11 dic. 2013

Diez mil horas.

Dicen los grandes maestros que se tardan alrededor de diez mil horas para dominar una técnica concreta. Diez mil horas para ser un experto conductor, diez mil para ser un excelente amante o diez mil para cocinar un pavo relleno digno de los dioses nórdicos.

Mi vida siempre ha estado llena de frustraciones y mi nivel de mediocridad sólo es comparable al de la gente estúpida y sin estudios. Soy una looser, una fracasada sin remedio. A los quince años me propuse conquistar a John Stingman, el capitán del equipo de fútbol y además el mejor guitarrista joven de toda Nebraska. Para ello me puse en forma, me vestí de manera que mis pechos resaltasen desde cualquier ángulo y presenté mi candidatura para el equipo de cheerleaders. 

Me dijeron que no daba el perfil, que era mona y tal pero que las cabriolas no eran lo mío y ser cheerleader no se trataba sólo de enseñar las bragas, también había que ser buena con las piruetas. 

Como en aquel entonces era joven y mi vida aún no se había convertido en un auténtico desastre, insistí y traté de captar la atención de John de otra manera. Así que lo agregué al Facebook y empecé a chatear con él. Al principio nuestra charla era inocente, hablábamos de como nos había ido el día y de cuántas raciones de Crispy Chicken éramos capaces de comer. 

Pero un día la cosa se calentó. Primero John me envió una foto sin camiseta a la que respondí con una instantánea mía en bañador. Empezó a soltarme piropos y poco a poco la cosa subía de tono. En la siguiente foto ya estaba en calzoncillos y me pidió que conectase la webcam.

Así lo hice y durante un rato nos mostramos un tanto nerviosos hasta que rompimos el hielo y nos desnudamos. Fue increíble vernos sin ropa y claramente excitados. Al día siguiente me acerqué a John con intención de invitarle a salir y repetir lo de la noche anterior pero cara a cara. Riéndose de mi me dijo que ya se había hecho una paja conmigo y que ya no le daba para más. Ahí empezó mi carrera de looser.

En los meses siguientes todo fue un auténtico desastre. Suspendí el examen final de química y eso provocó que tuviera que repetir curso. Fue un completo infierno, el último año de la highschool rodeada de unos completos inmaduros. Cuando por fin terminé traté de tomarme la vida de otra manera, debía elegir una carrera con la que labrarme un futuro y la verdad es que siempre lo había tenido bastante claro. Me matriculé en filosofía. Mi expediente de perdedora crecía a cada paso que daba.

Tras dos primeros años detestables se cruzó en mi vida el profesor Harry Keenan, el más joven entre los docentes de la Universidad del Missisippi. Fue él quien me habló por primera vez de la teoría de las diez mil horas y lo hizo mientras me manoseaba el culo por debajo de la falda. Dijo exactamente: “para conseguir tocarte de esta manera he invertido más de diez mil horas de estudio y dedicación, es el tiempo que dicen los grandes sabios que se necesita para dominar a la perfección cualquier técnica que se pueda aprender y como ves soy bastante bueno, ¿verdad?” Era bueno sí, pero el hecho de liarse conmigo le valió para ganarse el desprestigio de toda la comunidad y se vio obligado a exiliarse a Panamá. 

Sin embargo lo importante es que había recibido una gran enseñanza de su parte. Ahora sólo tenía que ponerla en práctica. Si quería dejar atrás mi vida como looser no tenía más que escoger alguna disciplina, entrenarla durante diez mil horas y justo después mostrarme al mundo como una perfecta experta en algo. Sólo de pensarlo una risa macabra me subía desde el estómago. 

Para decidir entre las distintas técnicas que podría aprender utilicé el mismo método que emplean los gobiernos para fijar los impuestos, utilicé el método de “al tuntún”, ir pensando cosas hasta dar con la clave. Los expertos de Oxford y Harvard llaman a eso hacer un “brainstorming”, pero las perdedoras no tenemos tanto nivel.

Pensé que ya sabía dibujar, no era especialmente buena pero después de diez mil horas era posible que estuviera a la altura de los maestros europeos, sí, esos que se llaman como las tortugas ninja. Después de darle un par de vueltas a esa idea la deseché porque me di cuenta de que los pintores en el mundo moderno tampoco es que sean unos fuera de serie, son artistas y eso, pero como de segunda categoría. 

