17 oct. 2013

El Escuchador.

"¿Está usted harto de escuchar los tediosos relatos de las vacaciones de sus amigas? ¿le gustaría mandarlas al carajo pero teme que la tomen por desagradable? No lo piense más y contrate los servicios de El Escuchador. Siempre dispuesto, siempre fiel, siempre leal y con mucha, mucha paciencia, El Escuchador escuchará por usted las vacaciones de sus amigas, los viajes de novios de las nuevas parejas, las batallitas del abuelo, los discursos políticos de su suegro e incluso las cansinas regañinas de su madre. No lo piense más, usted necesita al Escuchador”

Era un buen anuncio, hay que admitirlo, era fresco, dinámico, con garra. Los de la agencia me dijeron que el texto era un poco largo pero qué coño, el cliente era yo y me importaba tres narices lo que tuvieran que decir tres niñatos recién salidos de la facultad. Además ellos podían saber mucho sobre diseño gráfico y esas memeces, pero yo llevaba escuchando a la gente más de veinte años, y eso, se mire por donde se mire, da mucha experiencia en casi todos los campos.

Cuando lo pienso ahora me digo: “demonios Gerardo, tampoco era necesario haber hecho aquel encargo, no fue profesional, no era tu estilo”. Mi cuñada, Mari Carmen, estaba segura de que algo raro pasaba en su trabajo. 

Ella había empezado su andadura profesional rellenando aceitunas en una fábrica pequeñita en Jerez de la Frontera, pero ahora realizaba tareas de administración para una empresa alemana que fabricaba electrodomésticos de pequeño tamaño. 

Mari Carmen no entendía ni papa de alemán pero fingía entenderlo perfectamente y en las reuniones con la junta directiva se limitaba a asentir y exclamar “ajá” cada cinco o seis minutos. Los jefes estaban entusiasmados con ella. Personalmente creo que su talla de pecho y su tendencia a llevar vestidos cortos ayudaba bastante, pero esto es sólo mi opinión.

Pero lo que preocupaba a la buena de Mari Carmen no era que sus jefes la adorasen a pesar de que no pudiese comunicarse con ellos verbalmente, sino que estaba convencida de que el Director de su sección, Hans Müller, acosaba en horas de trabajo a la becaria nueva, Macarena. 

Macarena era una chica muy guapa, dominaba el alemán como si fuera de Stuttgart y lo conjuntaba con la gracia natural que le otorgaba ser de Tordesillas. Había estudiado periodismo un par de años, hasta que su vocación se mostró ante ella como una aparición mariana, lo que tenía que ser en la vida era diseñadora de recorridos para maquetas de trenes, así que se hizo ingeniera de caminos y trató de sintetizar todo lo que había aprendido para trasladarlo a la pequeña escala. ¿Y qué pintaba entonces Macarena en una fábrica de aspiradores de mano? Pues lo que todos, llegó a la conclusión de que de algo tenía que vivir porque los sueños alimentan el alma pero no el estómago.

Desde que Macarena llegó a la empresa, Mari Carmen empezó a notar que Hans no se comportaba igual que todos los días, apenas recibía sus miradas, hacía ya más de dos semanas que no le silbaba y dejó de decirle “Marri Carrmen, si fuerras alemana...” Así que mi cuñada se preocupó y empezó a vigilar los pasos de Macarena. Estaba claro que algo ocurría porque la chica que nada más llegar se había mostrado tan pizpireta y agradable con todo el mundo, ahora arrastraba los pies y deambulaba por los pasillos como alma en pena. Y todo esto a la vez que Hans sonreía mucho. Esto último fue lo que terminó de convencerme. Si un alemán sonríe mucho es que algo raro está pasando.

Mari Carmen no tenía claro qué es lo que pasaba así que me pidió por favor que la ayudase. Mi método depurado después de muchos años de trabajo consistía en esconderme y escuchar. Puede parecer sencillo y usted dirá “menuda chorrada, eso puede hacerlo cualquiera” y yo le responderé “y un cuerno, también parece sencillo ser periodista deportivo y sólo valen los mejores”. 

