2 oct. 2013

Don Julián y el misterio del cine español.

Don Julián era una de esas personas que todo el mundo trataba de usted sin que nadie supiese porqué. Se podría decir que alrededor de él manaba un cierto halo de respetabilidad que le hacía parecer mejor que los demás, más apreciable.

Su aspecto y su carisma, además del apelativo constante de “Don” hacían de él alguien ideal para regentar un negocio propio, pero no era así. Don Julián trabajaba en los cines de su suegro desde hacía quince años. El nombre del establecimiento era “Cines el Pelícano” aunque la gente le llamara el cine de Don Julián.

A pesar de que el negocio no era suyo, Don Julián dirigía prácticamente todas las operaciones, y además lo hacía bien. Él seleccionaba los títulos, se encargaba de negociar con las distribuidoras, de vez en cuando atendía la taquilla e incluso hacía las palomitas con la cantidad justa y necesaria de mantequilla para que la gente al probarlas le dijese: “que bien hace usted las palomitas Don Julián”.

Su mujer, Aurora, a quienes algunos llamaban Doña Aurora más por extensión que porque la señora lo mereciese, ya estaba cansada del cine. Su padre, el dueño de todo aquello, se resistía a dárselo en herencia a pesar de que ya apenas pasaba por allí, y cuando lo hacía, era incapaz de hacer nada a derechas. Todas las ilusiones que Aurora había ido cosechando durante años para remodelar el local y ponerlo un poco más a su gusto se habían ido desvaneciendo a la vez que tenía que soportar el runrún de la gente hablando una y otra vez del cine de Don Julián.

Así que el matrimonio de Don Julián empezó a perder fuerza y lo que había empezado como el propósito perfecto de continuar una tradición familiar se fue convirtiendo en la maldita rutina que asolaba sus vidas. Por eso Don Julián se propuso cambiar las cosas.

Estaba harto de aguantar las monsergas de su mujer, “tenemos que dar un aire nuevo a esto”, “como no cambiemos algo nos pudriremos aquí”, “estoy harta de todos los días lo mismo, la misma gente y películas siempre iguales”, y así sin parar hasta que Don Julián explotó. Arrojó con fuerza un pedazo de mantequilla al suelo, se quitó el chaleco rojo que conformaba su uniforme y se marchó. Así. Sin más.

Al final de la jornada Don Julián reapareció muy sonriente. Aurora, al borde de un ataque de histeria comenzó a chillarle cosas sin sentido y a preguntarle dónde demonios se había metido. Don Julián, con calma, mientras se colocaba de nuevo su chaleco y se sacudía las solapas como si las llevase manchadas de harina exclamó con rintintín:“a partir de mañana este cine va a cambiar mucho” y aunque Aurora preguntaba una y otra vez, Don Julián no dijo ni una palabra más.

Esa noche apenas durmió, a sus sueños acudía Fernando Rey enfundado en una armadura de cuatro latas, también llegaba Paco Rabal fumándose un puro y repartiendo cartas y todo terminaba cuando la mirada de Buñuel se confundía con la de Trueba en un girar continuo de miradas estrábicas y aterradoras.

Por la mañana Don Julián fue mucho antes de abrir las puertas para el público. En cuestión de minutos cambió los carteles, las entradas y los folletos, quitó los pósters de los estrenos por venir y destruyó las maquetas de cartón. Había cambiado la cartelera al completo y todo el cine que se programaba en el Cine de Don Julián era español.

Nada más abrir las puertas notó que algo no iba bien. Un escalofrío se apoderó de su médula espinal y una vocecilla parecía susurrarle “te vas a quedar solo Julián”. Menos mal que llegaron los primeros espectadores. Julián saludó e hizo un gesto muy reverencial para invitarles a entrar, echaron un vistazo a los carteles, examinaron las fotos y se fueron sin despedirse.

Al rato aparecieron un grupo de adolescentes, se asomaron desde la puerta y se marcharon corriendo encima de sus monopatines. Cuando llegó Aurora se lo encontró fumando detrás de una columna. Al ver los carteles gritó: “¿qué carajo haces Julián, te has vuelto loco? ¡Vuelve a dejar todo como estaba, ¿te crees que estamos en Francia? ¡La gente aquí no quiere ver cine español!”.

Don Julián no desfalleció y al cabo de media hora recuperó síntomas de satisfacción cuando una pareja compró entradas. Le siguieron un señor mayor y un padre con dos hijas adolescentes. Seis entradas en total, haciendo cuentas ya parecía un día normal y lo había conseguido proyectando sólo cine nacional.

