24 feb. 2014

Lucas el intermediario.

Siendo aún un niñito revoltoso, Lucas descubrió que su vocación era meterse en el medio de los asuntos de los demás. Con solo cuatro años le dijo al tendero de su barrio que no tenía derecho a tratar así a su empleada y que debería solucionarlo o habría que interponerle una demanda. El tendero se quedó ojiplático y ascendió a su empleada a encargada del fiambre y de los productos lácteos.

Cuando cumplió los ocho, Lucas solucionó la situación marital de su profe de Inglés, doña Rosalinda, a quien su marido, el señor Jose Luis, había engañado con un camello de poca monta de su barrio. Lucas se plantó ante Jose Luis y le hizo ver que en realidad no sentía amor por el trapichero. Lo que le gustaba era colocarse con él. En pocas semanas Rosalinda y su marido volvieron a estar juntos. Poco después los encontraron muertos a causa de una sobredosis.

Cuatro años más tarde, una semana antes de cumplir los trece, Lucas puso fin a una disputa vecinal con más de veinticinco años de antigüedad. La familia Vázquez y la familia Gómez, estaban enfrentados por apenas cuatro metros cuadrados del patio de luces. Los primeros decían que les pertenecían por derecho, que así figuraba en su escritura y que nadie les iba a quitar lo que era suyo. Los segundos decían exactamente lo mismo. Harto de escuchar discusiones eternas y apenas poder transitar con normalidad por la escalera, Lucas tuvo una gran idea. Se acercó a los Vázquez ofreciéndoles la paz de los Gómez y viceversa. Era mentira pero consiguió reunirlos a todos en el patio de luces. Cuando llegaron los miembros de las dos familias no pudieron contener su asombro. Lucas había construido una barbacoa que medía dos metros cuadrados justos en la zona intermedia de la disputa. Los Vázquez y los Gómez pasaron a ser amigos del alma en lo que tardaban en asarse unos calabacines.

A medida que Lucas crecía se metía en medio de más y más situaciones. Resolvió conflictos en el instituto, en la universidad, en entornos laborales y consiguió hacerse un nombre como intermediario. Su fama se extendió por toda la ciudad. Su madre no estaba muy contenta con todo aquello, "¿no te estarás entrometiendo, cariño?" le preguntaba todos los martes, pero Lucas lo tenía claro "es porque quieren que me meta".

Recién pasadas las Navidades y un par de días antes de su treinta cumpleaños llegó a casa de Lucas una carta del ayuntamiento. Según decía, el alcalde le invitaba a mantener un encuentro en el que tratar temas de importancia para la ciudad. Lucas explotó de alegría. Su empeño por meter las narices en los asuntos de los demás durante tantos años al fin le había valido de algo. El alcalde. El mismísimo señor alcalde, le estaba pidiendo que se inmiscuyese en asuntos importantes.

La noche antes de la reunión Lucas apenas pudo conciliar el sueño. Se imaginó a si mismo mediando en conflictos internacionales, solucionando las tensiones en Oriente Medio o poniendo fin a los rumores de infidelidad de algún Primer Ministro europeo.

Al llegar a la oficina del alcalde tuvo que esperar un buen rato antes de entrar. Se sentó en un pequeño butacón negro y aguardó mientras iban llegando las gentes de la prensa. Cámaras, redactoras, fotógrafos, toda una troupe que se encargaba de cubrir todas las reuniones del alcalde.

Una de las redactoras, muy guapa, se le acercó algo dubitativa:

-¿Es usted Lucas?

Lucas se enorgulleció y llenó el pecho como un cormorán.

-Pues sí, soy yo.

La redactora no dijo más, se dio media vuelta, se acercó al resto de sus compañeros y cuchicheó.

Esos susurros eran el mejor de los manjares para el ego de Lucas. Esa misma tarde iba a estar en los medios locales anunciado como el gran intermediario que iba a poner fin a todas las polémicas de la ciudad.

Cuando se acercó la secretaria del alcalde para hacerle pasar su pulso se aceleró, le acompañó hasta la puerta y la abrió. Allí estaba, medía poco más de metro y medio pero resultaba más imponente que un guerrero mongol. Con una sonrisa muy amplia, el alcalde dio un paso extendiendo su mano para estrechar la de Lucas.

La emoción llenaba todo el despacho. En cuanto se produjo el apretón sonaron los primeros clics de las cámaras y saltó algún flash. La labor de toda una vida metiéndose en la vida de los demás estaba dando al fin sus frutos.

La secretaria cerró la puerta con rapidez, la reunión iba a ser larga.

Con sus manos aún entrelazadas el gesto en la cara del alcalde cambió de repente, con un tirón hizo que Lucas se acercase aún más a él y terminó la maniobra con un potente puñetazo en el estómago. Lucas cayó de rodillas al suelo sin entender nada. Levantó la cabeza un instante, lo suficiente como para ver como le golpeaban el rostro con un exquisito zapato de piel italiano. Antes de perder la consciencia pudo ver como el alcalde se colocaba a su altura y le señalaba con el dedo. Le dijo algo pero no lo escuchó.

Cuando despertó seguía en el despacho. Le habían atado a una silla de madera noble. Tenía varias marcas en la cara por los golpes y tras él escuchaba voces lejanas. La puerta se abrió y entraron el alcalde y la reportera.

-¿Qué tal Lucas? - empezó él - perdona que te hayamos tratado así, pero hay algo que tienes que entender.

-Todo lo que hemos hecho es por tu bien - concluyó ella.

Lucas les observó sin comprender nada. El alcalde se acercó y le acarició la mejilla con ternura.

-Sabemos que eres capaz de solucionar casi cualquier problema, Te metes en la vida de los demás y les ofreces soluciones. ¿Sabes donde nos deja eso?

Lucas empezó a comprender, si él arreglaba las cosas ¿dónde quedaba el alcalde?

La reportera se acercó por el otro lado, se inclinó sobre él y le dio un besito en la frente.

-Imagínate que no existiese ningún conflicto en la ciudad ¿qué contaríamos eh, que todo va bien?

Lucas tragó saliva con dificultad y se hizo una idea de lo que estaba a punto de ocurrir, así que balbuceó como pudo.

-Lo...lo...lo...lo siento, de verdad, no volverá a ocurrir, me quedaré en casa....no volveré a meterme en los problemas de nadie....lo...lo juro...seré uno más...

-Tranquilo, tranquilo - repitió el alcalde mientras le daba golpecitos en un hombro - sabemos que no vas a entrometerte nunca más, sólo necesitamos que nos lo pongas por escrito ¿vale?

Lucas asintió con las pocas fuerzas que le quedaban mientras el regidor rebuscaba una pluma en los cajones de su escritorio y se acercó de nuevo con una especie de contrato.

En aquel papel le pedían que jurase dejar a los demás tranquilos para siempre. Lucas lo leyó y a pesar de estar renunciando a su propia naturaleza aceptó.

-Has escogido bien Lucas, has escogido bien.

Justo antes de cederle la pluma, el alcalde la hizo girar en su mano como si tuviese la destreza de un navajero y se la insertó en el cuello a la altura de la yugular. Lucas se quedó perplejo, frente a él desfilaron las caras de todos aquellos a quienes había solucionado sus problemas y cuando intentó decir unas últimas palabras, la boca se le llenó de sangre y no pudo hablar.

Mientras Lucas se desangraba sobre el suelo del despacho, el alcalde y la reportera se reían, se besaban y jugaban a salpicarse con el chorro que manaba del cuello del pobre Lucas.
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