29 jul. 2014

Don Fabio - Ilustrado por Judith Ballester

Don Fabrizio Petinacci retratado por Judith Ballester.

Fabrizio Petinacci tenía una dura decisión por delante. En poco menos de dos días se había enfrentado a la muerte de dos de sus hermanos y había visto como su padre era desplumado y frito en público. 

Si empezaba una vendetta era muy posible que todo aquello se extendiese hasta estallar una guerra entre las cuatro familias de New York. Por eso los suyos estaban muy pendientes de lo que pudiese decir. 

Se quitó el sombrero, se ahuecó un poco la camisa y deshizo el nudo de la corbata. 

-No pienso hacer nada – dijo tras carraspear un instante. 

-¡Ah, Fabio! - respondió indignado Clemente, un tipo gordo y viejo y seguramente uno de los mejores valores de la familia - ¡acaban de insultar a la familia delante de todo el mundo! ¡Tu padre acabaría con esos perros Bullanoci!

Con una mirada, Fabrizio hizo callar a su amigo, sacó un cigarro muy despacio de una pitillera de plata y tras dos caladas se explicó mejor. 

-Va a parecer que no hacemos nada ¿capito?, solo quiero que se calme un poco el ambiente, que enterremos a Giorgio, a Danilo y a papá y cuando no se lo esperen, cuando piensen que dominan la ciudad, será el momento de actuar. Solo te pido calma Clemente. 

Clemente apretó los dientes y los puños, las plumas de su espalda se erizaron y a punto estuvo de ponerse a chillar de nuevo, pero se contuvo y terminó por asentir ante la mirada del que ya era el nuevo Don. 

Dos meses estuvo Fabrizio sin apenas articular palabra. Lloró a sus hermanos y a su padre, mandó a sus hijos y a su mujer a la otra punta del país y empezó a prepararlo todo. 

Lo primero que hizo fue informar al resto de familias de que iba a atacar a los canes. Los anfibios Restrini no pusieron impedimento alguno, siempre se habían llevado mal con los perros y si los toleraban era por mantener el equilibrio, si ellos no interferían en sus asuntos era mejor ignorarlos. 

Pero los escualos no veían bien que se iniciase una venganza, sobre todo cuando a ellos no les iba a tocar nada. Don Gorbironi lo dejó muy claro, no toleraría una matanza. Entendería alguna muerte accidental e incluso una pequeña epidemia perruna pero poco más. Si las calles se convertían en un baño de sangre, ellos entrarían para saborearla. 

Así que Fabrizio tuvo que contener sus intenciones iniciales. Hizo llamar a sus cuatro hombres fuertes y les explicó el plan. Clemente, que había engordado todavía más y pareciese que se hubiese tragado una colmena, haría creer a uno de los hermanos Bullanoci que estaba a disgusto en la familia, que ya no respetaban sus opiniones, que le tomaban por un viejo cascarrabias sin cabeza y que ahora preferiría volar junto a sus sabuesos. 

Por otro lado, Fabrizio iría acompañado de Lucio y Tomassino al distrito canino. Allí se dejarían ver durante todo el día, hablarían con los comerciantes y tratarían de convencerlos de que ya no valía la pena seguir pagando tributos a los chuchos. Eso levantaría enseguida un gran revuelo. Con todo eso conseguirían que sin tardar demasiado, encargasen su captura. 

Y todo salió bastante bien. 

A primera hora de la mañana, Clemente se encontró a solas con Remigio Bullanoci, el hijo mayor del clan. Gritó, gesticuló, agitó sus alas e insultó varias veces a Fabrizio y su familia. Se metió tanto en su papel que hasta consiguió soltar unas lágrimas de rabia que ablandaron el corazón del perro. 

-Está bien, pajarraco – dijo mientras le caía un hilillo de baba - ¿qué propones?

-Cortarle el cuello a ese petirrojo engreído, eso es lo que propongo. 

Remigio se rió a carcajadas, se acercó a Clemente e hizo ademán de acariciarle la barriga pero el viejo pájaro aún no le permitía esas confianzas. 

-Calma, calma, pajarote, seguro que encontramos la manera de que puedas hacerlo. 