El segundo pitillo que se fumó aquella tarde le supo a victoria. Con orgullo se acercó a su mujer tan solo para espetarle “¿ahora qué?” y Aurora bufó como un gato enfadado.

Alimentado por las alas del triunfo Joaquín abrió con timidez la sala para la que había vendido no cuatro ni cinco entradas, sino seis y se metió dentro. Al instante lo notó, primero sus pies, luego las piernas y al fin toda la espalda, se quedó petrificado y una nube de vaho salió de su boca. Miró a la derecha, luego a la izquierda, dio dos pasos torpes adentrándose en la sala, se giró, miró, volvió a girar, miró de nuevo. No había nadie. La pantalla permanecía en blanco mientras sonaba un pitido agudo por los altavoces.

Don Julián intentó salir corriendo de allí pero algo se lo impedía. Sintió como una presencia le rodeaba y en unos segundos unas voces graves le gritaron al oído. Sonaban espantosas, guturales, como si fueran fantasmas de ultratumba. Repetían sólo una frase: “¡Quédate, quédate con nosotros!”. Primero dudó y trató de revolverse pero enseguida las reconoció, eran las voces de la Familia Bardem.

Don Julián se quedó paralizado por el pánico. Sus pies se elevaron y comenzó a levitar hacia la pantalla. A medida que se acercaba pudo reconocer las siluetas de aquellos inocentes espectadores que aquella tarde habían optado por ver cine español. Golpeaban la pantalla tratando de escapar mientras voceaban y pedían auxilio.

A pocos metros de la lona se detuvo y sus ojos emanaron una potente luz y a los pocos segundos comenzaron a emular un proyector. En la pantalla se veía lo que salía de sus ojos de Julián.

La función empezó con imágenes sueltas de sus inicios en el Pelícano, hasta que poco a poco las imágenes se centraban en aquel día. El traqueteo se detuvo cuando sonaron los primeros compases Merlín de Albéniz.

Fundiéndose con las notas apareció en la pantalla una figura desdibujada que no tardó en tomar forma. Era el fantasma de Fernando Fernán Gómez.

-¿Qué coño has hecho Julián?

-Sólo...sólo...sólo quería salvar el cine español.

La voz del fantasma se volvió más estremecedora si cabe.

-¡No digas gilipolleces Julián! ¡Esto ya no tiene solución!

-No...no...no es cierto, se puede conseguir, sólo hay...sólo hay que dejar de tratarlo como si fuese un género, dejar de inventar excusas idiotas y situarlo en el lugar que se merece. Es...es...es posible crear una industria y necesito vuestra ayuda.

El fantasma se conmovió y su gesto duro y atroz se convirtió en una mueca entre compasión y bondad y de uno de sus ojos brotó una lágrima.

-Puede que tengas razón, pero ya es demasiado tarde.

Mientras el espectro del actor se desvanecía resonó una carcajada que cubrió todo el patio de butacas. La lona que servía de pantalla se prendió y en un instante las llamas se afanaban por devorar toda la sala. Julián cayó al suelo con violencia y quedó inconsciente.

Del otro lado de la puerta se escuchaban el estruendo de la música y la destrucción del fuego pero Aurora lo ignoraba mientras pasaba un paño al mostrador de la taquilla. Sus ojos brillaban en un tono plateado y su sonrisa se había vuelto macabra.

Don Julián se despertó y consiguió levantarse con mucho esfuerzo. Casi no podía ver y el humo ya se estaba apoderando de sus pulmones. De nuevo escuchó a los Bardem: “notas como se ahoga, notas como se ahoga, al cine español le pasa lo mismo”. La nube de humo se convirtió en Ángela Molina, en Silvia Abascal, en Mario Casas y en Santiago Segura, hasta que por último adoptó la forma de Maribel Verdú, se acercó a Don Julián, le acarició la frente y le besó: “al menos tú lo has intentado ¿no?”.

Don Julián asintió, se soltó del abrazo mortal de aquella morena despampanante y con su último aliento exclamó: “al cine español ya no lo salvan ni las buenas intenciones”.

Don Julián murió, los cines El Pelícano ardieron y un mes más tarde la gente del barrio quiso honrarlos con un homenaje. Al acto asistieron actrices, directores, productores, guionistas, taquilleros y acomodadores de todas las salas de la ciudad. Desde el púlpito tomó la palabra el Ministro de Cultura: “Don Julián dejó clara una cosa, no se puede ayudar a quien quiere dejarse morir”. Como era costumbre, la gente abucheó al Ministro y todo acabó como siempre. Mal y sin cambios.
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