28 jul. 2014

El correo del Rey - Experimento musical (I)

Nota previa a la lectura: en la serie "Experimento musical", la lectura irá siempre acompañada por una pieza musical que ha inspirado la escritura del relato y ha sonado en bucle durante todo el proceso. Por ello lo más recomendable es hacer lo mismo durante la lectura, es decir, reproducirla y acto seguido leer. Si se utilizan unos cascos la experiencia resultará más gratificante.

Para este Experimento, la música es de Ignacio Núñez, un compositor de Mora, un pueblo de Toledo que realiza unas obras espectaculares que trasladan a un mundo de imágenes y sensaciones propias del cine.    

Mi última recomendación antes de pasar al relato (aún sabiendo que es mucho pedir) es escuchar detenidamente el primer medio minuto antes de comenzar la lectura.


Chain Reaction de Ignacio Núñez perteneciente a su álbum Greenfield.


EL CORREO DEL REY

Todavía eran más de cincuenta kilómetros los que le quedaban por recorrer. 

La herida en su pierna le impedía cabalgar tan rápido como quisiera.

Desde que a los quince años entrase a formar parte del correo del Rey, Edward Kenton aprendió que su vida carecía de importancia, sobre todo cuando de él podía depender el destino entero de una nación. 

El Rey de Inglaterra y Señor de Irlanda en persona le había enviado a la costa de Gales para advertir a sus enemigos de que no toleraría la más mínima rebelión contra el trono. Y como muestra de fuerza envió la cabeza de dos nobles amigos del chico Tudor.

Pero cuando llegó no pudo más que sorprenderse ante lo que veía, un ejército bajo la bandera de la rosa Lancaster que se extendía hasta más allá de donde le alcanzaba la vista. ¿Quién? ¿Cómo?

El chico apenas podía entenderlo. Un mensajero, un simple correo que jamás había abierto un libro, que casi nunca hablaba más que para transmitir las palabras de su Señor, no podía comprender el tamaño de la traición que estaba a punto de suceder. 

Por eso se quedó paralizado el tiempo justo. 

-¡Eh! ¡Allí!...¡Allí arriba! - gritó un caballero desde lo lejos, señalándolo - ¡Es un correo de Ricardo!

Ni aún así reaccionó. Fue la flecha que se clavó en su muslo la que le hizo reaccionar. Con un grito ahogado, con congoja en la garganta y los ojos recubiertos de lágrimas empezó a darse cuenta de todo. Y cabalgó como nunca. 

Arrancó la flecha y brotó la sangre. Se giró un instante y allí estaban los cuatro caballeros que le perseguían. 

Alguna vez había soñado con ser caballero, con llevar una armadura y mostrar su fuerza en la batalla, pero era solo una fantasía más de un chico que no había crecido lo suficiente. Su madre, panadera por tradición, le había advertido sobre lo peligroso de las ensoñaciones. Así que optó por cabalgar y ser el más rápido. Y lo era. El más veloz y el más entregado. 

Pero nadie corre lo suficiente cuando se está desangrando. No quiso volver a mirar atrás. Todavía le separaban del Rey cuarenta kilómetros. Y galopó mientras iba perdiendo el sentido. 

Por su cabeza se cruzaron recuerdos de sus primeros días al servicio de la Casa de York, con imágenes del campo florido al que le gustaba llevar a Friday, su caballo y el único amigo que había tenido de verdad. 

Mientras proseguían las alucinaciones, trató de contener la hemorragia de su pierna pero no había nada que hacer. Su rostro palideció y un borbotón rojo invadió su boca. 

No pudo hacer más que escuchar lo cerca que estaban sus perseguidores. El tintineo de las armaduras se confundía con el traqueteo veloz de las piernas de sus monturas. También sonó una espada y, aunque ya los tenía encima, una orden que, para él, sonó a lo lejos. 

-¡Derribadlo! ¡Derribad al muchacho!

Pero no hizo falta. Por si solo Edward se cayó de su caballo. La hierba, aunque ya había amarilleado un poco, todavía podía sentirse fresca. Y aunque estaba a punto de morir, en su cabeza solo había un único sentimiento: “corre Friday, corre”, sabía lo que le pasaba a los caballos de los correos del Rey cuando eran atrapados, “corre Friday, por Dios”. 

Y Friday no quiso correr más, a pesar de los metros de ventaja, se detuvo, se giró y se acercó a Edward. 

Los caballeros no lo impidieron, desmontaron y se dedicaron a mirar. El caballo se inclinó ante el chico pidiéndole con el gesto que lo cabalgase una vez más, hasta que entendió que ya no volvería ocurrir y se tumbó. 

Edward estiró un brazo y con la mano recubierta en sangre acarició al caballo entre los ojos, y no le hizo falta decir nada más. 

-Lo siento chico, esto no es contra ti, es por Inglaterra.

La hoja se clavó despacio en la nuca de Edward y por un instante Friday apartó la vista. 

A la mañana siguiente, el Rey de Inglaterra y Señor de Irlanda, Ricardo III, fue derrotado en el campo de Bosworth por el ejército de Enrique Tudor. 

Si Edward Kenton hubiese entregado su mensaje a tiempo podría haber cambiado la historia, pero no lo hizo.
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