El plan seguía su curso, el Don y sus dos compinches ya habían convencido a un pastelero, a un funerario y al corredor de apuestas del distrito canino para que dejasen de pagar a los Bullanoci. Y el rumor no paró de crecer hasta llegar donde debía. 

Mientras saboreaba un hueso de ternera en un restaurante, el Don de los perros casi se atraganta cuando se lo contaron. Ladró tan fuerte que varios clientes huyeron sin pagar y un par de ellos se metieron bajo la mesa. 

-¡Esto acaba hoy!- vociferó antes de lengüetear un poco de agua de su bol.

Los dos secuaces de Fabrizio y el propio Don fueron capturados a la salida de la floristería de la señora Ristranza, una oveja de avanzada edad que había llegado al distrito recomendada por uno de los sobrinos de la primera camada Bullanoci. 

Fueron golpeados, les taparon los ojos, les metieron en una furgoneta y no tardaron ni diez minutos en sacarlos. 

¡Qué previsibles han sido siempre estos sarnosos! Pensó Don Fabio.

En una nave abandonada y atados a una silla les quitaron las vendas. 

-No sabes cual es tu sitio, verdad, emplumado- dijo el Bulldog Bullanoci – pues yo te lo voy a enseñar, ¡traedlo, traedlo ahora mismo!

Clemente entró en la sala y Fabrizio, Tomassino y Lucio fingieron sorpresa. 

-Ahí le tienes Don, ¿sabes qué ha hecho tu hombre esta mañana?- espetó con rabia el can - ¿eh, lo sabes?, te ha traicionado, por blando, por no saber afrontar el papel que te corresponde. Seamos sinceros, tienes un plumaje muy bonito, pero esto te viene grande muchacho. 

El enorme Bulldog se giró, miró a su hijo y a los dos compinches que les acompañaban hasta que se fijó en Clemente. 

-Tú, traidor, ¿sabes cómo tiene que acabar esto, verdad?

Clemente asintió, por un segundo se le hizo un nudo en la garganta y muy despacio se acercó hasta Fabrizio, se inclinó sobre él y su inmenso volumen le permitió que los pájaros atados consiguiesen liberarse sin ser vistos. 

-¿A qué esperas pajarucho? ¡No tenemos toda la mañana!

Clemente emitió tres fuertes sonidos guturales y ante el asombro de los chuchos regurgitó tres metralletas de cartucho de cremallera. Era eso lo que le proporcionaba aquel aspecto tremendamente gordo. 

Con las armas llenas de una baba nauseabunda los tres Petinacci descargaron sus cargadores sobre los Bollunaci. 

Fabrizio acompañó cada disparó con un gorgorito cruel en el que se reflejaba el dolor y la rabia de haber perdido a sus hermanos y a su padre. Nada pudieron hacer los perros más que ser acribillados. Todos menos Remigio, porque ese era el plan, le dispararon en una pata para que no saliese corriendo y cuando se acabaron las balas y se disipó la humareda, Fabrizio se acercó hasta él. 

Le miró a los ojos, sacó un cigarro y lo prendió y tras dos caladas intensas le dijo:

-Ahora eres el Don, Remigio – el can no paraba de llorar – como bien decía siempre tu padre: esto acaba hoy. Ahora sabes cual es nuestra fuerza y de lo que somos capaces. 

Fabrizio arrojó el pitillo sobre el perro y se puso a su altura para amenazarlo.

-Si te veo cerca de mi barrio, si veo un jodido perro husmear por allí, si simplemente huelo vuestras apestosas meadas, voy a venir y a terminar el trabajo ¿capito?

Remigio gimoteaba sin poder siquiera hablar, el petirrojo le agarro de una oreja con violencia. 

-¡¡¡¿¿¿Capito, stronzo di merda???!!!

-S...s....s.........sí, sísí, sí....lo entiendo, lo entiendo....

Fabrizio lo soltó, escupió a su lado y se fue seguido por sus tres hombres de confianza. 

Después de aquello la Familia Petinacci restableció el lugar que había alcanzado con el viejo Don y los perros jamás volvieron a interferir en sus asuntos.
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