20 may. 2014

Los ojos de Buñuel - Novela por entregas

1.


Si uno mira el cuadro desde cierta distancia percibe enseguida algo extraño en el gesto. Parece que aprieta las mandíbulas, que muerde con fuerza, como quien está enfadado por algo pero no se atreve a mencionar el porqué. Sin embargo al observarlo más de cerca surge la contradicción. Los labios reposan tranquilos y eso no puede ser si esconden una mordida feroz. Pero todo eso da igual, cuando estamos cerca del lienzo no hay más remedio que explorar los ojos del retratado. Son grises, sin apenas distinción entre iris y pupila, grises y fríos que dicen “soy un tipo serio”, de cejas finas, de semblante estático. Ojos desalineados que muestran una inquietud y que a la vez inquietan.

Esos mismos ojos pertenecerían con el tiempo a un genio del cinematógrafo. Sería esa mirada la que elegiría los encuadres precisos con los que indagar en las emociones de algunos de los personajes más extraños. Los que acertarían a encontrar la sátira o los que disfrutarían con el deleite fetichista. Pero en aquel entonces, recién llegado a Madrid desde un pueblo aragonés, Luis aún no sabía lo que daban de si sus ojos. Tampoco lo sabía Salvador, aquel pintor de juventud insultante que ni siquiera había firmado el cuadro. ¿Por qué? ¿por qué nunca firmó el retrato de su amigo? Alguien que después iba a ser la expresión viva de la vanidad, del ego, del narcisismo más absoluto, en aquella ocasión no había puesto su nombre en la pintura. Quizás nadie debía saber nunca quién había pintado aquel retrato. O puede que no le diese el valor suficiente como para rubricarlo. Setenta años después, Alba averiguó porque Dalí nunca quiso poner su nombre al lado de los ojos de Buñuel.

Alba sería considerada por todos como una mujer sencilla si no fuese porque llevaba una doble vida. En su aspecto cotidiano era una modelo de trajes de novia. Entre risas siempre contaba que desfilar una y otra vez vestida de blanco con los vestidos de las mejores casas le quitaba las ganas de casarse, porque si lo hacía, nunca iba a poder pagar alguno de aquellos diseños. Todos la consideraban ideal, era rubia, alta, de pelo tan fino que se hacía imposible separarlos uno por uno y con unas medidas ideales que hacían que los trajes no resultasen ni esperpénticos ni chabacanos por mucho escote que llevasen. En su segundo año como modelo se había fotografiado más de cuatro mil veces y su cara ya se podía ver en Milán, en París o en Nueva York. En aquel momento si alguien hojeaba un catálogo para futuras novias se encontraría con Alba entre sus páginas. Su carrera como modelo ya era imparable.

Sin embargo aquella vida estaba muy lejos de hacer que se sintiese realizada. Estaba bien, ganaba un buen sueldo y no le suponía demasiados esfuerzos. Pero se aburría. El sopor de su trabajo le parecía inaguantable. Ella no era una modelo ignorante, no era una de esas chicas de físico espectacular vacío de contenido. Desde pequeña se había sentido fascinada por el mundo del arte. Cuando sus compañeras del internado disfrutaban de sus salidas al parque de atracciones o al zoológico, ella sólo esperaba con ansia la visita anual al Prado. Se ponía tan nerviosa que no dormía la noche anterior y trazaba un recorrido milimétrico que le permitiese revisar con cada visita sus obras predilectas. El esquema era perfecto, Goya, Velázquez, El Greco, Rubens...pero siempre con el mismo objetivo, reservar al menos una hora para “La demencia de Doña Juana” de Lorenzo Vallés. El magnetismo que sentía por aquel lienzo no era fácil de explicar, el gesto de Juana la Loca desoyendo a los hombres de la corte que le aseguran que su esposo ha muerto la atrapaba sin remedio. 

Al terminar sus estudios en el internado, Alba decidió matricularse en Historia del Arte, allí fue donde comenzó su vida como modelo y de alguna manera sus ansias por aprender y saber cada día más de aquel mundo, se truncaron al aparecer los desfiles, las fotos, las campañas publicitarias y todo aquel revuelo superficial. Apenas terminó el primer año de la carrera, aunque en esos meses tuvo el tiempo suficiente como para formarse en la profesión de la que nadie debía saber nada. Alba era ladrona de obras de arte. 

Al principio soñaba con hacer su propia colección, había anotado en una libreta las obras que la conformarían. No se trataba de algo pretencioso, no buscaba hacerse con los grandes nombres ni con las grandes obras de la Historia. Quería conseguir los cuadros que le gustaban. El premio gordo era el cuadro de Juana la Loca aunque sabía que por sus dimensiones y su ubicación era imposible hacerse con él.

