a tan solo tres días de la procesión más importante del año, alzó la imagen del Cristo de la Victoria y puso su atención en una madera levantada que había debajo, no se imaginó lo que encontraría al extraerla: una caja polvorienta. ¡Pues vaya una novedad! -pensará usted – si a mi me diese por escribir una crónica cada vez que me encuentro una caja polvorienta, se me habría agotado la tinta hace tiempo.

Calma y contexto, sobre todo contexto. 

Allí, en la Iglesia de Santa María, comúnmente llamada “La Colegiata”, en 1933 y a menos de setenta y dos horas de celebrarse la procesión del Cristo de la Victoria, apareció bajo su imagen, una caja polvorienta, y que, ahora sí, contenía un corazón humano en perfecto estado de conservación, con un agujero en un costado y un enorme clavo de madera acompañándolo, que si tuviese que apostar todo mi dinero, me lo jugaría asegurando que era el instrumento con el cual se había perforado el órgano.

Ese, además de unas cuantas virutas de serrín, era el contenido de la caja. Y en su tapa, en una placa dorada, grabada a pulso, se leía con cierto esfuerzo: “aquí yace el corazón de Remigio Fuentesdeoca, destruido el 18 de Marzo de 1879”. No había ninguna explicación más.

Y ahí estaba el corazón de Remigio Fuentesdeoca.

Cuando Don Damián encontró aquel extraño baúl lo primero que le produjo cierto asombro fue la placa dorada y aquel nombre tan rimbombante: Remigio Fuentesdeoca. No parecía un nombre verdadero, y de serlo, seguro que no pertenecía a la parroquia. Pero al abrirla, aquel primer asombro se quedó, según sus propias palabras, en una tontería insignificante, ya que ver el corazón agujereado de Remigio resultaba muchísimo más impactante. 

Como si se tratase de algo prohibido, y dejándose llevar por un impulso casi infantil, la reacción de Don Damián fue volver a meter la caja bajo la madera poniendo expresión de “aquí no ha pasado nada”. Trató de contenerse y hacer como que todo había sido producto de su imaginación, pero ya no había marcha atrás. 

Fue entonces cuando acudieron a su recuerdo las palabras que le repetía una y otra vez el Abad Francisco Sanmartín en el seminario: “la curiosidad mató al gato, Damián, pero meter las narices donde no se debe puede incluso matar a los leones”. El buen Abad, advertía así a Don Damián en su juventud por algo que él mismo me confesó una vez: “no lo puedo remediar Joaquín, me gustan todas esas cosas de misterios”. 

El caso es que apenas pasados diez minutos, levantó de nuevo el tablón y extrajo otra vez la caja, se la llevó al despacho parroquial, la puso en el suelo y dio al menos veinticinco vueltas alrededor. 

A cualquiera que haya leído literatura fantástica de folletín enseguida le habrá venido a la mente algo relacionado con el vampirismo y derivados. Y entre los aficionados a ese género, desde mi punto de vista algo denostado en los últimos tiempos, se encontraba Don Damián. Eso provocó que en aquel momento su cabeza se llenase de conjeturas, de ilusiones, de fantasmas y de miedo, de mucho miedo. 

Sé que ahora mismo muchos de los que leen esto me estarán tachando de sensacionalista, de mentiroso o puede que de algo peor, créanme, estoy acostumbrado. Si a los periodistas nos diesen diez céntimos cada vez que alguien piensa que mentimos, hace tiempo que habría abandonado las crónicas de provincias y viviría como un señor en la gran ciudad.

Tras atravesar la primera frontera del pánico, el párroco decidió coger aquel cofre macabro y mostrárselo a su amigo, a veces anticuario y a veces artista frustrado, Enrique Segura, para que le diese una opinión, sobre todo por si se trataba de algo tan real como podía parecer o era alguna especie de triquiñuela que se emplease en el teatro o algo así.

“Es real Damián” es lo que contó el párroco sobre la impresión de su amigo. Aunque hablando con la viuda del señor Segura en persona obtuve una declaración algo más precisa y más melodramática: “es tan real como puede serlo, Damián, de hecho pareciese que fuese a latir en cualquier momento”. Así que las opciones se veían reducidas drásticamente. 

Don Damián pensó en escribir al Vaticano. Pero qué iba a decirles, ¿que había encontrado el corazón de un vampiro bajo el Cristo de la Victoria? Sonaba a locura lo viese por donde lo viese. 

A solas, desvelado y mordiéndose las uñas, así fue como pasó la noche hasta caer redondo preso del agotamiento. 

A la mañana siguiente, mientras subía la calle Real hacia la iglesia, Don Damián parecía otro. Estaba sonriente, saludó a varios marineros y a alguna tendera. Según me dijo en su confesión de años después, aquella mañana estaba convencido de haber hallado una solución a tanto misterio. Con la caja en las manos avanzó por el suelo empedrado hasta la Plaza Mayor, se acercó hasta el ayuntamiento y pidió ver al Alcalde que se negó a recibirlo. 

