30 sept. 2014

El Coronel - Un relato en mil palabras

Este mes he participado en un concurso que proponía la creación de un relato de exactamente mil palabras inspirado por una fotografía. La foto es esta:


Y el relato que viene a continuación es lo que escribí. Funciona como un relato independiente y, sin embargo, también forma parte de un universo más amplio. La siguiente pieza será "Teirah" un cómic corto que se podrá leer en el número 5 de The RocketMan Project, y que está siendo ilustrado por Pablo Ballesteros

EL CORONEL

Debía ser un 35 o un 36. Cuando el Coronel entró con aquellas dos crías en el refugio, solo se le ocurrió pensar en la talla del zapato. 

Cuando llegaron a su barrio tomó las riendas. Acumuló víveres, salió a buscar más gente, participó localizando las señales de radio y se mantuvo frío, muy frío. Por eso le llamaban el Coronel.

Las niñas que iban con él eran hermanas. Las había encontrado en el parque tratando de alimentarse. Parecían listas, se habían cubierto los oídos, aunque se movían demasiado. Si las llevaba con él tendrían que conseguir más comida, más ropa, más agua, más, más. Pero ¿qué podía hacer? 

Ahora eran diez. Los demás lo aceptaron, solo Cris dijo algo, pero no era por las niñas. Balbuceó algo sobre los sonidos que recordaba, el tranvía, la cafetera, el ventilador de la oficina. Y se echaba a llorar. 

Estaban perdiendo la cabeza. Llevaban allí dentro más de un año. Entre escombros. Aún tenían provisiones pero para el Coronel no era suficiente, necesitaba salir y contactar con alguien. Lo intentaba tres veces cada día. Sin resultados. Al principio le acompañaban Jos y Fausto, pero el pánico les venció. 

Jos se llevó la peor parte. Se quitó los tapones. Dijo que necesitaba escuchar el mundo. Fausto y el Coronel corrieron para impedírselo pero llegaron tarde. Su cabeza estalló en mil pedazos. Fausto se volvió loco y el Coronel...el Coronel siguió insistiendo.

Desde entonces salía solo y lo hacía a su manera, según el protocolo. Antes de salir siempre repetía: 

-Si no vuelvo esperad dos días y cambiad de refugio. Hay comida y agua hacia el Sur. Si salís, llevad los tapones y si veis a una de ellas tiraos al suelo y contened la respiración. Si no os oyen, no os ven. 

Con la radio al cuello, unos tapones cubiertos por unos auriculares y un revólver con tres balas, salió de nuevo por la mañana. 

El ambiente era horrible. La mayoría de los edificios estaban derruidos. 

La ropa, vacía y extendida en el suelo, mostraba lo que debía ser un rastro de cadáveres. Pero los cuerpos no estaban, se descomponían. Tras el primer estallido, cada célula se deshacía a una velocidad impresionante. Era limpio, sin sangre pero eficaz. 

El Coronel había descubierto un punto nuevo para probar la radio. Una colina a tres kilómetros. En la cima quedaban los restos de un edificio militar. Pensó que si había sido construido en un lugar elevado podía ser para establecer algún tipo de comunicación. 

El camino era difícil. Tenía que pasar desapercibido. Daba cinco pasos y se detenía, esperaba cinco segundos y empezaba otra vez. En eso consistía su protocolo. Tardaba horas en llegar a cualquier parte pero se aseguraba de que sus movimientos eran imperceptibles para ellas.

Al llegar sintió que iba a fracasar, probaría la radio y escucharía el maldito ruido estático. El mismo de siempre. 

Al cruzar la puerta cambió de idea. Había decenas de camisas por el suelo y, al fondo, una centralita. Con la prisa que le permitía su manera de moverse se acercó, se descolgó la radio y la probó. Ruido. Ruido estático. Estuvo a punto de golpear la mesa. 

Pasados dos minutos el ruido cambió y el Coronel se quedó boquiabierto. En los auriculares oyó al fin una voz. Trató de sintonizarla mejor pero los tapones le impedían escucharla con claridad. 

Así que poniendo en riesgo su vida tomó una determinación. Subió el volumen al máximo para quitarse los tapones sin que se filtrase más que lo que venía de los auriculares. Y le salió bien. Al menos eso pensaba. 

“........27 de Septiembre, ha pasado año y medio desde la llegada. Quedan un puñado de supervivientes. Se recluyen al Oeste, pero las niñas ya están con ellos. Repito, ya están con ellos. La operación habrá terminado en horas......”

Hacía un año y siete meses el suelo tembló. Una grieta rajó el suelo. Del cráter surgió un pitido. Agudo, casi inaudible. En pocos días se intensificó, parecía acercarse. Y así era. Cuando llegó hasta la superficie la vieron. Completamente negra. La primera de ellas. Un mastodonte de boca deforme, sin ojos, sin pelo y con seis garras. Cuando soltó el primer rugido todo a su alrededor reventó. Las paredes, los coches, la gente.

Barrios enteros se convertían en ruinas al paso de aquel monstruo. A los tres días, se durmió. Creyeron que había terminado. Se equivocaron. De la bestia dormida surgieron bolas negras, cientos de ellas. Sus crías. La ciudad quedó reducida a escombros. Solo quedaba el refugio del Coronel. El sonido que soltaban las bestias se hizo continuo. Cualquiera que lo escuchase explotaría. 

Nunca se les había ocurrido pensar que eran otros humanos los que habían creado semejante aberración. Pero cuando escuchó aquella voz, el Coronel lo comprendió todo. Formaba parte de una operación. ¿Con qué fin? ¿Cuál era el propósito?

No lo pensó más y se saltó el protocolo. Echó a correr hacia el refugio. En unos segundos ya le perseguía una criatura. Esquivó los ataques hasta que entró en un callejón sin salida. Se tiró al suelo y contuvo la respiración. La bestia se acercó. Notó como le caían sus babas en la cara. No debía respirar. Vio los dientes del bicho y no pudo evitar temblar. El engendro abrió la boca. Como un reflejo sacó el revólver y le incrustó dos balas en la garganta. Con eso se la sacó de encima aunque los disparos alertarían a las demás. Tenía unos minutos. 

Corrió como nunca. Apartó las tablas que cubrían la ventana del refugio y lo vio. Las ropas de los demás estaban en el suelo. Habían desaparecido. Las malditas niñas eran una trampa. Una operación. Los terremotos, las bestias negras y el sonido del infierno que lo hacía explotar todo, eran una operación, alguien lo había diseñado. 

Debía ser un 35 o un 36, pensó de nuevo al ver el zapato entre los escombros. 

Sacó el revólver y se disparó en la sien.
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