26 nov. 2013

Marcas.

Era invierno. Los médicos habían dejado claro que con el frío y la humedad sería muy difícil que el abuelo llegase a la primavera. Acertaron. Aunque esto no era como ganar la primitiva, la probabilidad era mucho más alta. El abuelo tenía 94 años, respiraba gracias a una mascarilla, comía a través de un tubo y se movía cuando alguien empujaba su silla. Su muerte me producía una mezcla de emociones un tanto extraña, por un lado me sentía triste, era su única nieta además de su ahijada y siempre había vivido con nosotras en casa. Pero por otro lado también estaba aliviada, cuidar a un hombre en esas circunstancias es una tarea muy dura para cualquiera y aunque se pueda hacer con una sonrisa, es cada vez más complicado. 

El abuelo no había sido precisamente un hombre rico. Entre sus bienes a heredar había un coche bastante destartalado, dos fincas en la aldea que apenas sumaban trescientos metros cuadrados y que lo más que podrían cultivar serían bloques de hielo, un piso en el centro que permanecía alquilado a la misma familia desde los años ochenta, una biblioteca, algunos muebles rústicos y un baúl. 

Mi madre se empeñó en que debíamos repartirnos todas y cada una de las cosas a partes iguales, pero le dije que no me apetecía y que no sentía la necesidad de quedarme nada. Si quería recordarlo me bastaba con hacer memoria y mirar una mesa y unas sillas no iban a mejorar el recuerdo. Pero insistió y lo hizo de esa manera que sólo conocen las madres. Así que elegí alguno de los muebles, el coche y el baúl.

Me costó mucho subir el baúl hasta mi habitación y al llegar me di cuenta de que había escogido mal, estaba cerrado con llave. Pregunté a mi madre, revolví cajones, busqué en el coche y nada, la llave nunca apareció así que lo dejé estar.

Durante casi un año utilicé el baúl para ponerle cosas encima, ropa, libros, revistas y alguna que otra caja, se había convertido en un pedazo más de la habitación completamente integrado e inútil. Fue la visita de mi prima Andrea la que me motivó. Cerca de las navidades, vino a verme como hacía todos los años para sonsacarme alguna idea para hacerle un regalo a mi madre. Nada más entrar en mi cuarto corrió gritando hacia el baúl.

Le fascinaba, empezó a decir un montón de sandeces sobre la época victoriana, la nobleza de la madera y lo afortunada que debía sentirme por tener un tesoro así. Pensé que era una exageración. En su entusiasmo me preguntó qué había dentro y enloqueció cuando le dije que nunca lo había visto. Me zarandeó, me llamó tarada unas veinte veces y sin pedir permiso empezó a golpear la cerradura del baúl.

Al principio no me hacía mucha gracia, más por el intrusismo que suponía todo aquello que porque fuese a abrir el baúl, pero en cuanto vi que los golpes empezaban a tener resultados la animé a continuar.

La pieza de cobre que servía de cierre se estaba doblando. A cada nuevo impacto parecía que iba a ser el último. Unos cuantos más y la cerradura cayó al suelo. Se llevó consigo un pequeño pedazo de la madera pero en ese momento me daba igual que el mueble se hubiese afeado.

Andrea iba a abrir el baúl pero le pedí que parase, me correspondía hacerlo a mi y ella lo entendió. Al instante noté la sensación de que todo el misterio se iba a desinflar y que me encontraría con papeles viejos, calcetines y puede que algunas plumillas de cuando el abuelo dibujaba.

Pero no, había algo mucho mejor y que en cierto modo alimentaba el misterio. Un proyector de súper 8 y un montón de latas con películas. En cada rollo había una etiqueta que informaba del contenido y del año de filmación. No puedo decir que me entusiasmase la idea de haberlas encontrado, siempre me había parecido un tanto ñoña la obsesión de alguna gente por grabarlo todo, sin embargo resultaba curioso que el abuelo hubiese metido aquellas películas en un baúl sin dejar por ninguna parte la llave.

