10 sept. 2013

Mundo Anuncio.

Cuando al fin pude abrir los ojos me di cuenta de que estaba tirado en el suelo. A mi lado circulaban varios coches completamente equipados a gran velocidad e incluso alguno de ellos iba realizando cabriolas imposibles.

Pero no averigüé donde me encontraba hasta que un perro enorme con gorra de Sherlock Holmes me lamió la cara y me habló con una voz un tanto ridícula:

-¿Tienes seguro de vida chico? Puedo ayudarte a encontrar uno.

La consciencia me volvió de golpe, al instante un montón de chicas en ropa interior meneaban sus traseros de lado a lado mientras repetían una y otra vez cosas como “sólo tú notas que en realidad estás limpia” o “lo ves, es muy sencillo, metes el aplicador hasta aquí y voilá”

-Estás en un lío chico, ¿no crees que es buen momento para hacerse un seguro?

El maldito perro no paraba de repetir esas cosas mientras me lamía compulsivamente las plantas de los pies, así que eché a correr. 

Al cabo de veinte minutos conseguí tranquilizarme, no podía ser tan complicado salir de allí, quizá la gente de los anuncios de colonia podría ayudarme. Pero me equivocaba, dos chicas empezaron a empujarme y a darme vueltas mientras repetían “yo”, “tú”, “yo”, “sólo nosotros”, y terminaban con un suspiro ahogado como si se les hubiese quedado un cacahuete en la tráquea. Me deshice de ellas gritándoles que no soportaba su olor, que me producía asma y que nunca podría existir nada entre nosotros, creo que me pasé porque huyeron y las atropelló Pierce Brosnan con un coche enorme.

Eso me dio una pista, la zona de los anuncios con famosos no estaba muy lejos. Ellos tenían que saber como salir de allí. Los famosos no viven en ese mundo, entran y salen a menudo pero son personas normales, puede que alguno de ellos tenga problemas intestinales o los dientes un poco amarillos, pero no pertenecen a aquel sitio. Quizá si les contaba mi problema podrían ayudarme a volver a casa.

Cuando me disponía a cruzar la parte de los cereales con fibra, una zona con bastante mal olor, de nuevo apareció ante mí el perro de los seguros.

-No sabes lo que haces chico ¿seguro que quieres ir allí?

-¿Por qué, cuál es el problema?

-Es mucho más que un problema chico, si quieres llegar hasta esa gente tienes que atravesar los mensajes subliminales. 

Dios. Estaba perdido. Las colonias, los seguros o las compresas no se podían comparar a los mensaje subliminales, chicas en bikini anunciando motosierras, lamiendo el cristal de botellas de agua y formando palabras que activaban ciertas zonas de mi cerebro.

-¿Existe otro camino?

-Sólo uno chico, pero no te va a gustar. 

El maldito perro con pinta de detective tenía razón, no me gustaba. La única alternativa que me quedaba era atravesar el barrio de los anuncios vintage, vaya, los viejos. Seguían allí porque de vez en cuando alguna momia de la televisión se dedicaba a hacer algún programa conmemorativo para recordarlos, y en vez de tenerlos metidos en cajas, les dejaban poblar un pequeño barrio al estilo de la Cocina del Infierno de Nueva York. 

El problema es que eran anuncios violentos, el mantenerse activo durante tantos años anunciando cosas como loción para después del afeitado o distintas marcas de brandy, les había vuelto locos.

Nada más entrar se escuchaban los gritos. Un hombre le gritaba a su mujer porque su sopa estaba fría y no le había pasado el plumero a su escritorio. Una señora daba saltos de alegría porque al fin había descubierto un método que le permitía hacer un caldo de pollo sin tener que perder una mañana y un grupo de niños se reía a carcajadas mientras hacían girar una y otra vez una pequeña bola plateada en la ruleta de los Juegos Reunidos.

Traté de pasar desapercibido haciéndome pasar por un anuncio de televisores en color, cada pocos pasos exclamaba “diga adiós al blanco y negro y entre en una vida llena de colores” Al principio nadie se percató de mi presencia, así que seguí mi camino entre las chicas de las lavadoras y un par de payasos que no sé muy bien qué anunciaban pero uno llevaba el traje descolorido y el otro no.

Al final de la calle ya se podía ver la entrada a la zona de los famosos, era por donde entraban y salían Carmen Sevilla y Marisol que no paraban de cantar a pleno pulmón mientras una horda de palmeros reían y las animaban a seguir cantando. Cuando ya me estaba acercando el payaso del traje descolorido se fijó en mi, me quedé congelado, no supe qué decir durante un instante hasta que grité:

-¡La televisión en color es el futuro!

El payaso me miró, me puso una mano en el pecho, me palpó una nalga y me rascó la nariz. Estaba tiritando, nunca jamás había sentido tanta presión como en aquel momento, tenía que salir de allí, así que volví a probar:

-Si usted aún ve la tele en blanco y negro no sabe lo que se pierde.

El payaso ya no dudó más.

-¡Es un impostor! ¡Socorro! ¡Alerta, alerta! ¡se ha colado un impostor!

El tipo me señalaba mientras soltaba aquellos alaridos y vi como un montón de gente empezaba a dirigirse hacia mi. El payaso se envalentonó y trató de darme un puñetazo pero pude esquivarlo. Aún así quedé a merced de su segundo golpe, una patada que iba dirigida a mi estómago.

En el último momento vi que su pierna no llegaba a impactar sobre mi, el perro de los seguros estaba mordiéndole con rabia.

-Corre chico, sal de aquí.

-Pero...¿tú qué harás?

-¡Corre! ¡Ahora!

Cuando un perro con gorra de detective te da una orden es mejor cumplirla. Eché a correr mientras tenía que esquivar a señoras que me disparaban friegaplatos por un lado y a varios hombres que trataban de alcanzarme con chorros de coñac por el otro.

Aún no sé muy bien cómo lo conseguí pero con la lengua fuera y empapado en una mezcla asquerosa de alcohol, detergente y polvos pica-pica llegué al barrio de los famosos. 

Aquello estaba distribuido entre zonas ricas y pobres en las que se distinguía a actores de distintas categorías, cantantes y concursantes de realities y esa clase de cosas. Tuve muchísima suerte porque nada más llegar se detuvo ante mi un coche muy lujoso.

La ventanilla de atrás se abrió y allí estaba, era José Coronado. De inmediato se apoderó de mi una sensación de alivio. Muy amable me preguntó cómo había llegado allí y si podía hacer algo por mi. Casi con lágrimas en los ojos le conté que me había perdido y que ahora estaría muerto de no ser por la ayuda de un perro amigo.

Cuando me tranquilicé, le miré a los ojos y le dije que lo único que quería era salir de allí.

Me miró un tanto desconcertado hasta que su mueca se convirtió en una sonrisa y después en una carcajada que me pareció atroz.

-¿Salir? Nadie puede salir de Mundo Anuncio, vas a estar aquí encerrado para siempre, como yo, como todos.

Tenía razón, los anuncios nos han atrapado para siempre, así que me resigné y le pedí la dirección de Michelle Jenner.
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