10 jun. 2014

El Payaso Borobó

Aquella noche era tan oscura como cabría esperar. 

Llovía tanto que el rastro de sangre que había dejado el asesino empezaba a filtrarse entre las rendijas de las alcantarillas, y el Detective Ruipérez no podía hacer nada por evitarlo. Alguien estaba matando a todos los payasos que pasaban por la ciudad y aquel caso cada vez tenía menos gracia. 

Todo comenzó un martes de noviembre. Hacía frío, Ruipérez tomaba el café sin azúcar y a la ciudad había llegado el Circo Ramsi. Desde que el ayuntamiento prohibiese los espectáculos con animales, su número central era una actuación en la que varios payasos, montados en monociclos, hacían malabares y gastaban bromas de mal gusto a los espectadores. Patético. Ya no hacían reír a nadie. 

Todo aquello nunca le hubiese importado lo más mínimo al Detective, de hecho no se reía desde hacía al menos quince años, cuando vio como su primo Alfredo caía de espaldas a una piscina y a punto estuvo de romperse una pierna. Pero uno de los payasos apareció muerto en su caravana, fue entonces cuando se convirtió en su problema. 

La viuda del payaso, una trapecista experta, no quería que la policía investigase el crimen. Ruipérez nunca preguntó porqué, pero era evidente que, de haber sido trigo limpio, no le hubiese importado contar con los muchachos de azul. Algo olía mal en todo aquel asunto, pero nada más comenzar la investigación, un escape de gas fortuito mandó a la morgue al resto de los payasos. Cuatro muertos en menos de treinta horas. El Circo no se lo pensó, recogió todos sus bártulos y huyó de la ciudad como alma que lleva el Diablo.

Ruipérez se quedó sin caso y lo olvidó. Y así fue hasta aquella noche. Ya apenas se distinguía el rastro de sangre, y el payaso muerto, todavía maquillado, sonreía de manera macabra dos veces, la primera en sus labios pintados de rojo, la segunda en una nueva sonrisa que le habían abierto en el pescuezo con un cuchillo afilado. La policía le pidió, como era habitual, que no se inmiscuyese, pero él lo tenía claro, todas aquellas muertes estaban relacionadas.

¿Quién podría estar detrás de todo aquello? ¿quién querría poner fin a la vida de aquellos tristes humoristas pintados? La primera pista no tardó en aparecer. Pegada a una de las suelas de los zapatones del cadáver había una servilleta del club Laguna, un mal sitio para estar, pero bueno para buscar.  

Si había un local experto en incumplir la prohibición de fumar, era el club Laguna, aunque Ruipérez sabía que esa no era la peor de sus infracciones. Las chicas que bailaban en la barra americana eran demasiado jóvenes y hablaban en idiomas tan extraños que se hacía complicado averiguar su origen. Pero a la clientela le daba igual, nadie iba allí por el nivel de las conversaciones.

El Detective estaba acostumbrado a frecuentar garitos y había aprendido, cuando era un novato, que no hay nada que no se pueda saber en la barra de un tugurio. Así que con mucha calma se tomó un whisky y luego otro y otro más. Preguntó a la camarera cuando había visto al payaso muerto por última vez y aunque al principio dijo no saber nada, un par de billetes y una sonrisa pícara consiguieron sacarle un nombre. Borobó, el payaso Borobó.

Todo aquello se hacía cada vez más turbio, mientras el licor bajaba por su garganta, el humo entraba y salía de sus pulmones y su vista se congraciaba con una chica que meneaba sus caderas en ropa interior, Ruipérez no podía dejar de revolver sus ideas. Payasos, cuchillos y clubes de striptease, una mezcla que siempre era fatal.

Dos semanas pasaron hasta que el Detective averiguó quién era el payaso Borobó. Perteneciente a la escuela clown del prestigioso Pagliacci, Borobó se había instalado en la región hacía ya más de quince años. Su especialidad era el lanzamiento de tartas de nata a espectadores despistados, encenderse cerillas en la frente y los malabares con cuchillos llameantes. Las malas lenguas, que en aquella ciudad eran todas, decían que sentía envidia de los nuevos talentos que pasaban por allí.

Sin perder más tiempo Ruipérez se infiltró en el apartamento de Borobó, parecía no haber nadie y además todo estaba lleno de basura. Pero había algo más, al entrar en el salón, el Detective tuvo que taparse la nariz si quería evitar la náusea, sobre el suelo se descomponían entre moscas y gusanos cuatro payasos más y sobre ellos en un butacón, mirando a la ventana y riendo sin sentido estaba Borobó.

Ruipérez sacó su revólver y amartilló el tambor:

-Se acabó, Borobó, esto ya no tiene gracia...

Borobó se levantó del butacón, era más corpulento de lo que cabía esperar, llevaba una camiseta de sisas manchada de sangre y maquillaje, una peluca naranja alborotada y su nariz de payaso, sobre la que clavaba una y otra vez la punta de un puñal.

-¿Sabes por qué se pone agua caliente en los partos?

Ruipérez se quedó congelado, el payaso estaba demente y emitía una pequeña carcajada continua.

-Déjalo ya...

-Porque si el niño sale muerto puede hacerse un caldito.

El volumen de la risa subió, Ruipérez apenas los soportaba, el hedor, las moscas y aún por encima chistes malos.

-No te lo voy a repetir, Borobó. Suelta el cuchillo y vente conmigo, puede que te metan en un psiquiátrico, eso no es tan malo, ¿sabes?

Por un momento el payaso cambió la mueca, se entristeció y pareció recuperar la cordura.

-¿No quieres saber por qué lo hice?

-Sinceramente querido, me importa un carajo.

La situación era cada vez peor.

-¿Sabes qué le dice una estatua a otra? - dijo Borobó muy apenado y colocándose el cuchillo bajo la nuez.

Ruipérez bajó un momento el arma.

-No hace falta que hagas eso, siempre hay una salida.

Borobó sonrió y se clavó el puñal haciendo que le atravesase el cuello, mientras moría y escupía un poco de sangre, cayó al suelo y terminó el chiste:

-Eres un caradura.

Aquel final era más trágico de lo que Ruipérez nunca había imaginado. Nunca supo a ciencia cierta cuáles eran los motivos de Borobó para haber causado aquella hecatombe, pero su instinto le decía que pasarse la vida haciendo el payaso puede volver loco a cualquiera. 
Compartir es vivir
Publicar un comentario