9 may. 2013

Y si hacemos nosotros una...


Esta historia se me ocurrió hace ya un tiempo mientras buscaba algo con lo que hacer una novela gráfica costumbrista. Entre el dibujante (en este caso J.C. Guerrero) y yo empezamos a hacer una lista de posibles ideas y nos iba saliendo un poco de todo. 

Recuerdo que hablamos de cosas como "una chica modelo consigue dar el salto al cine y el día antes del rodaje se queda ciega" o "un hombre con un papel muy relevante en las luchas sindicales de los años setenta es despedido antes de que le toque jubilarse y pierde la cabeza". 

La premisa para esta era: "el dueño del único cine de barrio que queda en Madrid se ve obligado a cerrar por la proliferación de las salas en centros comerciales". Al final escogimos otra, pero esta historia estuvo resonando en mi cabeza un tiempo, así que hice lo mejor que podía hacer, escribirla por entregas. Lleva por título "Y si hacemos nosotros una..."

Por cierto, la escogida fue "Una pandilla de chicos adolescentes de los años noventa encuentra un dedo anular de alguien con alianza incluida y deciden averiguar a quien pertenece y porqué lo perdió"


Y si hacemos nosotros una...

El proyector hacía mucho ruido, quizás necesitaba un engrasado. La lámpara aún iluminaba bastante. Además de Laura la sala estaba vacía. No se habían puesto de acuerdo. 

Ella quería haber visto una de miedo, al final de la escalera o el resplandor. Él prefería algo en blanco y negro, casi le daba igual, desayuno con diamantes, algo así. Al final puso E.T., tenía su gracia, un bicho raro al que tienen que ayudar. Siempre hacía el mismo chiste, decía que si hubiera una segunda parte ET vendría acompañado de toda su raza para exterminar la tierra como venganza por haber querido experimentar con él. Y no es que hubiera perdido la gracia, es que aparte de Laura ya no quedaba nadie allí dentro para escuchar sus historias. 

− Hasta mañana Luis – Laura lo miraba sonriente y agitaba una mano con energía.
Luis, de rodillas, echaba el cierre de la cortina metálica.
− No Laura, mañana ya no hay que venir.
− ¿Por qué?
− Se terminó, aquí ya no viene nadie.
− ¿No hay más películas?
− No
− ¿Y si hacemos nosotros una?

Luis se quedó mirando a Laura y no pudo evitar que los ojos se le llenasen de lágrimas. Era una niña dulce, dentro de un cuerpo arrugado pero con la energía y la inocencia intactas. Laura volvió a agitar la mano.

− Hasta mañana Luis.

Luis se despidió con un simple gesto de cabeza y comenzó a andar hacia su casa. No paraba de darle vueltas a lo mismo. Ya estaba. Esto había sido su vida, oficialmente era un jubilado, ya no tenía porqué hacer nada más. El nudo en su garganta se hacía más fuerte a cada paso.

Para cenar, sopa de angustia y ajo, media hora mirando la foto de Belén, tres cuartos escuchando a deprimidos en la radio y un buen rato convenciéndose de que estaba realmente dormido.

− Y mañana ¿qué? -pensaba- ¿qué, mañana qué, qué, y mañana, qué eh, mañana qué? -una y otra vez- ¿Y mañana?

Al día siguiente se despertó como siempre, era costumbre y además el despertador seguía programado a la misma hora. No tenía nada que hacer pero tampoco era cuestión de romper la rutina de un día para otro, así que se duchó, bajó al bar y le pidió a Jose un café cortado y una magdalena mientras empezaba a leer un periódico por la última página.

Después de comer caminar veinte minutos hasta el parque, echar un vistazo a los que corren y otros veinte minutos hasta el cine. Laura estaba en la puerta saludando con energía y una sonrisa perpetua.

− Buenos días Luis.
− ¿Qué haces aquí Laura?
− ¡Anda!, pues venir a trabajar.
− Aquí ya no hay trabajo que hacer.
− Pero...¿ya no hay más películas?

Luis suspiró, resopló un instante, trató de colocarse el poco pelo que le quedaba, se acercó mucho a Laura y la agarró de los brazos con ternura.

− Laura, tienes que entender algo, hemos cerrado el cine, ya no tenemos trabajo, vete a casa, con tu prima, a lo mejor ella te lo explica bien.
− ¿Y si hacemos nosotros una?

Luis estuvo a punto de soltar un grito pero se contuvo. No lo podía remediar, sentía tanta ternura por Laura que era incapaz de levantarle la voz.

− Quizá algún día Laura, quizá algún día.

La respuesta de Luis llenó de alegría el corazón de Laura que por un momento tuvo la esperanza de sentarse un día de nuevo en las butacas a ver una peli.

− Vale, pero que sea de miedo, ¿eh? - Luis asintió – hasta mañana Luis.

Luis apretó con fuerza a Laura creyendo que así le haría más caso.

− No, mañana no hay que venir.

Pero ella no le hacía caso, ella sólo quería volver allí todos los días, así que se soltó y de nuevo agitó la mano con energía para despedirse.

De camino a casa Luis empezó a comprender que aquella podría convertirse en su nueva rutina y no le gustó. Es absurdo pasarse treinta y siete años haciendo el mismo trabajo y al día siguiente no tener nada que hacer. 

Necesitaba hacer algo, había oído hablar de los clubs de jubilados, podría ir allí y aprender a jugar al julepe o al mus o al cabrón. Era terrible, se dio media vuelta, apuró el paso y abrió la verja metálica del cine. 

Todo   era   congoja.   Los   pósters   amarilleados   de   Clark Gable   y   Ava   Gadner,   la   barra grasienta del puesto de palomitas y el suelo pegajoso de la sala. Las butacas eran pequeñas y estrechas. Algunas estaban agujereadas y dejaban ver la espuma, se sentó en una y se quedó mirando la pantalla vacía un rato. Hasta que sacó una cajetilla de Chester y se encendió un pitillo. Agitó la mano suavemente, queriendo hacer círculos de humo en los que enredar el cigarro, durante un segundo pensó en volver a abrir, ¿por qué no? , pero no le hacía falta ni responderse.

Al salir de la sala se metió en el puesto de palomitas, Laura tenía colocado un cartel debajo de la barra con la equivalencia entre euros y pesetas, habían pasado diez años pero ella seguía haciendo la cuenta cada día. Luis se rió con fuerza y se apoyó en la barra, al mirar al suelo  pudo ver  la  cajita  y la abrió.  Laura  había  guardado  todas las  entradas.  Una  por  día durante los últimos quince años. Luis ya no sabía qué hacer así que dejó la cajita donde estaba, salió de allí lo más rápido que pudo y bajo la verja con fuerza, con rabia. Aquello había sido una mala idea.

A la mañana siguiente el despertador volvió a sonar, Luis maldijo a los siete infiernos, fue al baño y soltó una flema marrón, volvió a maldecir, fue a buscar su cazadora, sacó el paquete de Chester y lo tiró a la papelera. No valía de nada, a los dos minutos sacó la cajetilla de allí y volvió a guardarla en el abrigo. Se propuso a sí mismo no seguir con la rutina, sacó un cazo, puso leche a calentar y fue a afeitarse.

Con dos cortes en la cara y oliendo a leche quemada pidió su café cortado a Jose y también su magdalena. No era bueno cambiarlo todo tan pronto. Recibió una llamada al móvil, era su hijo, la verdad es que le extrañaba mucho que le llamara y más a esas horas. Quería invitarlo a comer. Opinaba que su hijo era un gilipollas desagradecido que no quiso continuar la tradición familiar. Pero al menos podría pasar el día de otra manera.
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