Es muy posible que hubiese olvidado donde la puso, aunque era raro que en todos aquellos años no hubiese pedido ni una sola vez que proyectáramos alguno de aquellos viejos rollos. Para acabar con la intriga sólo podía hacer una cosa así que Andrea me ayudó a extender una sábana sobre la pared y me ayudó a descifrar cómo debían colocarse los rollos en el proyector.

Elegimos uno cualquiera, estaba marcado como “Navidad 64” y el resultado no nos sorprendió en absoluto. Alrededor de una mesa se reunían varios hombres en lo que parecía una comida de empresa de aquella época. Entre los comensales estaba el hermano del abuelo y algún conocido más de cuando correteaba por la oficina, aunque bastante más jóvenes.

Según iba avanzando la grabación se notaba que iba aumentando el grado de euforia. Cantaban, bailaban y se dirigían a la cámara para soltar alguna parrafada fruto de la ebriedad. Por suerte no supimos como hacer que aquello sonase además de verse. 

Resultaba divertido, no parábamos de burlarnos de las pintas que llevaban todos, los peinados, las ropas, los bigotes, pero poco más había que rascar. El misterio al fin desvelado, un baúl lleno de películas viejas y nada más. Al menos eso parecía.

Cuando el rollo estaba llegando al final la imagen se quedó en negro y tras unos segundos apareció una marca. Era un círculo blanco del que sobresalían los vértices de un triángulo. Al principio permaneció fija un instante pero enseguida comenzó a parpadear, primero con ritmo lento y después a gran velocidad hasta que volvió el negro. Andrea y yo nos miramos. Pensamos que podía ser alguna marca del fabricante del negativo y mientras buscábamos alguna explicación todo cambió.

Proyectada en la sábana había una mujer atada a una cruz. Estaba desnuda, con los ojos vendados y rodeándola había un círculo formado por velas con los mismos vértices que habíamos visto hacía un momento.

La mujer resultaba muy atractiva, tenía el pelo largo y bien cuidado, un pecho abundante y el pubis depilado al completo. A pesar de estar atada por las muñecas y los tobillos no parecía resistirse. 

Tras un par de minutos en los que la chica permanecía sola hacía su aparición un hombre. Iba vestido de arriba a abajo con uniforme militar, pero no era un traje de campaña, parecía más bien el uniforme de gala. Su cara estaba siempre en penumbra y llevaba una gorra que apenas dejaba atisbar sus rasgos.

El hombre caminaba un instante hacia el final de la sala y cogía una de las velas. Ya delante de la chica empezaba a acariciarle los senos, primero agarraba uno con firmeza y luego el otro, le lamía los pezones y hacía que la chica disfrutase. Todo resultaba un poco turbio. Tras ese primer momento el militar dejaba caer pequeñas gotas de cera líquida sobre el cuerpo de la chica, que se solidificaban al contacto con la piel. 

La chica parecía disfrutar. El hombre apartó la vela y se quitó los pantalones, no llevaba nada debajo y su erección era más que evidente. Al momento soltó a la chica de sus ataduras, le dio la vuelta y la penetró con fuerza varias veces. Ambos gritaban y jadeaban, el hombre la agarraba por las caderas y ella hacia que sus nalgas rebotasen una y otra vez.

Andrea y yo no sabíamos donde mirar. Aquella escena era de lo más perturbador y la cosa se complicó todavía más.

En un momento de gran éxtasis para la pareja hacia su entrada un tipo vestido de sacerdote. Se detenía delante de la cámara para santiguarse y acto seguido se acercaba a la pareja. Hacía un paripé como si los estuviese condenando por sus pecados y al ver que no le hacían ningún caso, levantaba un dedo al cielo, recitaba algún tipo de oración y lo bajaba hasta introducirlo con fuerza en el ano del militar.