Para este trabajo quería poner toda mi profesionalidad y mi empeño, me gustaba ayudar a Mari Carmen, era un encargo un poco chorra, pero es mejor mantener a las cuñadas contentas, todo el mundo sabe que una cuñada enfadada puede desembocar en un cisma familiar de los más graves y además me gustaba la idea de que Mari Carmen me debiese un favor.

Para mi atuendo elegí algo que no desentonase en una fábrica de electrodomésticos alemana y me puse mi disfraz de nevera combi de eficiencia energética triple A. Lo conseguí, nadie notaba mi presencia.

Había espías que utilizaban micros escondidos en jarrones, cámaras de fotos minúsculas y todo tipo de artilugios, pero yo no era un espía, era El Escuchador y podía hacer algo tan sencillo sin nada más que mis oídos, mi paciencia y la bacenilla que me acompañaba. 

Tras dos días de pesquisas infructuosas conseguí al fin acercarme hasta Hans Müller lo suficiente para obtener las primeras pistas. Todos los días, después del café de las once, llamaba a Macarena a su despacho y después de quince minutos encerrados a solas, la chica salía echa una piltrafa. Aún no había conseguido acercarme lo suficiente como para saber qué ocurría allí dentro, pero mi olfato y mi experiencia me decían que aquel alemán no era trigo limpio. 

Al día siguiente, en un descuido de Müller conseguí colarme en su despacho, apenas tuve dos minutos para situarme en un buen sitio, me puse nervioso y justo antes de que Hans regresase puse en práctica una técnica legendaria que había aprendido tras años de entrenamiento, rodé por el suelo y me escondí bajo la mesa. Es curioso, pero los alemanes ven una nevera debajo del escritorio y siguen haciendo vida normal como si nada.

Müller no me falló, a las once y un minuto llamó a Macarena a su despacho y cuando llegó la invitó a pasar. Noté como nada más verla se acariciaba ligeramente la entrepierna y enseguida lo tuve claro, estaba acosándola. Ella permanecía de pie con sus manos cruzadas por debajo del vientre. 

Ya me lo estaba imaginando, seguro que le hacía levantarse el vestido para que le enseñase su ropa interior mientras él decía babosadas. Estaba indignado e hice un gran esfuerzo por contenerme hasta tener una evidencia de todo aquel escándalo. Y en ese momento Hans empezó a hablar:

-Macarrena, ya está, en dos semanas firrmarremos el contrrato, bienvenida a electrrodomésticos Sorrmerrlen. Me gustarría que aún no dijeses nada porrque vas a sustituirr a Marri Carrmen y ella aún no lo sabe. 

Adiós. Ni acoso, ni ropa interior ni nada de nada, la buena e inocente de Macarena se iba a quedar con el trabajo de Mari Carmen. A ver cómo le contaba yo eso a mi cuñada. 

Se lo conté sin más, sin rodeos, “Mari Carmen” le dije “te van a despedir, pero no te preocupes, le van a dar tu puesto a Macarena que está bastante bien formada”. Estaba absorta de alegría o eso me pareció porque sus ojos estaban muy abiertos y apenas podía decir nada. Le dí dos besos, la cogí de un hombro y me fui a casa a quitarme de una vez el disfraz de nevera combi.

Y al llegar a casa reflexioné sobre todo aquello, había dedicado toda mi vida a un trabajo que me gustaba, ser El Escuchador era agradable, permitía que otros se desahogasen o que descubriesen cosas. Pero todo aquel asunto de Müller y Macarena me había dejado mal cuerpo porque entendí algo que hacía de aquello algo trágico. Macarena iba a pasar de ser la nueva becaria para obtener un puesto fijo dentro de la empresa y aún así estaba desanimada, se podría decir que casi deprimida y comprendí por qué. Ella soñaba con diseñar recorridos para trenes a escala y su sueño seguía estando muy lejos. 

Si alguna vez había malos momentos para El Escuchador, enterarse de que alguien no podía cumplir sus sueños era uno de ellos.   
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