14 jun. 2013

Clásico, clásico.

Mientras sostenía sus cuerdas vocales en mi mano aún resonaban sus últimas palabras una y otra vez:

-¿No has visto Ciudadano Kane? Es un clásico, clásico.

No paraban de repetirse en mi cabeza. Desde que tomé la absurda decisión de estudiar en una escuela de cine todos los días alguien sentía la irrefrenable necesidad de recomendarme un clásico, clásico

No sé muy bien cómo explicarlo pero cada vez que me comentaban qué majestuoso resultaba el maestro Hitchcock en Vértigo o como lo grotesco y lo sublime se entremezclaban en el cine de Fellini, yo sentía unas ganas locas de atravesar sus corazones con un hierro candente.

Era superior a mí, alguna vez estuve a punto de caer en la tentación, ponerme en la puerta de la escuela, esperar a que pasase alguien y soltarle un tienes que ver la última de Herzog, rescata la esencia de su cine de los setenta. Y gracias al cielo no lo hice. ¿Por qué la gente no podrá disfrutar del cine sin más, sin sentirse importantes o inteligentes por hacer valoraciones absurdas? Es la maldición del séptimo arte.

Durante meses viví atormentado por una pesadilla recurrente. En ella, la sociedad se había convertido en una inmensa cola del cine para ver una peli surcoreana y mientras esperábamos para comprar nuestra entrada la gente hablaba del orgasmo intelectual que le producía Bergman, el extásis emocional que sentían con cada escena de Truffaut o la genial intensidad en cada actuación de Klaus Kinski. Cada día me despertaba cinco años más viejo e incluso llegué a barajar el no dormir nunca más.

Tenía que hacer algo. Me puse en contacto con los distribuidores de cine independiente y con la única sala que proyectaba sus títulos en la ciudad. Les pedí por favor que cambiasen, que tratasen por una vez de probar con algo distinto.

-Podríais poner la última de Bruce Willis.
-¿De quién?
-Bruce, Bruce Willis, sí joder, el de la Jungla de Cristal.
-Ah...dices el de Die Hard.

Primer intento fallido. Me insistieron varias veces, la gente necesita historias dramáticas que les permitan preguntarse qué demonios hacen ellos en este mundo, para entretenerse ya está la televisión.

Quizás el problema era mío. Al día siguiente me presenté en mi trabajo con una enorme sonrisa y dispuesto a vencer mis obsesiones. Si alguien empezaba a hablarme de cine simplemente miraría para otro lado o me levantaría y me marcharía. Pero no es tan fácil.

A media mañana vino la secretaria y me invitó a tomar un café. Ella pidió un cortado y yo uno grande con leche y una tostada. Todo transcurría de maravilla, hablábamos de vaguedades sin importancia, me comentó que su prima se casaba con un senegalés, yo le dije que había decidido adoptar un gato y cuando estaba a punto de terminar la tostada se rompió la magia.

-¿Tú estudiaste cine, verdad? ¿Conoces a Kieslowski? Es un clásico moderno.

Lo siento de verdad, aún a día de hoy estoy completamente arrepentido, fue una especie de autoreflejo, algo así como un impulso. La taza se rompió en mil pedazos contra su frente delicadamente despejada gracias a un moderno peinado.

Exploté, ahí comenzó mi jornada de locura. Al momento se montó un gran revuelo en la cafetería, todos me miraban asustados y algunos incluso con cara de asco, mis ojos me decían que me estaban llamando tarado, que me increpaban por haber destrozado una taza contra mi compañera, pero en mis oídos sonaba otra cosa. Eres como Norman Bates, peor, eres como Jack Torrance y Joseph Carmichael juntos.

Me abrí paso como pude y escapé de allí, me monté en mi coche y arranqué. No sabía adonde iba pero necesitaba tomar distancia con todo aquello. Por el camino conseguí aliviarme un poco, recobré el aliento y me sentí fatal por todo lo que había hecho. 

En el asiento de atrás Billy Wilder y John Ford estaban a puntito de llegar a la conclusión de que al fin había perdido para siempre la cabeza. Se reían a carcajadas, de esa manera en que se ríe la gente cuando creen que están haciendo un humor sutil sólo apto para entendidos y en realidad lo que hacen es el gilipollas.

Menos mal que el director americano de origen centroeuropeo (del que no recuerdo el nombre pero su filmografía es casi perfecta) me dio el mejor consejo de todos: lo mejor para un problema siempre es prenderle fuego, hasta los cimientos, que no queden más que un leve puñado de cenizas que se impregnen en tus dedos. Un poco largo, pero buen consejo al fin y al cabo.

No me quedaban opciones así que fui hasta el centro. Allí sobrevivía el último videoclub de cine clásico e independiente de la ciudad. Mientras la ira me consumía y estaba a punto de reventar en un ataque de ansiedad, tuve que dar seis o siete vueltas a la manzana para aparcar. Eso me enfadó aún más.

Nada más entrar la olí, esa rancia mezcla entre peroratas vacías y emociones falsas. Al otro lado del mostrador estaba él, con una chaquetilla de lana con botones de madera, una barba descuidada al milímetro y uno de esos flequillos imposibles. Me acerqué temblando, estaba mordiéndome los labios por dentro y apreté tan fuerte las uñas que por poco me hago sangre.

Dí un golpe en la mesa y pregunté:

-¿Qué podrías reco...reco...recomendarme?

El tipo levantó la mirada de su apestoso fanzine y me escrutó de tal manera que aún me siento un poco sucio.

-¿Conoces el Cinema Novo Brasileiro?

Ahí estaba. La gota. De los siguientes veinte minutos apenas tengo vagos recuerdos. Sé que tiré algunas estanterías al suelo, que mordí con fuerza a Catherine Deneuve en la carátula de Belle de Jour, que oriné en toda la sección dedicada a la Nouvelle Vague mientras tarareaba la marsellesa haciendo pedorretas con la boca y que en el máximo apogeo coloqué a aquel pobre hombre sobre mis rodillas y lo azoté una y otra vez con toda la filmografía de Kim Ki-duk.

Exhausto y abatido terminé por abrazarlo, él lloraba, el sitio estaba hecho un desastre y por un segundo mi corazón se reblandeció, me dejé caer a su lado y me sinceré:

-Sabes, creo que mi gran problema es que no he visto Ciudadano Kane.

Con un último sollozo respondió:

-¿No has visto Ciudadano Kane? Es un clásico, clásico.


Compartir es vivir
Publicar un comentario