También se me pasó por la cabeza la idea de hacerme mercenaria. Podría aprender el manejo de un montón de armas y técnicas de combate y siempre me podrían contratar para algún golpe de estado en latinoamérica. La idea estaba bien pero el riesgo era alto y tampoco quería dejar de ser una fracasada para acabar con un tiro en una pierna o un cuchillazo en el vientre.

Al final me decidí por convertirme en una experta luchadora de wrestling. Las primeras mil horas las pasé poniéndome en forma y eligiendo el nombre que utilizaría para subirme al ring. Entre las distintas posibilidades elegí Lady Shiva, un nombre con encanto, con porte señorial y un claro homenaje a mi gusto por los tebeos de Batman. Así que ataviada con un sostén rosa y unos pantaloncitos minúsculos de tonos dorados empecé mi carrera en la lucha libre como debe de hacerse: en los bajos fondos. 

Descubrí que muy cerca de mi casa había un tugurio llamado la Taberna del Diablo y allí se reunían las tías más duras del lugar para realizar peleas ilegales en el sótano. Allí pase buena parte de las siguientes tres mil horas. Me costó mucho acostumbrarme a que me partieran la cara, aunque debo reconocer que le cogí a gusto a estar atrapada entre las piernas sudorosas de alguna tiparraca con aspecto de alemana. 

Lo único bueno que tiene haber sido una looser toda la vida es que no te desanimas cuando emprendes algo nuevo porque ya empiezas desanimada. Eso hace que sea mucho más fácil acostumbrarse a que vaya mal. Pero a partir de las cinco mil horas la cosa empezó a cambiar. Una tipa que se hacía llamar Diana la Reina Cucaracha, me ofreció ser su pareja para un combate profesional. Mi técnica ya estaba bastante depurada, había desarrollado una musculatura envidiable, una rapidez excepcional y hasta había creado un golpe final y definitivo con el que poner la guinda a mis combates: el Torniquete Asesino, es posible que más adelante le cambiase el nombre porque era bastante cutre, pero estaba segura de que era demoledor. 

La Reina Cucaracha y yo llegamos esa tarde al pabellón muy nerviosas. Para ella aquel iba a ser su noveno combate profesional y aún así decía que seguía sintiendo como un gusano en el estómago cada vez que tenía que pelear. Todo aquello daba bastante asco pero entendía lo que me quería decir. 

La velada no fue nada del otro mundo. Nuestro combate por parejas no era más que un intermedio entre los dos grandes enfrentamientos de la noche y me dio la impresión de que la gente se fijaba más en nuestros culos que en el combate en si. 

De todos modos ganamos y eso me llevó a un nuevo nivel. A aquel primer combate junto a la Reina Cucaracha le siguieron más y más y empezamos a ser reconocidas por todo el estado. Salimos en alguna revista local y hasta nos invitaron a un programa de la tele en el que nos pidieron que chupáramos unos helados de manera sensual. No estábamos muy de acuerdo pero acabamos haciéndolo por conseguir algo más de publicidad.

Así fue pasando el tiempo hasta que cuando apenas quedaban unas horas para llegar a mi objetivo estalló la gran propuesta. La WWE, el mayor espectáculo de lucha libre del mundo nos quería en su programa para luchar por el título por parejas de los Estados Unidos. Cuando escuché la noticia de boca de la Reina Cucaracha casi me caigo de la emoción.

La WWE, la casa de Hulk Hogan, del Último Guerrero, del Enterrador y de tantos y tantos otros. Puede que las mujeres no tuviésemos una presencia muy importante en todo el show, pero sólo de pensar que podía formar parte de todo aquello hacía que me temblasen las pantorrillas. Además ya sólo faltaban un par de horas para convertirme en una maestra del ring, en una gran experta de la cabriola y el golpe de antebrazo, en la maldita jefa suprema del suplex y la sillita eléctrica. 

Durante los días antes del combate apenas podía dormir. Exprimí las horas que me quedaban de aprendizaje dejando los últimos veinte minutos para terminar de coronarme encima del cuadrilátero. 

