1 jul. 2014

Los ojos de Buñuel (IV) - Novela por entregas


4.

Durante los dos meses siguientes Alba estuvo encerrada en su apartamento. Canceló sesiones de fotos y eventos de todo tipo para poder averiguar más sobre aquel retrato. Descubrió que había sido pintado en 1924, cinco años antes de “Un perro andaluz”, por un Dalí de apenas veinte años que ya había dejado de experimentar con el cubismo aunque todavía se apreciaban restos del mismo. 

Pero todo eso no la conducía a ninguna parte. Una sociedad secreta envuelta en un manto de misterio le había encargado hacerse con aquel cuadro y las evidencias le decían que no se trataba de un simple capricho. Tras darle muchas vueltas a todas las ideas que pasaban por su cabeza llegó a algo parecido a una conclusión: no importaba el cuadro en si, el importante era Buñuel.

Algo debía haber en la figura de aquel hombre, en su historia, en su obra. Alba comenzó a ver todas sus películas, desde la época surrealista hasta “Ese oscuro objeto de deseo”. En su primer visionado comprendió a grandes rasgos determinados elementos clave: el fetichismo, el ataque a la burguesía y al clero, la sátira y la acidez y también el neorrealismo.

En aquel momento fueron dos las películas que más le impactaron: “Los olvidados”, una muestra de las clases más desfavorecidas del México que lo acogió durante el exilio, y “El ángel exterminador”, un divertido esperpento sobre como se ahoga la burguesía en si misma. Se sentía fascinada por aquellas películas y en pocos días las revisó más de cinco veces. 

Pero por mucho que disfrutase con el cine de Buñuel, Alba seguía sin poder esclarecer todo aquello que la inquietaba. ¿Por qué, por qué, por qué? El bombardeo no tenía fin. Hasta que al fin dejó de buscar y se puso a preparar el golpe. 

El 8 de Septiembre de 1992 a las doce y media de la noche un guarda de seguridad relee por cuarta vez el periódico del día. Uno de los titulares dice “la afonía de Ana Torroja no acalla el éxito de Mecano en Las Ventas”. Frente a él una radio en la que suena un programa deportivo que repasa con cierto desdén la actualidad del Madrid. A su espalda, vestida de cuero negro y tras haber desplazado uno de los plafones del falso techo se descolgó Alba, silenciosa, delicada, invisible. 

Detrás del guarda se planteó la posibilidad de derribarlo y seguir su camino pero su estilo marcaba otra cosa. Se deslizó hasta la puerta y salió sin ser vista. Los dos primeros pasillos los cruzó entre las sombras y en solitario, y al entrar en el tercero vio que venía de frente el otro guarda de seguridad. Estaba previsto, así que se limitó a seguir el plan y se quedó inmóvil en una zona oscura. 

El guarda pasó de largo y a los pocos pasos sonó su walkie. 

-¿Cómo lo llevas campeón? - el otro guarda acababa de terminar su relectura. 

-Bien, ya casi estoy terminando.

El guarda continuó hablando mientras seguía su ronda. Alba salió de su escondrijo y se dirigió hasta la sala 108. Entre otros cuadros de Dalí de poca relevancia le esperaba el retrato de Buñuel. Al tenerlo delante se sintió impactada, todo el halo con el que había recubierto aquella pintura en los últimos meses le hacía sentir una especie de epifanía profunda, como si estuviese enfrente del Grial o algo similar. Con mucha cautela extrajo la cuchilla de afeitar de su sobre de papel y con cuatro cortes limpios sacó el lienzo de su soporte. Lo tenía. Su primer encargo estaba hecho, ahora sólo tenía que salir de allí.

A lo lejos escuchó de nuevo los pasos del guarda así que con rapidez se colocó en un ángulo muerto de la sala para no ser descubierta. Pegada a la pared escuchó que los guardas seguían a lo suyo. Aquel era un museo que aún no había sido ni tan siquiera inaugurado, el trabajo que tenían aquellas noches era poco más que contemplativo. 

-¿Viste el madrid anoche? - preguntaba el guarda del despacho.

-No Martín , estaba trabajando.

-Pues vente aquí anda, que quiero enseñarte una cosa.

-Espera un segundo, que termino la ronda y ya voy.

-¡Déjate de rondas coño! ¿Quién va a venir, el fantasma de la Reina?

