24 may. 2013

Jonah. Historias de taxista.

La primera vez que me monté en aquel taxi llovía como si se fuera a acabar el mundo. En cuanto abrí la puerta noté aquel olor que formaba una mezcla entre lo agradable y lo repulsivo, como cuando un ambientador barato trata de ocultar una falta de higiene descarada. 

Allí estaba Juan, aunque prefería que le llamaran Jonah por su pasado neoyorquino. Siempre que fui en su taxi llevaba una gorra de trapo calada hasta las cejas y una vieja cazadora de pana, pero sobre todo llevaba charla, mucha charla.

Al principio no le hice caso, creo que los taxistas están acostumbrados y no saben muy bien a qué o quién se dirigen cuando cuentan sus historias, simplemente empiezan y les van dando forma a lo largo del día, por eso no suelo hacerles caso. 

Aquel día fue distinto, llovía, llovía mucho, íbamos mucho más despacio de lo normal y en el semáforo del cruce entre Pi y Margall y Tomás Alonso me enganché a la historia de Juan:

- …yo estaba tenso, claro que estaba nervioso, era la primera vez que me tocaba llevar al jefe. Aparqué enfrente del edificio y enseguida apareció él, quise bajarme para abrirle la puerta, pero me dijo: tranquilo Jonah, espera aquí un momento y se dirigió a un pequeño puesto de naranjas que había unos metros más adelante. Daba gusto verle hacer cualquier cosa, tenía una elegancia en sus gestos, en su manera de coger la fruta, de decirle al frutero que quería dos naranjas, parecía sacado de una película de gángsters. Y enseguida se acercó un tipo corriendo y le disparó dos veces. No me lo podía creer. Era mi primer día de trabajo, el primer día, y le acababan de disparar a mi jefe. Imagínese amigo, el pobre viejo tirado en la acera, sangrando como un pobre diablo, su hijo, histérico, gritándome como si toda la culpa fuera mía y yo inmóvil por el shock. Hasta que reaccioné, me cargué al jefe a la espalda y lo metí en el coche, tardé doce minutos en llegar al hospital. Dos días más tarde vino Michael, el hijo pequeño del jefe, a felicitarme. Me dijo que de haber tardado cinco minutos más no se podría haber hecho nada por el viejo.
- Me deja por aquí.
- Claro.
- Perdone, ¿cómo se llama?
- Juan, aunque prefiero que me llamen Jonah, es porque estuve muchos años en Nueva York ¿sabe?.
- Bien Jonah, ¿qué pasó después?
- Ah, nada, simplemente trabajé para la familia hasta que se murió el viejo, fueron tiempos difíciles ¿sabe?
- Me imagino, ¿cuánto le debo?
- Son cuatro cincuenta.
- Tenga, quédese con el cambio.

Me despedí y me bajé del taxi, me había quedado extrañado, aquella historia me resultaba familiar, aunque de una manera diferente. Durante varios días conté la historia de Jonah a toda la gente con la que hablaba, a algunos les parecía ridícula y a otros apasionante pero a nadie le sonaba. Hasta que se la conté a Susana. Fue muy clara:

- Tú estás tonto.
- ¿Qué dices?
- Eso es del Padrino.
- ¿Cómo?
- Vito Corleone sale de su oficina en el centro, antes de subirse al coche va a comprar unas naranjas y lo acribillan, el Padrino, la primera parte, sí hombre, si la habrás visto miles de veces.

¿Me habían tomado el pelo? ¿Jonah se dedicaba a eso? Quizá era su venganza por los cientos de historias que habían resultado irrelevantes para sus clientes durante años. ¿Era su manera de luchar contra la indiferencia de los demás?

Al día siguiente decidí hablar con él. Fui hasta la parada de la puerta del Sol y allí estuve casi dos horas esperando a que apareciera y nada. Taxistas ultracatólicos, discotequeros, horteras y con respaldos de bolitas, pero ni sombra de Jonah.

