13 feb. 2014

Desde que éramos monos.

Al principio de los tiempos y según alguna de las teorías (la comúnmente más aceptada, nada menos), las personas no éramos tal, si no que éramos monos. Como este.

Este es William Seasbourgh disfrazado de mono para este estudio.
A lo largo de nuestra existencia en esta vasta parte de nuestra evolución, descubrimos un montón de cosas que permanecieron inalterables durante milenios.

Uno de esos descubrimientos fue el de la tecnología, es decir, el conjunto de teorías y técnicas que permiten un mejor aprovechamiento del conocimiento.

Por ejemplo, cuando éramos monos, aprendimos que en determinados sitios de nuestro entorno, vivían las hormigas.  ¡Qué jodidamente deliciosas están las cochinas hormigas! y, por desgracia, ¡qué bien saben esconderse de los monos y otros predadores!. Es entonces cuando, como buenos monos, nos pusimos a pensar y dijimos: ¡recontra! (los monos hablamos así, un poco antiguo): si metemos un palo por el agujero, ¡tate!, puedo coger las hormigas.

Esta es una reproducción moderna del sistema de captura de hormigas con palos.

Dicho y hecho, empleamos la tecnología (el palo) y la cosa nos salió bien. Todo correcto, fin de la monserga.

Pero no, siempre hay un inconveniente. Aquellas personitas en formación descubrieron algo más: el empacho.

Aquí tenemos a la Familia Stevenson preparándose para un buen empacho.

Con sus palos empezaron a comerse a todas las hormigas, las lombrices, los ciempiés, los milpiés, las orugas, las cucarachas y hasta los caracoles y las babosas.

La población mundial de monos se redujo a una tercera parte víctima de las malas digestiones y de las muertes provocadas por herida de palo.

Y aquí vemos la hostilidad que genera la tecnología. Marcus se muestra claramente agresivo. 

Poco más tarde, un par de miles de años siquiera, los monos pasamos a ser Trogloditas (éste es el término más científico posible). Ahí sí que el cambio fue muy intenso. Llegó la rueda y perdimos la sensatez ya del todo.

Esta es la reproducción científica del momento en que se produjo el descubrimiento.

Trogloditas envueltos en problemas de tráfico por todos lados. ¿Es culpa de la rueda? ¡Qué va a ser de la rueda tarado!, será de las carreteras o del gobierno, ¡eso, eso! ¡la culpa siempre ha sido del gobierno! (oigo voces en mi cabeza y las escribo por culpa del gobierno).

Y aquí tenemos una clara muestra de lo peor de la rueda y el palo juntos.

Con el palo y la rueda los Trogloditas perdieron la cabeza. A lo largo de toda la geografía mundial se organizaron carreras clandestinas en las que valía todo con tal de ganar. Y fue entonces cuando llegó lo peor de todo: el fuego.

Uno de los Trogloditas, reconocido como el más inteligente de la Historia, frotó mucho dos palos (aún no están claras sus motivaciones para realizar esta acción) y en un par de minutos se lió la cosa.

Estos son los supervivientes de la Familia Stevenson descubriendo el fuego.

El fuego, por culpa del empacho, no tardó en convertirse en un mal para toda la sociedad Troglodita. Es cierto que primero cocinaban con él, se daban calor e iluminaban cuevas muy oscuras, pero después, ¡oh!, ¡llegó una desgracia similar a la de los monos!

Llegaron los carros de fuego, las armas de fuego y los incendios forestales. Cinco octavas partes de la población mundial de Trogloditas fue devastada por las llamas o heridas por arma de fuego.

Este es el primer carro de fuego del que existe evidencia física.

¿Por qué no paramos ahí? ¿no era suficiente destrucción? Pues parece que no. Ya convertidos en personas, como las actuales, las de hoy en día, cometemos los mismos errores que cuando éramos monos.

