3 jun. 2014

Los ojos de Buñuel (II) - Novela por entregas



2.

Durante los dos años siguientes las habilidades de Alba mejoraron mucho. Cada vez era más silenciosa y más detallista. En ese tiempo llegó a aumentar su colección hasta hacerse con nueve obras. Consiguió una escultura desconocida de Rodin, un bodegón de Zurbarán e incluso un manuscrito del que aún no se había verificado su autoría pero todo indicaba que pertenecía a Lope de Vega. 

Su apartamento ya era un pequeño museo y las pocas veces que recibía visitas la gente se quedaba maravillada. Desde su primer golpe nunca se volvió a plantear la moralidad de lo que hacía, le servía para sentirse bien y eso bastaba. 

Su carrera como modelo también mejoró, pasó de los catálogos de novias a desfilar para grandes marcas y en el año 91 su rostro se coló entre las más prestigiosas revistas de moda. Por todos lados le llovían ofertas, unos la querían como imagen de sus botas, otros para publicitar perfumes e incluso algunos millonarios avejentados la querían para calentar su cama. Alba elegía lo justo y necesario para vivir, su carrera podría haber alcanzado cotas meteóricas y nadie entendía porque hacía tan pocos trabajos al año. En público decía ser muy selecta y entregarse al cien por cien con cada proyecto, era eso lo que le impedía estar en todas partes. Pero la verdad es que su colección particular reclamaba cada vez más tiempo y atención. 

A finales de ese año, varias asociaciones de la ciudad organizaron un desfile solidario con el que pretendían recaudar fondos para ayudar a distintos comedores sociales. Propusieron a Alba ser la cara más reconocible del espectáculo y ella aceptó sin dudar.

En todo momento la trataron como una reina. Dejarse ver en sociedad, rodeada de glamour y convertirse en el centro de todas las miradas abría un abismo cada vez más amplio con su faceta más oculta. 

Sin embargo aquella noche tuvo dos momentos que cambiarían para siempre su forma de actuar. Durante la fiesta posterior al desfile, Alba notó como un hombre que superaba los cincuenta de manera muy elegante, no dejaba de mirarla desde una esquina del salón. Pensó que era otro de esos tipos con ganas de iniciar un romance, pero en esta ocasión sentía que se trataba de algo diferente. Hasta que la curiosidad pudo con ella.

-Perdone, ¿nos conocemos? -comenzó Alba.

El hombre se limitó a colocar media sonrisa, le tendió la mano y en cuanto se la apretó se acercó despacio hasta su oído.

-Sé lo que haces y te estamos vigilando.

Alba palideció mientras se separaba y tomaba distancia. De manera torpe y muy nerviosa se tambaleó hacia el servicio. Cerró la puerta de golpe, se plantó frente al espejo y se lavó la cara varias veces de manera compulsiva. ¿Quién era aquel tipo y a qué demonios se refería? Recobrando la compostura salió de nuevo al salón a buscar alguna respuesta.

Aquel individuo ya no estaba. De manera disimulada obtuvo algunos datos preguntando entre los asistentes. Los primeros no le valían de nada, pero al poco consiguió una información que le heló la sangre. El tipo cincuentón era el inspector Sánchez-Vallejo.

Alba se derrumbó. Un policía la había amenazado. Pero lo peor era darse cuenta de que había sido descuidada. Había entrenado en secreto durante mucho tiempo, había planificado cada golpe durante semanas y ahora descubría que no había sido suficiente. Por un instante toda su ilusión se vino abajo. Alguno de los presentes empezó a notar que algo le pasaba y comenzaron a preguntarle “¿estas bien Alba?”, “¿te pasa algo?”, “no tienes buena cara”. Todo se mezclaba en su cabeza, la sala giraba, las voces se confundían, tembló, hincó una rodilla en en el suelo y vomitó.

La modelo que había deslumbrado a todos hacía menos de una hora, vomitaba sobre una alfombra persa ante el asombro de lo más granado de la sociedad madrileña. La reacción natural de la gente fue extender un chismorreo y un susurro que crecía a cada segundo. Con Alba todavía en el suelo nadie se acercó. 

