28 may. 2013

Interno.

El doctor me miraba con cierta alegría y no paraba de repetirme que le encantaba tenerme allí de nuevo, que ya iba necesitando mi ayuda. Está claro que durante los tres últimos años tuvo que tener un montón de dificultades para controlar a todos los enfermos. Entiendo que no es un trabajo demasiado agradable pero a veces es reconfortante. 

Enseguida bajé a las taquillas, cogí mi bata y me dirigí al comedor. Allí estaba Alfredo, pegado a la ventana. Siempre me contaba la misma historia, pero como llevaba un montón de tiempo sin escucharla, aquella vez me parecía nueva. Había estado en la guerra, en Cartagena, tenía sólo diecisiete años y no tardaron mucho en apresarlo y llevarlo a un campo de concentración en Marruecos. 

También estaba Belén, que siempre obligaba a sus dos nietos a comprarse dos cristinas enormes de nata, sólo para poder comerse la mitad de cada uno con la conciencia tranquila por infringir las leyes del diabético. 

Y también Fernando y Aurora, y Carlos, estaban todos otra vez, y las mismas enfermeras, las mismas habitaciones y por supuesto el doctor Suárez.

En mi segundo encuentro, el doctor me pidió que volviese a hacer el trabajo al que estaba acostumbrado. No sabía como decirle que no. Habían pasado años y ya no tenía ni la voluntad ni la valentía suficientes. Pero el doctor no paró de insistir, así que tras unos pocos días accedí.

El trabajo consistía en vestirme de calle y hacerme pasar por visitante de cada uno de los enfermos. Pasar allí las tardes escuchando sus recuerdos, jugando con ellos, alimentándolos y paseándolos. Lo difícil no era eso, sino que el doctor me pedía que asumiera en cada caso la personalidad de un pariente concreto, así para Alfredo era su hermano, para Belén su nieto, el suegro de Carlos y así hasta doce familiares distintos. 

En mi primera etapa en el hospital había desarrollado hasta tal punto estas personalidades que a cada una le había asignado una forma de andar, un acento y sobre todo una serie de anécdotas que repetía sin cesar. Cuando un enfermo no me recordaba, sólo tenía que rememorar aquel pasaje y rápidamente sabía con quien hablaba. Pero esta vez era distinto, quizás mis dotes interpretativas habían menguado. La primera vez probé con Alfredo:

-¿Qué tal Alfredo? ¿te acuerdas de mí?
-No, ¿quién eres?
- Soy tu hermano, José.
- Mi hermano José murió hace 20 años.
-Venga Alfredo, ¿no te acuerdas de cuando robábamos patatas de la finca de la Hortensia y nos perseguía por todo el barrio hasta que llegábamos a la plazoleta porque le daba miedo tropezarse con los adoquines?
- No…no me acuerdo bien de eso.
- ¿En serio? Pues yo aun lo recuerdo como si fuera ayer.
- Será…será mejor que te vayas...no sé quien eres, pero estoy seguro de que no eres mi hermano, se murió hace 20 años.

Un fiasco. 

Para hacer mi papel siempre había necesitado meses de preparación, no podía recuperarlo así sin más. Me encerré en mi habitación durante cuatro días, me puse a revisar todas las notas que había tomado en la anterior estancia en el hospital. 

Empecé a levantarme de madrugada para practicar delante del espejo. Buscaba las facciones del hermano José, las muecas del nieto Luis, los discursos políticos rancios y pasados de moda del suegro Severino. Horas y horas hasta que todo parecía creíble. Practiqué con las enfermeras, ellas no sabían muy bien de que iba todo aquello pero daban fe de que el cambio de personalidad era espectacular. El doctor Suárez me llamó a su despacho

- Bien Fermín, ¿cómo se encuentra hoy?
- Lo voy llevando mejor doctor. Ya casi tengo perfecta la personalidad de José.
- Mire, creo que ya va siendo hora de que deje de...actuar.
- ¿A qué se refiere? usted sabe perfectamente el trabajo que me cuesta, ¡ahora no pienso darme por vencido!
- Tranquilo Fermín, no se altere. Esto no es más que un juego. Su familia quiso traerlo de nuevo porque se pasa usted el día...cambiando, y ya no son capaces de lidiar con eso. Aquí puede usted hacerlo tantas veces como quiera, pero sabe que no me gusta que se meta tanto con los otros pacientes.
- ¡Usted me lo pidió!, no he estudiado psicología durante más de diez años para que ahora venga a decirme que deje de hacer mi trabajo.
- No Fermín, usted es un interno más, nunca estudió psicología, es usted carpintero desde los quince años.
- ¡Enfermera!, rápido, traiga unos tranquilizantes para el doctor, creo que está empezando a perder la cabeza.
- Sí enfermera, será mejor que traiga tranquilizantes.

Me clavaron una jeringuilla por la espalda, malditos cobardes, uno se esfuerza durante toda la vida para hacer bien su trabajo y llegan cuatro novatos y se quedan con tu puesto. Menos mal que siempre he tenido fuerza de voluntad. 

Al día siguiente me acerqué a Alfredo y le recordé cuando nos llevaron juntos a Marruecos. Él tuvo mucha suerte ya que el coronel que habían asignado al campo necesitaba que le inyectasen insulina diariamente. El único practicante que había era Alfredo, así que lo asignaron como enfermero del coronel. 

Cuando el coronel dejó el campo pidió que le liberasen, y éste pidió llevarse a su hermano y ambos deseos fueron concedidos. 

En cuanto Alfredo recordó esa historia, se levantó de la silla de ruedas, me abrazó con fuerza y mientras lloraba repetía una y otra vez, ¡José, hermano, creía que estabas muerto, creía que estabas muerto! 

De nuevo me sentía como en casa.
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