Por eso la Universidad de Masachussets acudió a mi: ¡Richard Stapleton III, Richard Stapleton III, el famoso sociólogo e historiador! - me dijeron - ¿podría usted enviarnos una reflexión sobre el impacto de las nuevas tecnologías en la sociedad desde el principio de los tiempos?, así que me subí los pantalones y afirmé con rotundidad: ¡Claro nena!

El empacho de tecnología persigue a la raza humana desde muy temprano en las mañanas del universo. Al palo, la rueda y el fuego le siguieron la fotografía y el teléfono y las consecuencias siempre han sido nefastas.

Con la llegada de la cámara fotográfica, poco después de los Trogloditas y un poco antes de lo que se conoce como "ahora mismo, ahora ya", se consiguió plasmar en papel un pequeño extracto de la realidad.

De nuevo William Seasbourgh, esta vez caracterizado como dibujo de la primera cámara.

Y eso representó un avance tecnológico que la comunidad científica de todo el sistema solar calificó de "¡vaya pasada!", una nota difícil de conseguir para el resto de los avances.

Pero el empacho no tardó en aparecer. Igualito que desde que éramos monos. Las personas comenzamos a hacer fotos de todo, primero a otra gente, después a otra gente desnuda, después a partes de esa misma gente desnuda, después a pies en la playa, a la comida que estábamos a punto de ingerir y hasta hacíamos fotos de otras fotos en las que salía gente haciendo fotos.

De nuevo Seasbourgh ayudando. Gracias William, tu colaboración ha sido fundamental.

Con la llegada del flash terminamos de montarla. La cantidad de deslumbramientos a los que alguien se puede exponer en su vida es limitada antes de provocarle daños cerebrales irreparables.

Pero el teléfono ya se puede considerar un invento del demonio. ¡Que te calles ya merluzo! ¡el teléfono me permite estar conectado a todas horas a las novedades más interesantes de mi círculo social más cercano!, ¡espantaburras!, ¡pendejo! Ven lo que digo. Como los monos.

Cuando un  Troglodita tardío llamado Meucci (de la famosa familia Meucci vinculada desde siempre al motociclismo) inventó el teléfono, nunca pensó que su tecnología también fuese víctima del peor de los empachos.

Antonio Meucci, orgulloso con su invento tecnológico.

Al principio la gente no llamaba mucho, era caro y había una operadora por el medio que escuchaba todo lo que tenías que decir. Resultaba incómodo que esa señorita supiese si ibas a llegar tarde a casa o lo mucho que querías a tu jefe.

Así que al rato un grupo de personas japonesas inventaron el teléfono móvil. Eliminaban las operadoras sustituyéndolas por satélites y permitían que todos llevasen un teléfono en el bolsillo.

Ni el palo, ni la rueda, ni el fuego, ni las fotos, lo jodido de verdad fue el teléfono. Empezamos a llamarnos para decirnos cosas sin sentido, nos pedimos los números creyendo que eso nos ayudaba a ligar y convertimos ese aparatejo que era poco más que un walkie talkie con mucho alcance en el centro de nuestra existencia.

Los SmartPhone, del latín Smartia (te voy a joder) y Phonium (la existencia).

Es nuestra agenda, nuestro reproductor de música, nuestra cámara fotográfica, nuestra herramienta de consulta y nuestra conexión con el mundo exterior.

William haciéndose pasar por muchos hombres a la vez.

Así que mi conclusión en este estudio es la siguiente: Yo, Richard Stapleton III, el famoso sociólogo e historiador, afirmo que, desde que éramos monos, tenemos la tendencia irremediable a pegarnos un empacho terrible con toda la tecnología que descubrimos hasta el punto de causar grandes desgracias. Por ello recomiendo una sola cosa, utilicen la mejor de las sales de frutas, levanten la cabeza por un instante y descubrirán un montón de cosas de las que ingerir un poquito sin llegar a saciarse.

¡Menos mal que ha terminado el tío cansino!
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