Don Damián se colocó en el centro de la plaza, alzó la caja con ambas manos y empezó a gritar ante la mirada de todo el que pasaba por allí:

-¡La ciudad se está pudriendo, Alcalde y si no hacemos algo pronto acabará con todos nosotros!

Resulta muy difícil explicar la sensación que produjo a los presentes ver a alguien tan respetado como Don Damián, dirigirse a gritos al alcalde en aquel tono tan apocalíptico. Aunque fue todavía peor cuando dos guardias le “invitaron” a dar una vuelta. 

Recorriendo el Mercado de la Piedra, Don Damián, Martínez Garrido y dos hombres que los escoltaban, estuvieron debatiendo durante más de dos horas en secreto. Esto lo puedo contar gracias a que el párroco me lo confesó, pero aquella reunión, jamás se produjo ni oficial ni extraoficialmente. Está claro que nadie va a admitir que un cura y un alcalde se pusieron de acuerdo sobre como acabar con los vampiros en la ciudad. 

-¡No me jodas Damián!, vamos a ser prácticos – se expresaba el alcalde, que siempre tuvo fama de ser un hombre directo - ¿qué es lo peor que puede pasar?

-Pues no lo sé, pero se puede esperar que si ha habido uno de estos en la ciudad, puede haber más – respondía Don Damián mientras mostraba una vez más el interior de la caja – dos hombres, déjame dos hombres esta noche y te lo soluciono. 

-Déjate de inventos. Dime lo que hay que hacer y ya voy yo contigo, prefiero que nadie más se entere de estas chaladuras.

A medianoche, cuando apenas quedaban veinticuatro horas para la procesión del Cristo de la Victoria, una mujer, cubierta de pies a cabeza con una capa negra bajaba por Cesteiros hasta la Plaza Almeida. Su paso era sereno, liviano y no producía el más mínimo ruido.

Santa María de Vigo, donde fue hallado el corazón.

Dejándose llevar por su instinto, a pocos metros de distancia, embozados como si fueran unos rateros, la seguían Don Damián, el alcalde y Enrique Segura formando una cuadrilla a medio camino entre lo irreal y el esperpento. Y al llegar a la esquina vieron como aquella mujer forzaba la entrada del templo. 

-La tenemos – dijo el alcalde – vamos a asaltarla.

-Espere – respondió Enrique- aún no sabemos qué es lo que quiere.

-Vamos anda. Que desde aquí poco podremos hacer – se mostró pragmático Don Damián. 

Frente a la imagen del Cristo, con los brazos abiertos y todavía cubierta por la capa, la mujer comenzó un susurro, que a medida que avanzaba crecía en intensidad:

-Aquí me tienes Maestro, libérame y permíteme hacerme tuya. ¡Aquí me tienes! - y acompañando el grito la mujer dejó caer la capa que la cubría mostrándose completamente desnuda.

-Joder Damián, además exhibicionistas, esta semana te pasa de todo – exclamó el alcalde, descubriendo su escondite ante aquella mujer, deshaciéndose del embozo y mostrando cada uno sus armas, un revólver, una cruz y una botella de agua bendita. 

-¿Buscas esto? – dijo el párroco – mostrando el corazón de Remigio. 

La mujer se giró con violencia y rugió de tal manera que hizo temblar los pies a los tres improvisados cazavampiros. Sus ojos eran negros, en su boca surgían cuatro colmillos inmensos y sus movimientos estaban animalizados. 

-¿Buscas esto? - preguntó Don Damián de nuevo - ¿por qué si ya está muerto?

-¿Muerto? - dijo la mujer mientras empezó a acercarse despacio – Te equivocas, el corazón de mi maestro es lo único que está lleno de vida en realidad. Gracias por encontrarlo, llevábamos mucho tiempo detrás de él. 

En ese momento Don Damián cayó en la cuenta. Si no hubiese formado un escándalo, si no hubiese paseado su hallazgo por ahí, abriendo la caja en público e incluso gritando a los cuatro vientos, podría haberla mantenido oculta y ahora no estaría delante de aquella criatura de aspecto tan horrendo. 

El alcalde ya no pudo contenerse más y disparó. El revólver soltó una gran cantidad de humo y el estruendo resonó en toda la iglesia, pero la mujer se mantuvo en pie e incluso se echó a reír. 

En un alarde de valentía, Enrique Segura, se lanzó sobre ella a la vez que le arrojaba agua bendita, al grito de “¡muere, criatura del infierno, muere!”. Ella respondió atravesando su garganta con un golpe seco. Martínez Garrido, trató de disparar una vez más pero el tambor del revólver no giró. Así que optó por lanzárselo e impactó en su frente, pero eso solo la hizo enfadar un poco más. 

