9 jul. 2013

La importancia del nombre.

Estimado Fernando Alonso,

Sé que al recibir mi carta usted estará pensando que me he equivocado, “otro más que me confunde con el piloto y quiere hablar conmigo”. Pues si piensa usted eso, esta vez habrá errado.

En esta ocasión me pongo en contacto con usted sabiendo que se dedica a la cría de distintas especies en piscifactoría y que lo hace en un pueblo precioso de la ribera bilbaína. Si tuviera algo más de tiempo del que dispongo en realidad, me encantaría mantener un debate sobre los beneficios indudables de cultivar peces como quien planta fresón, aunque no me negará que estas prácticas también reportan ciertos inconvenientes en cuanto a sabor y textura del producto final o al menos yo me he criado parte de mi vida escuchando aquello de: “este pescado es de piscifactoría” atribuyéndole de inmediato un mal sabor que yo siempre pensé que era culpa del cocinero y no del origen del pez, pero bueno, ya le digo que tampoco me puedo liar con esto.

Si le escribo aún sabiendo que lo más cerca que ha estado usted de un Ferrari es una vez que fue al salón del automóvil con su cuñao, no es más que para contarle que comparto su pesar. La vida también me ha castigado a mí. Sufrimos del mismo mal. Sé como se siente cada vez que paga con tarjeta en el sex shop, cada vez que la guardia civil le exige que enseñe su documentación o cada vez que dicen su nombre para entrar a un casting. Sé cómo se siente, de verdad que lo sé.

No me cuesta nada imaginármelo en el centro de salud de su pueblo, aquejado de unos profundos e intensos dolores intestinales y que de repente, casi sin avisar, hora y media más tarde de lo que estaba previsto, una enfermera repita dos veces: “Fernando, Fernando Alonso” y esboce una tímida sonrisa mientras el resto de pacientes se giran hacia usted con cara de “no puede ser, el piloto, ¡el mismísimo Fernando Alonso! le enseña sus vergüenzas a la misma enfermera que yo”, y cuando lo ven la decepción inunda sus rostros, los niños lloran y la oscuridad atiza su alma.

Sé perfectamente lo que es. Usted pensará “¡Cállese tarado! No se imagina ni por un instante mi malestar!” así que paso a explicarme: me llamo Alejandro, Alejandro Sanz y como se podrá imaginar no soy el cantante. Llevo sufriendo este nombre algo más de cincuenta años pero lo peor ha pasado en las dos últimas décadas. Al principio lo llevaba bien, incluso me hacía gracia llamarme como ese tipo adolescente que cantaba baladas empalagosas pero lo difícil vino después. El tipo se hizo famoso, qué digo famoso, el tipo se hizo una jodida superestrella y eso es algo que me ha costado mucho. Sobre todo en dos ocasiones.

La primera vez fue cuando acudí a la boda de un primo tonto que tengo en Tarragona, no me refiero a que tenga ningún tipo de discapacidad, sino a que es tonto sin más.

Habiendo ya disfrutado de primer y segundo plato y en ese momento de relajo que se produce antes de la llegada del postre, el tipo que tenían contratado para amenizarnos el banquete se levantó en su cabina y chilló: “me han dicho que tenemos entre nosotros a uno de los más grandes: ¡Alejandro Sanz!” en ese instante mi primo se puso en pie me señaló y acto seguido empezó a dar palmas y a vociferar: “que cante, que cante, que cante...” y toda la sala le siguió.

La presión se volvió insufrible, no sabía donde meterme y exploté, agarré a la abuela, le subí la falda del vestido y a voz en grito canté la canción popular del conejo de la Lore. No gustó. De tono estaba bien pero quizá la interpretación resultó un tanto grotesca. Mi ex-mujer nunca entendió lo mal que me hacía sentir todo aquello.

La segunda vez fue peor, en un ataque de creación artística sin precedentes en mi familia compuse la primera sinfonía en cuatro movimientos para violín y piano. No es que me guste presumir pero me quedé a medio camino entre Mahler y Beethoven, eso sí, me atrevería a decir que mi sinfonía se ríe de las de Haydn y por supuesto de las de Brahms.

Pues después de año y medio interpretándola por todos los tugurios de mi pueblo con la ayuda de una prima lejana que toca a las mil maravillas, otro primo catalán que tengo me dijo: “oye Alejandro, ¿habrás registrado tu sinfonía, no?” y caí en la cuenta de que no.

Así que preparé la partitura y me fui al registro de la propiedad intelectual, cubrí todos los impresos, pagué las cuotas e inscribí mi obra con el siguiente nombre: Sinfonía 1ª para violín y piano de Alejandro Sanz. Hasta ahí todo correcto, a nadie le pareció mal.

El problema llegó dos meses después. Un señor alto que me recordaba mucho al sepulturero de las películas de Lucky Luke se presentó en mi casa. Me dijo que era de la SGAE y que tenía que cambiar el nombre a mi creación, que no podía ser de Alejandro Sanz, que ese señor tenía cubierto el cupo de músicos con ese nombre al menos en nuestro país y para los siguientes ochenta años. Me reí en su cara y le escupí un hueso de aceituna y cuando iba a cerrar la puerta insistió: “haga usted lo que quiera señor Sanz, pero todo esto tendrá consecuencias”

De aquí surge el verdadero propósito de mi carta, le he escrito a usted y a todos los Fernando Alonso que he encontrado, pero también a todos los Rafa Nadal y a algunos más. No podemos permitir que una panda de ricachones menores de 40 años se apropien de nuestros nombres y pretendan ser únicos e irrepetibles.

Por eso le invito a mi primer acto de protesta. Será el próximo 4 de Octubre. Quemaremos discos compactos de Alejandro Sanz, pósters de Fernando Alonso y de Rafa Nadal y puede que alguna cosa más. Trataremos de sumar a nuestras reivindicaciones a todos los presos comunes de la cárcel de Soto del Real que será donde se creará la hoguera.

Lo hacemos en la cárcel porque yo no me pude contener y acabé estrangulando al señor de la SGAE con un cinturón de cuero que tengo con hebilla de los Rolling Stones. Estoy condenado a treinta años y algunos me llamaron loco. No estoy loco señor Alonso, sólo lucho por mi derecho a utilizar el nombre que me pusieron mis padres sin que nadie haga bromas, me eche miraditas o me impida registrar mis creaciones.

¿Qué nos queda sin nuestro nombre señor Alonso? Nada. Nuestro nombre es importante y lo demostraremos.

Espero verle alrededor del fuego.

Afectuosamente,


Alejandro Sanz.         
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