Durante dos semanas lo estuve buscando por toda la ciudad, cada vez que pasaba cerca de una parada, me acercaba, echaba un vistazo a todos los conductores y me marchaba resignado. Pero estaba claro que tenía que ocurrir, llamé para pedir un taxi y apareció.

Aquel olor penetrante seguía allí, la misma gorra, la misma chaqueta.

- ¿Se acuerda de mí, Jonah?
- Pues la verdad es que no hijo, imagínate que tuviera que acordarme de todos los clientes.
- Sí hombre, me contó usted la historia de cuando dispararon a su jefe.
- Amigo, han disparado a muchos de mis jefes.

Me quedé impresionado porque no parecía que me estuviese mintiendo. Se nota cuando alguien te dice las cosas de verdad, porque se las cree, porque cree que ocurrieron así. 

Sin darme cuenta, Jonah ya había empezado otro de sus relatos:

- … me fui a San Francisco y entré en la policía, todavía era un chaval. Yo había estudiado una ingeniería, pero estaba a punto de casarme y como no encontraba trabajo de lo mío decidí meterme a poli. En un par de años me quitaron el uniforme y me pusieron de detective. Era mucho más activo. En poco tiempo me asignaron como compañero del Teniente Callahan, Harry Callahan. Era un tipo engreído y violento, con unos métodos que no me gustaban nada. En el fondo sentía lástima por él porque siempre le asignaban los peores casos. En una ocasión nos tocó encargarnos de un perturbado que se hacía llamar Scorpio. El muy degenerado había secuestrado a una niña de catorce años y exigía mucho dinero para liberarla. Lo hicimos bien, Harry iba por su cuenta a llevarle el dinero y gracias a un micro yo le iba siguiendo en coche, pero el maldito Scorpio nos engañó, a él le dio una paliza y a mí me pegó dos tiros que casi no la cuento. Fue un fracaso. La niña murió. Nos dejamos engañar por aquel maníaco, pero la cosa no se quedo ahí, yo dejé el cuerpo, pero Harry volvió a encontrarse con Scorpio. El maldito loco había secuestrado un autobús escolar, Harry lo detuvo, lo hizo bajarse, lo llevó hasta un río que pasaba por allí y justo antes de dispararle…

- Justo antes de dispararle le dijo: sé lo que estás pensando, no sabes si ya disparé seis balas o sólo cinco, la verdad es que con todo este jaleo yo tampoco lo sé.
- Anda, no me digas que tú también conoces a Harry.
- Todo el mundo conoce a Harry, Jonah, es una película.
- ¿De qué diablos estás hablando?
- Es una peli Jonah, Harry el sucio, con Clint Eastwood, es ficción, fantasía, mentira.
- Bájate de mi taxi ahora mismo.
- Pero entiéndelo Jonah, esos no son tus recuerdos, son mentiras, películas que has visto.
- ¡Que te bajes ahora mismo de mi coche!

Nada más bajarme del taxi empecé a sentirme mal. ¿Por qué no podía dejarle vivir su fantasía en paz? ¿Quién era yo para decirle lo que podía contar y lo que no? Aquella noche no dormí bien.

Por la mañana lucía el Sol. A las nueve y cuarto empezó a sonar un claxon debajo de mi ventana. Era Jonah. Por primera vez lo vi fuera del coche, me estaba esperando. Me puse la bata y bajé. 

Antes de decir nada Jonah se quitó la gorra, quitó las llaves del contacto y extendió sus manos para darme las dos cosas.

No podía entender nada de aquello, intenté hablar con él pero no me respondía. Me estaba dando su taxi. Se estaba retirando y me estaba nombrando su sucesor. Sólo dijo unas palabras antes de marcharse:

-Las ilusiones nunca son mentira.

Ahora conduzco su taxi por toda la ciudad y a mis clientes les cuento la historia del teniente Callahan y la de cuando llevé a John McClane en limusina a Nakatomi Plaza.          

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