Hasta que llegó Martín. Ataviado con el chaleco negro y la pajarita que esa noche diferenciaba a los camareros, se acercó hasta Alba, se agachó y la ayudó a incorporarse. El tono blanco de Alba ya era indescriptible, sus ojos se habían enrojecido y llenado de lágrimas y su aspecto era cada vez más terrible. En un momento de lucidez Martín optó por sacarla de allí por la puerta de las cocinas. Le ofreció un vaso de agua, una infusión y hasta sales de fruta pero Alba sólo le hizo caso cuando le propuso llevarla a casa. 

Mientras conducía, Martín no dejaba de interrogar a Alba, le preguntó por su trabajo, por su familia, por sus gustos al vestir y hasta por sus preferencias con los pintalabios. A todo ello Alba respondió con poco más que monosílabos. El lío que tenía en su cabeza no le dejaba espacio para mucho más. 

Aún así tuvo la lucidez suficiente para darse cuenta de algo. Martín ya había entrado en su barrio y ella no le había dicho en ningún momento donde vivía. De nuevo su corazón se aceleró. Al parar justo delante de su apartamento, Martín sin mediar una sola palabra más, sacó un sobre de su chaleco y se lo extendió a Alba.

Alba reculó, se echó contra el asiento y trató de abrir la puerta sin éxito.

-¿Quién eres, qué pasa aquí?

-Tranquila, coge esto, dentro lo explica todo – respondió Martín muy tranquilo.

Con muchas dudas y con el pulso tembloroso Alba recogió el sobre. En ese mismo momento Martín abrió los pestillos del coche y la invitó a bajar. No dijo nada más, dejó a Alba ante el portal de su casa y se marchó.

Nada más entrar en casa Alba abrió el sobre. La carta que contenía, de poco más de un párrafo, hablaba en nombre de una sociedad que se hacía llamar Yorklington. Siempre hablando en plural la invitaban a un encuentro privado en el que le harían llegar una propuesta de trabajo muy interesante. En pocas palabras aclaraban que no se trataba de ningún desfile ni acto social, si no que se referían a sus otras actividades. Y justo encima de la firma había un número al que debía llamar en caso de confirmar la reunión. 

Por si el encuentro con el inspector no había sido suficiente, el camarero misterioso y aquella carta habían terminado de arreglarle la noche. Había sido torpe. Tanto como para llamar la atención de la policía y no sólo eso, unos tipos que entregaban sobres lacrados también conocían su trabajo oculto. 

La situación la estaba desbordando. Lo que había comenzado como una liberación tiempo atrás, comenzaba a entonar visos de condena. 

Para tratar de tranquilizarse se sentó en el suelo y empezó a respirar como había aprendido en sus clases de Yoga. Así estuvo más de media hora y más relajada sintió como la claridad asomaba entre sus ideas. 

Era verdad que la policía se le había acercado, pero no tenían nada contra ella, era una burda táctica que trataba de ponerla nerviosa. Es posible que hubiese cometido algún fallo, que se dejase captar por alguna cámara de seguridad y alguien dedujese que tras aquel cuero negro podría encontrarse ella. Pero eso representaba menos que nada ante un juez. No existía ninguna prueba porque de ser así el apretón de manos con el inspector hubiese terminado con sus muñecas esposadas. 

Darse cuenta de todo aquello sirvió para que Alba se reafirmase. Todo era un farol, estrategias de perro viejo que no pretendían más que asustarla buscando provocar un error.

¿Y la sociedad Yorklington? ¿Quién era esa gente y cómo podían saber a qué se dedicaba? Por un momento todo aquello le intrigó y aunque en un primer momento se resistía, no le costó demasiado esfuerzo sentirse halagada. 

Jamás había pensado utilizar sus habilidades para algo distinto que no fuese seguir ampliando su colección. El hecho de que alguien se hubiese fijado en su trabajo y se hubiese tomado la molestia de averiguar su paradero para encargarle algún asunto le parecía increíble.

Las dudas que Alba había mostrado en el pasado se enterraban ahora entre sus delirios de grandeza. Aquella noche Alba no durmió, pero soñó despierta durante horas con la idea de que algún día alguien recogiese sus hazañas en una enciclopedia sobre ladronas de guante blanco.
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