2 abr. 2014

Uno de cada Diez

En Agosto de 1997 terminé mis estudios y apenas cinco meses más tarde ya tenía abierta mi primera Clínica Dental. La llamé "La Muela Contenta" en una referencia bastante básica a mi profesión. Sinceramente, no funcionó. La gente estaba acostumbrada a que la tratasen mal en el dentista así que mis esfuerzos por hacer de los empastes un "momento divertido" no tuvieron el efecto que deseaba.

Cinco meses tardé en abrir la clínica y otros cinco en caer en el desánimo. Proyecté mi futuro mentalmente y me vi muy mal. Llegué a imaginarme quitando muelas del juicio en el metro a cambio de la voluntad. Tenía que hacer algo y lo hice.

Llamé a mi primo José Ricardo. En la familia siempre le habíamos llamado Checho, pero en su trabajo como director de una de las más prestigiosas empresas de encuestas era José Ricardo. Le pregunté si tenía alguna idea para hacer destacar mi clínica entre todas las demás y, basándose en las enseñanzas que obtuvo en un máster que había hecho en Alemania, me respondió:

-Tienes que destacar Vicente, ofrecer algo distinto.

-Ya coño - le dije yo - ¿de verdad has tenido que estudiar para llegar a esa conclusión?

Tras el exabrupto Checho se estrujó un poco más la cabeza y llegó a una conclusión brillante. Había que preparar una campaña, algo que me convirtiese en diferente para siempre. Nos pusimos a trabajar. 

Tardamos casi dos meses en dar con la clave. Comenzamos a ofrecer colutorios con sabor a cubata. Las primeras veces causamos impacto. Cuando los poquísimos clientes que me quedaban se lavaban la boca con algo similar a un vodka con lima, su reacción era buena. Pero a los quince días me denunciaron. Al crear el "sabor" pasamos por alto que se trataba de hacer algo "similar", en realidad les dimos ron con cola, whisky con naranja y otras variantes. El impacto se convirtió en escándalo y gracias al cielo que duró poco. 

Esa no era la vía. Y Checho encontró la clave. 

- Vamos a sacar una encuesta sobre dentistas el mes que viene, es nuestra oportunidad - me dijo entusiasmado mientras se acariciaba el mentón de manera inquietante.

- ¿Qué vais a preguntar?

- ¿Queremos saber cuántos dentistas recomiendan chicle con azúcar?

- Coño Checho, ¡ninguno! - me reí - eso ya te lo digo yo que sé de lo que hablo. 

Checho soltó una gran carcajada y empezó a guiñarme tanto un ojo que parecía recuperar sus tics de cuando era adicto a la cafeína. No me estaba dando cuenta de nada.

- ¿No estarás sugiriendo?....

- Claro Vicentín, imagínate, el único dentista en España que permite que sus clientes mastiquen chicle con azúcar. ¡Eso marca la diferencia! ¡Serías el uno de cada diez! ¡El Especial! ¡El Elegido! - gritaba Checho sin parar mientras se caía de la silla de la emoción - ¡El number one!

- No sé, no sé, no lo veo claro primo...El chicle con azúcar es asqueroso, provoca caries, se queda pegado a los empastes, no sé, no me convence. 

Checho se levantó con energía, dio un golpetazo en la mesa y me gruñó, me llamó fracasado, miedoso y ya ni me acuerdo de qué más, pero el mensaje estaba claro: me daba una oportunidad única en el mundo y dejarla escapar sería una idiotez. 

Durante la cena estuve pensando. Por la noche reflexioné. Por la mañana, mientras hacia mis quinientas treinta y siete flexiones diarias, le di un par de vueltas más, pero no me decidí hasta que bajé al kiosco y le pedí a Josefa el periódico y dos chicles.

- ¿Con azúcar o sin azúcar? - me preguntó desde detrás del mostrador.

- Dámelos con azúcar. 

- ¿Seguro? a mi me da igual, pero mira que diez de cada diez dentistas recomiendan chicle sin azúcar. Pero qué digo -rió la buena de Josefa - tú eres dentista, eso ya lo sabes. 

Cogí los chicles y el periódico, tiré dos monedas de veinte duros encima de los interviús y salí corriendo. Todo aquello me estaba superando. En mi mente sonaba la voz de Checho ¡el uno de cada diez!, ¡el number one! y se mezclaba con las risas de Josefa y con imágenes de niños a los que se les caían los dientes a pedazos. 

Corrí, corrí sin parar hasta que el agotamiento me tumbó y me desmayé plácidamente en un carril de la avenida que va hasta la playa. 

En mi inconsciencia apareció ante mi una representación holográfica de Mickey Mouse y me habló como si fuese una especie de gurú espiritual: 

- ¡Déjate de estupideces Vicente y haz lo que tengas que hacer!

Cuando recuperé el sentido me habían robado las botas y el periódico y, aunque parezca extraño, en mi mano derecha aún permanecían los chicles de fresa ácida con azúcar que había comprado a Josefa. Los abrí y me los metí en la boca y sufrí una epifanía que todavía me dura. Estaban deliciosos, es cierto que aquel sabor distaba mucho de una fresa real, pero aquella acidez combinada con aquel dulzor, la dureza de la goma, el olor que llegaba desde la boca a la nariz por dentro y por fuera, hacían que me sintiese más...más...más vivo. Así que me dije: "Vicente, ¡qué coño! ¿acaso una pequeña caries no merece la pena ante esto?"

A la mañana siguiente llamé a Checho y por fin me convertí en el único dentista de cada diez que recomienda chicle con azúcar. Bueno, al menos que lo recomendaba. 

Hoy en día soy jardinero y en mis ratos libres extraigo muelas de manera voluntaria en las estaciones de autobuses. "La muela contenta" es ahora un Doner Kebab y mi primo Checho fue despedido y ahora conduce un coche de rally y participa en campeonatos a nivel regional. 

La campaña nos arruinó pero sigo convencido de que hicimos lo correcto y desde aquí animo a todos los fabricantes de lavadoras que recomiendan un antical distinto, a todos los dermatólogos que recomiendan cremas antienvejecimiento poco conocidas y a todos los cocineros que recomiendan el caldo de verduras que se sale de lo convencional. Ánimo amigos, no desfallezcáis nunca.

En la variedad está el gusto. 
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