Con un bramido espantoso y abriendo la boca hasta límites sobrenaturales, aquella bestia con forma de mujer se arrojó sobre Don Damián tirándolo al suelo y quedando sobre él. El alcalde se lanzó hacia ellos buscando una manera de ayudar, pero el monstruo le empujó y atravesó la iglesia hasta impactar contra el muro y perder la consciencia. 

A Don Damián se le ocurrió interponer el corazón de Remigio entre él y aquella bestia del inframundo y con la mano que le quedaba libre clavó el crucifijo en el agujero ya abierto. Al primer impacto la vampiresa chilló de dolor. 

-¡Basta! No hagas eso – rugió con fuerza – no dañes más el corazón del Maestro. 

Una vez más clavó la cruz en el corazón, y luego otra y otra más hasta que los chillidos de la vampiresa se volvieron insoportables. De esa manera consiguió Don Damián sacársela de encima y con cada nuevo golpe estaba consiguiendo someterla. La mujer blasfemó, maldijo y trató de tentar al párroco que no dejó de apuñalar el corazón del Maestro vampírico en ningún momento. La criatura empezó a convulsionar en el mismo momento en que aquel órgano seco y momificado expulsó una gota de sangre negra y latió. 

En la mano izquierda de Don Damián, en el templo que rendía culto al Cristo de la Victoria, y con una vampiresa temible a sus pies, el corazón de Remigio Fuentesdeoca latió de nuevo. El cura se quedó petrificado y la combinación de sensaciones que tuvo en ese momento jamás se podrían expresar con claridad. Según me dijo varias veces, su mayor tentación fue lamer aquella gota negra. Saborear auténtica sangre de vampiro y saber qué ocurriría. Y fue la imagen del Cristo de la Victoria, aquella que un día hubiera estado recubierta de sal, la que de algún modo se lo impidió y provocó que despejase enseguida aquella tentación.

La imagen del Santísimo Cristo de la Victoria
bajo la que yacía tan siniestra caja.

Y por eso clavó con todas sus fuerzas la cruz en el pecho de la mujer. Y con algo de suerte alcanzó su corazón y logró que se quedase rígida como la piedra. Y acto seguido se derrumbó y cayó al suelo. 

Seis horas después, el alcalde arrojaba algo de agua bendita sobre su cara para despertarlo y cuando recobró el conocimiento, ambos hicieron un juramento. Nunca revelarían nada de lo acontecido aquellos días, la procesión saldría como estaba previsto y el cuerpo de Enrique sería ocultado junto a la caja en el mismo lugar que estaba antes.

En cuanto a la mujer que yacía paralizada en el medio de la iglesia, simplemente esperaron que entrara la luz del Sol por una de las vidrieras y observaron como ardía y se convertía en polvo negro que metieron en la caja junto al corazón de su Maestro.

Las tropas del dictador desfilando por la ciudad.

Poco después llegó la guerra, el alcalde perdió su cargo y fue fusilado por republicano. Y Don Damián tenía ahora muchas cosas de las que preocuparse. Durante una década mantuvo el juramento que había hecho al alcalde, pero estando ya muy enfermo y al borde de la muerte quiso contármelo alegando una razón de peso: 

-Se trata de la ciudad Joaquín – me dijo en sus últimos momentos – el corazón mismo de la ciudad está infectado por algo terrible, y todos los años lo sacamos a pasear.

Don Damián en aquella época.

En un principio no entendí muy bien a qué se refería y desobedeciendo todo lo que me había aconsejado antes de morir, conseguí colarme en la iglesia para comprobar por mi mismo toda aquella locura de vampiros y muertes en el mismo centro de la ciudad. Y allí bajo la imagen del Cristo no había ninguna caja con una placa dorada ni ningún corazón de un ser sobrenatural. 

Pero sí había un pequeño crucifijo, que en su parte más larga, si uno fijaba bien la vista, se podía ver el resto de una gota de sangre negra.

El Cristo de la Victoria sigue saliendo en procesión
cada año.

Así que eso es todo. Que cada uno saque sus propias conclusiones. Por mi parte tengo claro que el párroco no tenía porqué mentir y si aquel baúl macabro ya no estaba allí, seguro que el bueno de Don Damián lo habría ocultado en algún otro lugar. Puede que bajo una losa de la Plaza Mayor, puede que lo hubiese entregado al algún marinero del Berbés para que la arrojase al mar o puede que, tratando de despistar a todo el que fuese a buscarla en el futuro, la hubiese introducido en la misma imagen del Cristo de la Victoria y de ahí las enigmáticas palabras que me dijo justo antes de fallecer. 


Joaquín González Ballesta



En Vigo a 8 de Julio de 1943
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