El hombre temblaba, sus piernas se agitaban sin saber cómo salir de aquella trampa y la chica gritaba y abría tanto la boca que un hilillo de saliva se le caía de la comisura de los labios. Todos parecían disfrutar con aquello. Así terminaba la película.

Durante varios minutos nos quedamos mirando la sábana en blanco. Lo que parecía una inocente proyección de las viejas películas del abuelo se había transformado en aquella escena pornográfica tan turbia. La siguiente media hora se convirtió en un sinfín de preguntas. No sabíamos la procedencia de algo así ni cuál era la conexión del abuelo o cómo podía haberse colado aquella escena en la filmación de una cena navideña. Tampoco sabíamos si aquella pieza era única o formaba parte de una colección.

Sin pensarlo dos veces empezamos a abrir el resto de las latas. Extendimos los rollos hasta el final y sin necesidad de colocarlos en el proyector descubrimos que era posible que aquella pieza formase parte de algo más grande. Algo que había desaparecido. Eran seis los rollos que incluían las marcas, los círculos atravesados por el triángulo. Pero las escenas que venían a continuación habían sido eliminadas. Algunas con cortes limpios y tan precisos que no se podía asegurar que viniese algo después. Pero en otros había incluso quemaduras, las llamas habían consumido el negativo. 

Andrea se puso muy nerviosa, empezó a balbucear y se asustó. Dijo que aquello le estaba pareciendo muy raro, me pidió que metiese todo en el baúl y que lo dejase estar. No había sido buena idea remover todo aquello. Cogió sus cosas y se marchó.

Durante esa noche y las dos siguientes no conseguí conciliar el sueño. Trataba de recordar a mi abuelo, el hombre cariñoso y bonachón que me había enseñado a andar en bicicleta, a cazar perdices o a entintar una pluma. No me cabía en la cabeza que tuviese nada que ver con algo tan sucio, tan pervertido. Tenía que hacer algo para al menos averiguar porqué estaba metido en algo así.

Tras unas días desechando ideas como la de contárselo todo a mi madre o preguntar al hermano del abuelo, pensé que Tomás podría ayudarme. Tomás era un buen amigo del abuelo, algo más joven que él y con el que había llegado a formar una muy buena relación basada en salir a dar grandes paseos en los que poder hablar de fútbol y de caza a partes iguales. A los dos les encantaban las armas, sobre todo las antiguas, hasta tal punto que el oficio de Tomás seguía siendo el de anticuario. 

Hacía veinte años que podría haberse jubilado y ceder el negocio a alguno de sus hijos, pero decía que les interesaba tan poco todo aquello que lo convertirían en una tienda de videojuegos o teléfonos móviles, así que mientras estuviese vivo seguiría regentando su negocio aunque le fuese la salud en ello.

Cuando entré en la tienda de Tomás me di cuenta enseguida de que necesitaba mucha ayuda. Él decía que tener todo lleno de polvo le daba un aspecto más vetusto y que eso le ayudaba a vender mejor, la verdad es que era muy gracioso que al hecho de no limpiar le llamase marketing. 

No sabía cómo afrontar el tema así que durante un par de horas intercambiamos historias y anécdotas con el abuelo de protagonista. Hablamos de la guerra, de cuando montó la empresa, de la muerte de la abuela e incluso de sus vinos favoritos. Un montón de sucesos normales en la vida de un tipo normal.

Cansada ya de dar tantos rodeos cogí un papel y dibujé un círculo exactamente igual que el que había visto en las marcas de las películas, con los vértices del triángulo atravesándolo. Al enseñárselo a Tomás le cambió la cara. Se quedó blanco, se puso muy nervioso y con una tartamudez inusual me preguntó:

-¿Dón...dón...dónde has visto eso Martina?

-En una película vieja.

Tomás siseó muy fuerte indicándome que me callase, me agarró de un hombro y susurró:

-Ven conmigo.

