4 sept. 2013

Los críticos.

Desde que me convertí en una súper estrella del celuloide he tenido que lidiar casi a diario con el difícil mundo de la crítica. Siempre he dicho que todos esos seres que se ocultan tras los párrafos hirientes de sus revistas no merecen el más mínimo de los respetos, y sin embargo he de admitir que aquella vez habían dado en el clavo. 

Nada más comenzar mi carrera profesional, allá por los años noventa, empecé a recibir puñaladas y halagos a partes muy desiguales. Recuerdo las primeras líneas que me dedicaron con cariño en el Washington Post: “si fuera mayor de edad ya se la estarían rifando los famosos”. Es verdad que no decía mucho de mi papel en la película, pero vaya, siempre he preferido considerarlo un halago. 

En los primeros años se multiplicaron los comentarios sobre mi físico, en portada cultural del Herald Tribune en agosto del 94 se podía leer “es la actriz perfecta para ver la película sin sonido y alejado de tus pantalones” y el Daily Mirror un mes más tarde sugería “todos estamos esperando el momento de verla desnuda para apagar el televisor justo después”

Mis empeños por ser considerada una actriz seria y con capacidad para realizar papeles dramáticos pasaban desapercibidos por la gran industria. Lo único que querían era ver lo que se escondía debajo de mi falda, hacerme fotos en bañador o grabarme bebiendo de una botella de leche mientras dejaba caer el líquido encima de mi cuerpo como si acabase de llegar del dentista y la anestesia no me permitiese beber correctamente. 

Nunca entendí el afán de los críticos por hacer de mí una especie de icono sexual. Es cierto que siempre he sido bonita, no lo puedo negar, mis padres decían que en vez de un pan bajo el brazo, traía un croissant relleno de belleza y sensualidad, pero realmente eso debía ser secundario. 

Durante cinco años estudié arte dramático en la Escuela de Interpretación para Chicas Guapas del Doctor Starling. Un tipo que nos enseñaba a actuar más allá del envoltorio de nuestros cuerpos espectaculares, tratando de llegar a la emoción. 

Pero todo era inútil, entre mediados y finales de los noventa conseguí unos doce papeles en películas de discreta consideración. Las más destcadas fueron “Sexys Asesinas Salvajes” dirigida por un incipiente Theo Stümberg y “Deja, deja, que tú no sabes” una comedia ácida sobre una chica que cuando no sabía qué hacer para resolver sus problemas cotidianos enseñaba sus pechos y todo le salía como ella quería. 

Las críticas fueron devastadoras, el New York Post en su especial anual sobre cine me nombró la peor actriz del año y a la vez la mejor para invitar a la piscina a tomar un Daikiri de fresa. 

Así que tome una determinación, me propuse alcanzar al fin la cima de mi carrera. Mantuve encuentros con los más prestigiosos directores de la industria, hablé con Spielberg, con Lucas, con Scorsese, con Coppola y con Woody Allen, todos se negaron a darme un papel y el último además me pidió muy amablemente que le hiciese una felación. 

Si no podía conseguir un papel con uno de los grandes, podría hacer al menos que la crítica comenzase a respetar mi trabajo y a valorarme algo más que por mis tetas. Así que me presenté en la XVIII Convención Anual de Críticos de Cine y Otros Cuervos de Igual Calaña que se celebraba en el Martin Luther King Memorial de San Francisco. 

Nada más entrar ya se notaba un ambiente rancio, todo el mundo llevaba un pequeño bloc de notas en las manos en los que escribían todo tipo de comentarios sarcásticos sobre los demás, y pasadas unas horas se los intercambiaban para averiguar quién había sido más ingenioso en sus insultos. 

Antes de llegar a los postres y mientras proseguía la aburrida entrega de premios con el galardón al comentario más acertado sobre los músculos de un actor de pelis de acción, puse mi plan en funcionamiento y me acerqué a Ralph Stieggmanson, una especie de capo dentro del mundo de los críticos. 

En un principio me ignoró por completo hasta que me desabroché un botón del vestido y dejé caer en un gesto despistado un canapé de anchoa sobre mis pechos. Nunca falla, en cuanto un hombre ve pescado sobre tu escote tienes su atención garantizada. 

Al empezar la conversación sólo trataba de ropa interior y de métodos eficaces para ocultar el consumo de estupefacientes en las pruebas de orina. Pero enseguida pude reconducirla hacia donde me interesaba. 

Le dije que la crítica se había portado muy mal conmigo, que me trataban como una idiota que apenas podía hacer más que menear el culo y recitar un par de frases estúpidas después de muchas horas de estudio. Le exigí un trato justo, que abandonasen las mofas y que de una vez por todas reconociesen mi talento como actriz más allá de ser una cara bonita. 

Se quedó congelado, en su vida habían sido muy pocas las actrices que se habían atrevido a decirle algo así, en público y con tanto empeño que casi llegó a emocionarse. Así que se acercó a mí, se puso de puntillas para tratar de decirme algo al oído y muy suavemente susurró: 

-Como quieras cariño, si me repites este numerito a cuatro patas sobre mi cama haré lo que me pidas. 

Como decía, aquella vez habían dado en el clavo, “Marguerite Redoirte hace su mejor papel y le clava un tenedor en un ojo al jefe de los críticos”. Pero sin duda la crítica que más me gustó fue la que publicó el Times, sólo decía “la devoradora” y acompañaba el texto con una foto muy elocuente mientras masticaba el ojo del señor Stieggmanson. Una buena forma de comerse a los críticos.
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