Su primer robo fue una chiquillada. En el museo arqueológico del pueblo de su madre, se hizo con una punta de flecha escogida entre una colección de más de una docena. Nadie notó su ausencia y ella se sentía como el mismísimo Arsène Lupin. Por su cuenta comenzó a establecer unas rutinas de entrenamiento que le permitiesen colarse en sitios vigilados. Estudiaba los horarios de los guardas de seguridad, establecía los puntos muertos de las cámaras y trazaba rutas de escape siguiendo distintas variables. Se puso en forma, tanto que algunos fotógrafos comenzaron a pedirle que no estuviese tan musculada, nadie quería ver un vestido de novia llevado por una culturista. Aprendió a separar la tela de un lienzo sin dañarla. Memorizó cuanto margen tenía desde que saltaba una alarma hasta que alguien llegaba a la sala. Se familiarizó con el sistema de alcantarillado que cruzaba la ciudad por debajo e incluso diseñó su propio traje para los asaltos. Cuero negro y flexible que llevaba pegado al cuerpo. Se obligó a dormir con él todas las noches para acostumbrarse a su tacto y conseguir mayor movilidad.

Después de año y medio de entrenamiento sin acción, Alba estaba preparada para su primer gran golpe. El objetivo era un cuadro de Sorolla, “Marina”, un paisaje portuario de un artista todavía en formación en 1880. Para Alba aquel cuadro tenía algo especial ya que le recordaba los viajes que hacía con su padre a la costa levantina y la admiración que ambos sentían por las antiguas goletas de madera. 

La planificación duró algo más de un mes. Conoció a los vigilantes de ambos turnos e incluso se permitió seducir a uno de ellos para tratar de hacerse con las llaves y entrar por la puerta sin más. Aunque casi a última hora cambió de planes, si iba a ser una ladrona debería valerse de sus habilidades aprendidas y entrenadas y no de su físico. Podía hacerlo, según dicen, el fin justifica los medios, pero a ella eso no le valía. Se decidió por un camino más profesional. La ubicación de la que fuese en vida la casa del pintor, le permitía descolgarse desde un edificio anexo y entrar por el tejado. Por aquel entonces, con la década de los noventa recién comenzada, los niveles de seguridad no eran ninguna maravilla y el plan estaba trazado de tal manera que aunque algo fallase siempre tendría a mano una vía de escape o dos. 

Así que se puso a ello. La noche del 15 de Octubre de 1990, una cuerda se descolgaba desde el cuarto piso de un bloque en el paseo del General Martínez Campos y por ella bajaba la figura de una mujer ceñida en cuero negro y de la que apenas se veían más que los ojos. La acrobacia terminaba encima de la casa de Joaquín Sorolla y, gracias a la obsesión que el pintor valenciano tenía con la luz, había una gran cristalera que reinaba sobre buena parte del ático. Cuatro días y cuatro noches había empleado Alba en descifrar la manera de no hacer saltar la alarma al romper el cristal, trató de desactivar sistemas similares, probó con minúsculas cantidades de explosivos plásticos, intentó generar un bucle en el circuito que permitiese reiniciarlo pero nada de eso le sirvió. Todo fue mucho más simple, se acercó a una de las grandes ventanas y la abrió. Resultaba increíble pero nunca se pensó en que alguien pudiese colarse a través de aquellos ventanales. La inocencia de la viuda del pintor había sido heredada por los nuevos gestores ministeriales. 

Dentro del edificio el asunto se complicó. Llegar al cuadro esquivando las cámaras fue fácil. Mantenerse oculta a los ojos del guarda y su ronda también. Impedir que saltase ninguna alarma resultó muy simple. El problema estaba dentro de ella. ¿De verdad quería hacerlo? Iba a convertirse en una ladrona de verdad. Iba a cruzar una línea que la dejaría del lado de los delincuentes, de los criminales. ¿Qué pasaría si algún día la descubriesen?, ¿qué pensaría su familia? Durante un instante cientos de preguntas se cruzaron por su mente y todas le cuestionaban la moralidad de lo que estaba a punto de hacer. Pero al final se decidió. Con una fina hoja de afeitar separó la tela del esqueleto del cuadro, lo enrolló y lo metió en su portaplanos, se lo colgó a la espalda y con el mismo sigilo felino que le había permitido entrar en el edificio, consiguió abandonarlo sin que nadie se percatase de nada. Mientras lo hacía daba una respuesta única a todas aquellas preguntas: “lo hago para sentirme bien, para ser libre al menos durante unos instantes de mi vida”. 

Esa misma noche, en la pared frente a la cama de Alba, colgaba con un marco sencillo aquella “Marina” de Sorolla. Alba, sonriente, enfundada en su traje de cuero, dormía. Soñaba que conseguía su colección y en uno de aquellos barcos la transportaba por el mundo bajo aquel cielo de tantas luces.
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