Sin decir ni una palabra más nos dirigimos hacia el fondo de la tienda, Tomás apartó del suelo una alfombra polvorienta y descubrió una trampilla.

-Bajemos.

-Pero Tomás, no entiendo...

Tomás asintió con un gesto con el que me pedía confianza así que pensé que poco tenía que temer de un hombre de más de 80 años y bajé con él.

Aún ahora siento el escalofrío que me produjo bajar allí. En cuanto Tomás encendió la luz pude ver que aquella era la sala. Allí estaba la cruz donde habían atado a la chica de la película. En el suelo se había formado un círculo con los restos de la cera derretida de las velas.

-¿Qué es todo esto Tomás, que tienes tú que ver con la película?

-Nada, yo sólo ponía el sitio, era tu abuelo el que filmaba. 

-¿Por qué, para qué?

-Todo eso no importa Martina. Te he bajado aquí para advertirte, es mejor que dejes las cosas como están. Esa gente...

Noté como al pronunciar esas palabras se formaba un gran nudo en la garganta de Tomás.

-...no te conviene seguir con esto. Hazme caso, hazlo por tu abuelo.

-¿Y las otras películas?

-En serio chica, déjalo estar. 

Tomás apagó la luz y muy amablemente me invitó a abandonar su tienda y me recomendó que no pasase por allí en una temporada. El enigma se había complicado más de la cuenta.

De camino a casa pensé varias veces en las advertencias de Tomás. Al igual que Andrea me había repetido varias veces que olvidase todo aquello. Es cierto que el abuelo tenía un pasado un tanto oscuro que incluía pornografía de aspecto ritual pero qué ganaba ahora investigando eso. 

A cada paso me convencía un poco más. Todas las familias tienen secretos, la nuestra también. 

Al llegar a casa me extrañó que mi madre no estuviese, aunque estando cerca la navidad era muy posible que hubiese quedado con alguna amiga o que fuese al centro comercial a buscar algún regalo. Subí a mi habitación, recogí todas las latas de las películas y el proyector y lo metí todo dentro del baúl. Aquella historia había terminado para mi.

Ya en la ducha y bajo el chorro del agua caliente traté de limpiar las imágenes que me habían perturbado durante aquellos días. De nuevo empezaba a estar en paz con el recuerdo del abuelo. De repente escuché un golpe fuera del baño, salí de la bañera y me cubrí con una toalla. Al momento sonó otro golpe y otro más, eran impactos secos contra la madera.

Corrí hacia mi habitación, la puerta estaba cerrada, la abrí de golpe y no había nadie pero en la cama habían dejado una marca. El círculo, el mismo círculo atravesado por los tres ángulos reposaba ahora sobre mi cama. Alguien lo había conformado con una sustancia blanca que parecía cal. Me asusté mucho, grité y me giré rápidamente buscando a quién podía haber hecho eso, pero no había nadie. Con miedo me acerqué al armario para ponerme cualquier cosa y salir de allí pero al abrirlo me golpearon, no sé quién ni porqué. Mientras perdía el conocimiento puede ver unas botas militares.

Cuando me desperté sentí frío, alguien me había inmovilizado de pies y manos y me había tapado los ojos. Me sentía adormilada y con la boca seca, estoy convencida de que me habían drogado. Al cabo de unos minutos alguien entró en la sala. Traté de que me hablase, que me dijese qué hacía allí, qué estaban haciendo conmigo. Pero no me contestó, se limitó a mirarme, aún con los ojos tapados podía sentirlo. Me habían puesto algo de ropa, una camiseta, unas braguitas y poco más. 

