28 may. 2014

La prohibición del Shogun - Ilustrado por Judith Ballester


El Shogun, Tokugawa Ieyasu, las había prohibido. Todo aquel que poseyese una espada Muramasa debía deshacerse de ella, rompiéndola en varios pedazos y arrojándola a un fuego que la purificase. Porque estaban malditas. Desde hacía más de cien años, las katanas fabricadas por ese clan habían traído la desgracia a su familia. Y no era casual. 

Cuando el propio Muramasa trabajaba como discípulo del maestro Masamune, aprendió a crear armas inmensas, de casi dos metros. Pero a medida que iban pasando los años, el discípulo se volvió ambicioso, quiso dotar a todas sus espadas de tanto filo que se decía que estaban poseídas por un espíritu maligno.

Entre las habladurías y las desgracias, Ieyasu no lo dudó, todo el acero fabricado por Muramasa debía desaparecer. 

Fueron tres las únicas voces que se alzaron contra la prohibición. La primera la de Watanasi, un anciano forjador, discípulo del clan ahora ilegítimo. Dos veces se arrodilló ante el Shogun pidiéndole clemencia y compasión. Si sus espadas estaban malditas, toda la labor de su vida no era sino una mancha negra que ensuciaría para siempre su honor. Al no ser escuchado recurrió al seppuku.

La segunda vino del Magistrado Nagasaki. Su colección de katanas Muramasa era inmensa. Cuando Ieyasu descubrió que a pesar de su mandato, Nagasaki todavía conservaba sus armas, le hizo llamar. En pocas palabras trató el magistrado de convencerlo, “no puede haber maldición en una espada, sino en el hombre que la empuña” y nada más cerrar la boca, su cabeza ya rodaba por el suelo. 

La última llegó sin que nadie la esperase. En la última noche de Mayo de 1616 un solo hombre irrumpió en el Castillo Edo. En apenas cuarenta minutos dio muerte a más de cuarenta hombres. No pronunció ni una sola palabra, nadie entendía quién era y porqué luchaba con tal brutalidad. 

Su paso se convirtió en un reguero de sangre en los pasillos del Castillo. La guardia principal del Shogun, ahora enclaustrado, moría sin posibilidad alguna. Aquel hombre, inmutable, con el pecho descubierto y la cara oculta bajo el rostro de un demonio, les inspiró tal temor que aquellos pocos que quedaban con vida, salían corriendo. 

El camino de muerte se extendió hasta los aposentos del Shogun. Cuando se abrió la puerta, Ieyasu esperaba firme y convencido de su muerte. El hombre silencioso se acercó a él y colocó su katana lo suficientemente cerca como para que la sangre salpicase su cara. 

- Muramasa te envía saludos – dijo aquel rostro cubierto. 

El Shogun no pudo más que llorar y cuando se daba por muerto la espada tembló, primero de manera frágil e instantes después con tremenda violencia. El espadachín comenzó a gritar, Ieyasu le acompañó y sus gritos inundaron todos los rincones del Castillo. Y al concluir el alarido aquel extraño se desvaneció.

Atemorizado más que nunca en su vida, el Shogun comprobó que la espada refulgía en el suelo y al fin lo comprendió. Era el espíritu del mismo Muramasa quien había irrumpido en su palacio para limpiar el nombre de su clan con toda aquella sangre. 

A la mañana siguiente, Tokugawa Ieyasu falleció, su legado fue un shogunato que se extendió durante doscientos cincuenta años de poder indiscutible. Y no solo eso, también legó una espada, la espada de Muramasa, maldita para siempre y que aún en nuestro tiempo nadie sabe donde está.

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