17 jun. 2014

Los ojos de Buñuel (III) - Novela por entregas



3.

Varias semanas tardó Alba en tomar una decisión. Comenzó a sentirse vigilada, notaba que la miraban en el trabajo, por la calle e incluso en casa. Su nivel de paranoia crecía a cada momento y lo único que podía hacer era no hacer nada. Así que pospuso sus planes. Retrasó su siguiente golpe, un pequeño grabado de Degas casi oculto en un pasillo del museo de la Infantería. 

Los nervios la estaban destrozando, dedicada durante semanas a su labor como modelo, no era capaz de mantenerse ocupada el tiempo suficiente como para que su cabeza descansase y no le exigiese otro tipo de actividad. Probó a aceptar más desfiles y sesiones, a emborracharse e incluso salió a ligar, pero nada desviaba su atención lo suficiente. Robar se había convertido en su droga y a pesar de sentirse vigilada necesitaba preparar algún trabajo. 

Por eso decidió aceptar el encargo de la sociedad Yorklington. Desde la cafetería de la esquina llamó al número que venía en su carta. Del otro lado respondió una voz grabada en un contestador. No le pedían que dejase ningún mensaje si no que repetía tres veces un punto de encuentro. El parque de San Luis junto al tercer banco de madera, esa tarde al caer el sol.

La espera hasta el atardecer fue haciéndose cada vez más angustiosa. No le preocupaba el encuentro en sí, eran las dudas lo que más la inquietaban, ¿sería una trampa del inspector que la había advertido en la fiesta? ¿sería alguna especie de broma macabra? A medida que la hora se acercaba, Alba estaba cada vez más confusa, hasta que vio entrar en la plaza a Martín. Al menos habían enviado un rostro conocido. El saludo fue muy frío y con un leve gesto de la cabeza, Martín le pidió que le acompañase. Se subieron a un coche y arrancaron. 

El chico hablador y simpático del otro día había desaparecido para dejar paso a un hombre serio de gesto duro y que parecía mudo. Sentada en el asiento trasero Alba trató de arrancarle información básica sobre aquella sociedad extraña que requería su presencia pero no obtuvo nada. 

Tras un par de kilómetros Martín detuvo el coche y al fin abrió la boca, se giró y en un tono calmado le pidió a Alba que se cubriese los ojos con una venda que le estaba ofreciendo. Alba entendio que aquella gente pretendía mantenerse en secreto así que accedió, cogió el trozo de tela negra, se cubrió los ojos y la anudó en su nuca. Martín pasó su mano varias veces delante de su cara comprobando que no podía ver y arrancó de nuevo el coche.

Pocos metros más adelante se giró con rapidez y clavó una pequeña jeringuilla en uno de los muslos de Alba. Apenas pudo reaccionar más que con un grito corto y ahogado y al instante se desplomó en el asiento y se quedó dormida. 

Cuando se despertó notó mucho frío. Estaba sentada en una sala oscura y aún tenía los ojos vendados. Aunque no podía ver sabía que no estaba sola, de nuevo sentía que la miraban. Al momento notó que la habían desnudado, lo único que la cubría era una tela ligera. Su respiración estaba algo agitada y notaba que con cada exhalación se formaba frente a ella una pequeña nube de vaho. 

-Bienvenida Alba.

La voz sonaba sin un punto de procedencia fijo, era como si se extendiese por toda la sala, rebotase en las paredes y luego volviese hasta ella.

-¿Quienes sois?

-Esa no es la pregunta apropiada Alba, si vas a trabajar para nosotras deberás acostumbrarte a no hacer demasiadas preguntas.

De nuevo sintió rebotar el sonido por toda la sala.

-Muy bien, entonces ¿qué queréis de mi?

-Que recuperes algo que nos pertenece. Un objeto que nos fue robado hace ya más de treinta años y que ahora necesitamos que vuelva. Hemos visto como actúas, hemos estudiado tu trabajo y sabemos que puedes hacerlo.

-¿Es un cuadro?

-Así es. Pero no es un cuadro cualquiera.

-¿Por qué?

La pregunta de Alba quedó suspendida en el aire y rebotó contra las paredes. Más de un minuto se mantuvo el silencio hasta que al fin le respondieron.

-Si aceptas este encargo debes saber una cosa, cuantas más cosas sepas, peor puede ser para ti, preocúpate sólo de tu tarea y será mejor para todas.

Alba estaba enfadada, la prepotencia y el desprecio con que la estaban hablando no le gustaba en absoluto. 

-¿Qué saco yo a cambió? - espetó Alba elevando el tono.

-La guinda de tu colección, el cuadro de Vallés. 

Durante un momento volvió el silencio a la sala hasta que Alba lo rompió con una carcajada y de nuevo con chulería preguntó.

-¿Por qué ibais a hacerme un encargo si podéis conseguir algo así? No tiene sentido que me pidáis un cuadro si vosotras podéis entrar en el Prado y llevaros un lienzo de tres metros. 

De nuevo las risas de Alba llenaron la oscuridad. 

-¡Basta!

Aquella vez el grito sonó aterrador, Alba se calló al momento y el nudo que se formó en su garganta le impidió tragar saliva. 

-¿Sí o no? No queremos saber más, ya estamos hartas de tanta insolencia, queremos hacerte este encargo a ti y a nadie más, deberías sentirte agradecida por ello. Si lo aceptas bien y si no jamás volverás a saber de nosotras. Sólo tienes una oportunidad Alba. ¿Aceptas el encargo?

-De...de acuerdo.

-Bien, pues pongamos fin a esta pantomima, Martín te dará los detalles al llegar a tu casa, y recuerda, pregunta e investiga todo lo que quieras pero eso sólo puede traer trágicas consecuencias.

A la vez que sonaban las últimas palabras, Alba notaba un nuevo pinchazo, esta vez en el cuello y al instante cayó rendida otra vez. 

Despertó en el coche, con los ojos descubiertos, vestida de nuevo con su ropa y en el asiento trasero mientras Martín conducía. Se frotó los ojos, se acarició las sienes tratando de espabilarse un poco y se inclinó un poco hacia delante para hablar con Martín.

-Sé que no sois muy de preguntas pero dime una cosa ¿fuiste tú el que me desnudó? 

Martín se sonrojó y apenas pudo balbucear, Alba había roto su coraza de tipo rudo.

-No...no...yo no...

-Tranquilo, no era más que una broma. Me han dicho que tú tienes una información para mi. 

Mientras recuperaba su entereza, Martín extendió su mano hasta la guantera y sacó de ella un sobre lacrado. Alba no esperó para abrirlo. Dentro había dos papeles, el primero era una reproducción del cuadro que buscaba la sociedad Yorklington y el segundo una pequeña nota que decía:

Retrato de Luis Buñuel, de Salvador Dalí. Actualmente se encuentra en la colección de un museo que aún está por abrir, el Museo Reina Sofía. Este es el trabajo. El lienzo no debe sufrir ningún daño aunque puede ser retirado de su marco. Cuando nuestra demanda sea satisfecha cumpliremos con nuestra parte.

Alba examinó un par de veces la pintura sin demasiado entusiasmo hasta que Martín la dejó frente a su portal. Se despidieron sin palabras y se metió en casa.

En aquella sala oscura donde la habían desnudado, donde todo parecía formar parte de una tremenda incógnita y donde le habían planteado por primera vez aceptar un trabajo como ladrona de alquiler, le habían repetido una y otra vez que no hiciese preguntas.

Pero había una que era imposible no parar de repetirse: ¿qué tenía de especial aquel cuadro?
Compartir es vivir
Publicar un comentario