El tipo que estaba conmigo abrió y cerró varias veces unas tijeras junto a uno de mis oídos. El sonido me resultó irritante y el contacto del acero en la piel me congeló la piel. Con cuidado recortó mi ropa hasta dejarme desnuda. Todo mi vello se había erizado y las piernas comenzaban a temblarme. Quería hablar, pedir explicaciones pero mi cerebro no respondía a mis órdenes. Justo antes de dejarme sola de nuevo, aquel hombre me acarició. Primero las mejillas hasta llegar al pecho. Sus dedos estaban arrugados y de manera casi automática pensé en Tomás y caí en la cuenta. Estaba atada en cruz en el mismo sótano de la película del abuelo.

Estuve allí sola al menos un par de horas más hasta que a mi alrededor comenzaron a encender las velas. Noté pequeños destellos de luz que me permitía percibir la venda y el olor de la cera derritiéndose. Si hubiera podido pensar con claridad en aquel momento me habría dado cuenta de qué pretendían hacer conmigo. 

Después de un buen rato otro hombre entró en la sala, su paso era distinto, más fuerte. Se me acercó y me agarró la mandíbula como quien comprueba la dentadura de un caballo. Me giró la cara para ver mis perfiles y emitió un gruñido a modo de aprobación. Acto seguido comenzó el ritual. Sin preambulos me agarró un pecho. Sus manos eran fuertes y grandes, apretó con firmeza y consiguió que mis pezones se endureciesen. Así se mantuvo un par de minutos hasta que se apartó.

Volvió con una vela en la mano. Varias veces acercó la llama a mis ojos vendados. Notar la luz y el calor del fuego me producía mucha angustia. Al momento noté como la cera caía por mi cuello y resbalaba por un lateral hasta volverse sólida. Era algo doloroso. Al darse cuenta de que no me gustaba el tipo se animó aún más. Cada vez dejaba caer más cera sobre mí, en mi vientre, en los muslos y en el pubis. Sin poder verlo noté como se formaba una sonrisa macabra en su rostro. 

Los juegos habían terminado. Escuché como se desabrochaba el cinturón y dejaba caer sus pantalones. Se me formó un nudo en la garganta al notar su miembro contra mi piel. Su erección era más que notable al igual que la violencia que empleó al liberarme de mis ataduras, por un momento pensé en forcejear, en librarme de aquello y salir corriendo y de nuevo mi cuerpo no obedecía a mi mente. 

Postrada contra la cruz aquel hombre me penetraba con fuerza. Estaba aterrorizada. Notaba como me embestía una y otra vez de manera salvaje. Noté como cerraba las mandíbulas para emplearse a fondo y como mi sexo iba abriéndose cada vez más. 

Comencé a jadear y él aumentó la intensidad. Fue entonces cuando hice un esfuerzo sobrehumano para cumplir al fin mi voluntad. Conseguí sacarme la venda de los ojos. Cuando pude ver comprobé que todo era igual que en la película del abuelo: la cruz, las velas e incluso la cámara de súper 8 que lo estaba recogiendo todo.

Sólo quería comprobar una cosa más, quién era aquel hombre. Giré un poco la cabeza y vi su uniforme y sus botas. Al levantar algo más la vista lo vi por primera vez.

El impacto que me supuso hizo que emplease todas mis fuerza para liberarme.

-No...no....no......no puede ser.....

-Hola cariño.

Todo empezó a darme vueltas, la habitación se confundía, al fondo Tomás parecía sonreír mientras se masturbaba, un tipo vestido de sacerdote esperaba el momento para hacer su papel estelar, la cera, el círculo y los ángulos del triángulo, todo giraba, giraba, giraba, giraba...

-Es mejor no revolver los secretos de los demás Martina.

Era mi abuelo. 

El tipo del traje de militar, el hombre que hacía un momento me penetraba con fuerza, era mi abuelo y de su cuello colgaba la llave del baúl. Era más joven, aparentaba unos cuarenta años, pero su voz, sus manos, su cara. No era él quien había filmado aquella película, era su protagonista y durante años de una manera antinatural se había mantenido con aquel aspecto. No entendía nada. 

-¿Cómo te sientes ahora?

Muerta, desde ese momento sólo puedo sentirme muerta.
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