Instantes antes de entrar al combate supimos que nuestras rivales y defensoras del título eran Foxy Jackie y La Víbora, unas chicas mexicanas que llevaban más de cinco años en la élite y que serían duras de pelar. Justo en el pasillo de salida al pabellón nos paró un momento un tipo trajeado. Nos dijo que esa noche nos tocaba asumir el papel de perdedoras y si lo hacíamos bien tendríamos más posibilidades. La Reina Cucaracha asintió muy sonriente pero a mi se me vino el mundo encima. Había empleado nueve mil novecientas noventa y nueve horas y cuarenta minutos para convertirme en la mejor luchadora de wrestling de todos los tiempos y dejar atrás mi vida de perdedora y aquel tipo me estaba pidiendo que volviese a perder. 

Entré al ring con cierta congoja y tras intercambiar los primeros golpes con Foxy Jackie tomé una determinación. Iba a ganar aquel combate, llevaba un montón de tiempo preparándome para aquello así que de ninguna manera iba terminar mi aprendizaje así. 

Así que me lancé a por aquella zorra latina y le zurré bastante duro. Se sorprendió, ella también sabía cual era el papel que me tocaba esa noche y no se esperaba recibir tan fuerte. Desde el rincón la Reina Cucaracha no paraba de preguntarme qué estaba haciendo, decía una y otra vez que lo estaba jodiendo todo, pero ya no la oía. Por mi mente pasó la imagen de John Stingman y de su desprecio, de Harry Keenan y su mano bajo mi falda y de todas y cada una de las veces que me había sentido una fracasada absoluta. Aquello acababa hoy.

Entré en cólera, llevé a Foxy Jackie contra una esquina, me subí a la segunda cuerda y empecé a darle mamporros mientras el público llevaba la cuenta. Por primera vez me di cuenta, estábamos en un pabellón con más de quince mil personas que me estaban animando con cada golpe que le daba a aquella tiparraca. Trató de soltarse de mi presa y dar el relevo pero no lo consiguió. Vi como La Víbora extendía su brazo al máximo y también como La Reina Cucaracha se ponía cada vez más furiosa. 

Lancé a Foxy Jackie contra la esquina contraria y corrí para dejar caer mi codo sobre su cara, le estaba haciendo mucho daño y ya estaba muy mareada. Aprovechando la situación la llevé hasta el centro de la lona, la agarré y le hice el mejor suplex de mi carrera, perfecto, con estilo y estética. Haciendo una voltereta lateral me alejé y me subí a las cuerdas, a lo más alto de un rincón para ejecutar el Torniquete Asesino. La Víbora y La Reina Cucaracha vociferaban, no entendían nada y me llamaban loca sin parar. 

El tiempo se detuvo miré a las gradas y la gente rugía. Mientras saltaba noté como los flashes de las cámaras saltaban por cientos. Retorcí mi cuerpo en el aire en el segundo justo que cumplía las diez mil horas de aprendizaje y la maniobra fue perfecta. Todo mi cuerpo era ahora un Torniquete Asesino que impactó de lleno sobre el cuerpo en el suelo de Foxy Jackie dejándola lista para irse a dormir. 

Me subí sobre ella, el árbitro cayó al suelo, uno, dos y tres. Había ganado, por primera vez en mi vida estaba saboreando el éxito, era una triunfadora y el cinturón que nos entregaba el árbitro a la Reina Cucaracha y a mi lo demostraba. 

Después hubo una trifulca enorme entre bambalinas, La Víbora y la Reina Cucaracha querían partirme la cara y decían que lo había estropeado todo y que me había ganado estar fuera de la WWE. Pero no fue así, el tipo del traje que nos había pedido que perdiéramos se me acercó muy sonriente y me dijo que lo que buscaban allí era gente como yo, dispuesta a incumplir las normas con tal de dar un buen espectáculo. 

La Víbora se marchó indignada y la Reina Cucaracha me pidió perdón pero todo aquello ya me daba igual. Había conseguido dominar una disciplina. Le había dedicado diez mil horas y al fin dejé atrás mi vida de looser.
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