25 sept. 2013

La pelea.

Veintidós años. Veintidós años estuve entrenando para llegar hasta ese momento. Mi mujer me había repetido un montón de veces que no lo hiciera, que no tenía que impresionarla y que me estaba obsesionando. “No puedes ganar ese combate Popeye”, me lo decía una y otra vez. “Tú eres un tipo sencillo y él es un extraterrestre con súperpoderes, da igual la cantidad de espinacas que te comas”. 

Durante el entrenamiento comí tantas espinacas que el paladar se me puso verde y mi aliento se volvió tan ácido que cuando hablaba con la gente se les erizaban las cejas y las pestañas. 

Empecé saltando a la comba, tenía que mejorar mi resistencia. Si ese tipo podía correr durante varios días sin cansarse, a mi me tocaba conseguir lo mismo. De la comba pasé a la cinta y de la cinta a correr en la calle. Primero con un chándal y unas deportivas y un mes después empecé a llenarme los bolsillos con piedras para resultar más pesado. 

Le pedí a Brutus que fuese mi sparring pero no funcionó, estuve tantos años calentándole el hocico que todo se volvía demasiado obvio, así que organicé un casting. Vinieron Joe Dalton, un pirata viejo y un tipo gordo vestido con una especie de pijama de rayas blancas y azules. Les pegué una paliza a los tres, primero por separado y luego juntos.

No estaba progresando. Traté de recordar por qué me había metido en ese lío y ya apenas lo tenía claro. Sé que me hizo sentirme ofendido, rescató a Olivia antes que yo cuando iba a atropellarla un tren y cuando fui a pegarle al tipo que había hecho aquello me lo encontré atado a un poste y con un ojo morado. 

Era indignante, en más de cincuenta años de profesión jamás se me ocurrió inmiscuirme en los asuntos de nadie. Si alguien tenía un problema con algún malhechor, dejaba que intentase solucionarlo por su cuenta y si no era capaz entonces intervenía. Pero sólo en ese momento, nunca antes. 

Fue una desfachatez, una falta de respeto. Me da igual que todo el mundo diga que ese tipo es invencible, mi deber era limpiar mi nombre y darle su merecido y ninguna de las veces en que me dijesen “Popeye, hombre, no ves que te va a matar” iba a disuadirme de ello. Cada noche soñaba una y otra vez con sus palabras “no te enfades Popeye, cuando quieras lo solucionamos como dos hombres”.

Para completar mi entrenamiento aún había mucho que hacer. Subí corriendo al Tíbet arrastrando un carro de bueyes. Aprendí artes marciales en Japón y conseguí con un puñetazo dar la vuelta al curso de una cascada. Dos monjes y una sacerdotisa me mostraron los secretos de la meditación y durante cuatro años y medio permanecí debajo de un árbol con una sola idea en mente, ganar ese combate y limpiar el nombre de Popeye el Marino.

Cocoliso me dio su apoyo y me convenció para que también tuviese en cuenta la utilización de armas de fuego como último recurso así que me inscribí en una academia de terroristas de un amigo suyo. 

Así pasaron los primeros quince años y parecía que al fin comenzaba a estar preparado. Me volví más rápido que una bala, tenía la concentración de un sabio erudito y la fuerza de cientos de hombres fuertes. Sólo me faltaba una cosa: aprender la técnica de combate definitiva: el Aikido de Jung Hong San. Ese señor, el maestro Hong, era más fuerte que Conan, más sabio que Petete y más enigmático que la Esfinge. 

Era imposible encontrarlo, mi mujer me decía: “no lo vas a encontrar Popeye, no ves que es demasiado enigmático”. Pero nunca me desanimé. Crucé el Nilo a nado siguiendo una pista falsa, recurrí a la ayuda del FBI, de la Nasa, de la Telefónica y de Marisa la charcutera que siempre se enteraba de todo. Pero no hubo manera.

Seis años de búsqueda que sólo me habían servido para fortalecerme, mejorar mis dotes y conocerme mucho mejor a mi mismo. Y así fue como lo comprendí, la verdadera enseñanza del maestro Hong era esa, mientras lo buscaba para que me entrenase ya me estaba entrenando. 

Conociendo los mayores secretos de la Humanidad, habiendo estado con los hombres y mujeres mejor preparados de la Historia y siempre en compañía del pesimismo crónico de mi esposa, decidí que lo mejor era descansar durante un año. 

Hice un viaje al pueblo, aprendí a utilizar una cámara réflex y mi prima Jacinta me dio unas clases de pintura. Así que ya poco me quedaba por hacer, dibujé un retrato de Olivia y otro de Cocoliso, me afeité, me corté el pelo, me fumé un pitillo y jugué un tute con Brutus. Ya estaba listo, avisé a mi contrincante, la pelea sería el Martes detrás de la comisaría del condado, en la plaza frente a la palmera.

Y llegó el Martes, la palmera parecía bailar un ritmo caribeño con su vaivén. A pesar de que no quería que nadie presenciase la pelea, la plaza estaba llena. Había un tipo vendiendo camisetas, otro vendiendo cacahuetes garrapiñados y hasta una chica que ofrecía cervezas y refrescos. 

Eran las siete en punto cuando apareció, se acercó y simplemente dijo “hola”. Eso bastó para que todo el mundo enloqueciese y comenzase a vocear su nombre. Todo estaba listo, mis esfuerzos, mi entrenamiento, mi viaje de tantos años estaba a punto de ponerse a prueba.

Veintidós años duró todo aquello y se resolvió en diecinueve segundos. Intensos, terribles y brutales. Tenía claro que si quería ganar aquella pelea tenía que tomar la iniciativa, así que me lancé a por él. Ahí estaba, parado como un pasmarote, con sus mallas azules, su calzoncillo por fuera y su capa. Solté mi puño con toda mi fuerza e impacté en su mentón, al lado del labio. 

Y sangró, hice sangrar al Hombre de Acero, al último hijo de Krypton y todo el público enmudeció y abrió la boca hasta el suelo. Estaban anonadados. Popeye, ese tipo sencillo, ese hombre que te puedes encontrar en el súper comprando una menestra congelada, acababa de zurrar a Superman y le había hecho sangrar.

Cinco segundos de gloria, doce segundos eufóricos y se acabó. Me lanzó un rayo con los ojos y me convirtió en cenizas, sin reparos, sin piedad, sin más. 

La gente se emocionó, se levantaron en silencio, se acercaron hasta mis cenizas las rodearon y aplaudieron durante seis minutos seguidos. Olivia lloraba y repetía sin parar “te lo dije, te lo dije, Popeye”.

Pero ya no importaba, la gente entendía porqué lo había hecho, puede venir un tipo de otro mundo y puede que sea el más poderoso del universo, pero si mancha tu nombre y tu honor tienes que hacer lo que tienes que hacer.



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