Alba pudo ver que el guarda de nuevo se alejaba y se adentró en el pasillo. De nuevo aprovechaba los rincones oscuros para escapar sin ser vista. El plan estaba saliendo mejor de lo planeado. Hasta que el guarda se giró, las risas y el cachondeo que se traían entre ellos hizo que se girase antes de terminar la ronda. Alba se precipitó contra una zona oscura al lado de un busto y su movimiento hizo que la columna que lo sujetaba temblase. El guarda se puso nervioso. No había visto a nadie pero notó el tembleque de la columna, así que bajó el walkie, lo colgó de nuevo en su cinturón y echó mano a la cartuchera de la pistola. Se acercó muy despacio y más asustado de lo que cabría esperar de alguien con su oficio.

De todas las decisiones que Alba tomó aquella noche, quizás la de empujar la estatua contra el guarda no fue la más acertada. Pero así lo hizo. Se puso al descubierto, creó una distracción que le permitía escapar al menos durante unos metros, pero había dejado claro que una intrusa se había colado en el museo a robar, el lienzo, enrollado y atado a su espalda, la delataba.

El guarda, desde el suelo, apenas supo como reaccionar, sacó su arma, dio el alto varias veces pero no pudo hacer más que ver como aquella chica se le escapaba corriendo por los pasillos. Sacó su walkie y advirtió a su compañero.

Alba estaba en una encrucijada, sabía que por detrás había dejado a uno de los guardas, pero no sabía cuánto tardaría en aparecer el otro. Al cruzar la siguiente esquina se lo encontró. Tenía el revólver en la mano y apuntando al frente. Por un instante se le heló la sangre. Su determinación le impidió detenerse. En una maniobra arriesgada se tiró al suelo dejándose deslizar por la superficie encerada. El guarda disparó una primera vez y erró el tiro y no llegó a disparar una segunda, Alba le hizo caer colándose entre sus piernas. 

De nuevo ganó unos metros, a su espalda escuchaba como los guardias discutían entre sí y ponían el grito en el cielo porque iban a perder su trabajo. Alba llegó al despacho por el que había entrado pero el guarda había cerrado la puerta con llave, los pasos de sus perseguidores sonaban cada vez más cerca y no tenía tiempo para forzar la cerradura. Conocía otra vía de escape, no le gustaba pero no le quedaba más opción, así que de nuevo echó a correr hasta que llegó a unas escaleras que bajó a toda velocidad. 

Los guardas, sofocados, la siguieron hasta allí y al bajar el primer peldaño se detuvieron y se miraron. Uno de ellos arrojó su gorra al suelo.

-¡Mierda! No pienso bajar ahí, me da igual perder el curro.

-No jodas Manuel, es nuestra obligación.

Manuel recogió su gorra del suelo, se la colocó de nuevo en la cabeza y reculó varios metros hacia atrás mientras negaba una y otra vez con los brazos y la cabeza.

-No, no, no. Esto es un marrón Juan. Baja tú si quieres, pero...

Los dos guardas se miraron de nuevo y un nudo atravesó sus gargantas. Al final Juan se armó de valor y asintió.

-Vale, voy a bajar. Pero quédate aquí, por tus muertos Manuel, quédate aquí y si pasa algo llama a la policía o a quien sea.

Al final de las escaleras Alba estaba acuclillada frente a un puerta blanca. Había bajado dos pisos para llegar hasta allí y tras cruzar un túnel gris abovedado llegó a aquella puerta. Sabía que ya no la seguían o al menos no con tanta intensidad. Los pasos a su espalda habían desaparecido y podía dedicarse a abrir la cerradura con algo más de relajo. Pero mientras se ponía a ello de nuevo escuchó ruidos por detrás.

Juan bajaba las escaleras con paso lento, la pistola en un mano y una linterna encendida en la otra. Al llegar al comienzo del túnel vio a Alba frente a la puerta y su expresión se llenó del pavor más absoluto.

-No chica, espera, no lo hagas.

El tono entrecortado de Juan no captó la atención de Alba que seguía tratando de abrir la cerradura. Sonó un clic y el pomo giró. Juan se apresuró y en pocas zancadas se colocó a mitad del pasillo.

-¡Para! ¡Para, por Dios!

Alba se giró ante los gritos del guarda, su gesto le impactó, no entendía qué podía estar pasando. Juan dio sólo dos tímidos pasos más y bajó el arma.

-Para, espera, de verdad. Mira, llévate el cuadro si quieres, ya nos inventaremos algo, pero no sigas, por ahí no. 

Alba se mordió el labio con fuerza y pensó un solo segundo. Era una trampa, un truco, si se acercaba el guarda levantaría de nuevo la pistola y acabaría encerrada en una celda. Así que a pesar de la insistencia del guarda Alba cruzó la puerta.

El gris del pasillo anterior había desaparecido y frente a ella todo tenía un tono blanco. La puerta, como impulsada por una corriente de aire se cerró con fuerza mientras escuchaba el último intento de Juan por hacer que no siguiese adelante.
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